Desde el Faro
Por: Rafael Hidalgo
El gobierno elegido, sea de derecha o “caviar”, está obligado a aprovechar la extraordinaria situación de los términos de intercambio, cuyo índice (TI) —relación entre los precios de los productos que exportamos e importamos, que refleja nuestra capacidad de compra en el exterior— se ha cuadruplicado respecto al que teníamos hacia fines del siglo XX. Las exportaciones han crecido más de 12 veces (1.238%) y, como consecuencia, el presupuesto nacional per cápita, por poco, no se ha multiplicado por tres (275%).
Buceando en las cuentas nacionales, encontramos que en los años noventa el TI era 55, mientras que en el 2026 se disparó a 203,3 en febrero, provocando el éxtasis del presidente del BCR, Julio Velarde: “Se ubica en el nivel más alto… y explica, en gran parte, el crecimiento del PBI de los últimos años”, que sería de 3,2% en el 2026.
Sin embargo, en el período 2006-2011, “los años maravillosos de la macroeconomía del Perú”, el TI se situaba en 100, es decir, a la mitad del actual; pero el PBI crecía a más del doble: 7,2% por año en promedio. Y, si excluimos el año de la crisis financiera internacional, 2009, en que el PBI creció 0,9%, hubiéramos registrado un crecimiento del PBI “a lo China” de 8,4%.
Tan magro es el crecimiento económico que el exministro Waldo Mendoza se pregunta: “¿Por qué es tan bajo? ¿Las malas políticas públicas? ¿O la irrupción del crimen y las economías ilegales?” (X, 27/9/25).
¿Malas políticas y también malos políticos? Por ejemplo, Pedro Pablo Kuczynski (PPK), según la prensa afín, tuvo un “gabinete de lujo —y aeróbico—”, por la suma de grados académicos. Empero, pese a que el Congreso le concedió la facultad de emitir 112 decretos legislativos —un récord—, el desmanejo político fue escandaloso: la huelga del SUTEP que alumbró a Pedro Castillo, la extorsión ministerial al contralor, la compra de laptops sobrevaloradas, la reconstrucción del norte, la cuestión de confianza con marcha fantasma, etc.
Por ello, el nuevo gobierno debe “armar” un equipo de ancha base, sin sectarismo, con experiencia técnica y, sobre todo, política, para propiciar que la inversión privada vuelva a crecer a doble dígito, como en el 2006: 20,1%; 2007: 23,3%; 2008: 23,9%; 2010: 25,1%; y 2011: 11%. Esa inercia se cortó con Ollanta Humala y su “Conga no va”, reduciendo la inversión pública y privada a una lágrima, como ocurrió con la refinería de Talara.
Además, es perentorio que, desde el primer día, se reduzcan los índices delictivos, que se han agudizado, en gran parte, por la migración venezolana indiscriminada promovida durante el primer mandato de Donald Trump, en 2017, con el caramelo que obtuvo el canciller Ricardo Luna al presidir el inoperante “Grupo de Lima”. Es así como la población víctima de delito con arma de fuego se elevó de 5,8% en 2011 a 9,5% en 2025, y la tasa de homicidios por cada 100 mil habitantes pasó de 7,2 en 2015 a 10,7 en 2025.
En cuanto al empleo, habría que regresar con una máquina del tiempo. En el 2005, la población ocupada ascendía a 13 millones de personas (13.120.400), pero solo gozaba de empleo adecuado —es decir, percibía un sueldo mayor al sueldo mínimo— menos de la cuarta parte (2.956.800). Hacia finales del 2011, esa cifra se elevó a más de siete millones (7.151.700), lo que representó un aumento por encima de los cuatro millones (4.155.000). Quince años después, en marzo del 2026, el triple de tiempo, no se ha conseguido crear ni tres millones de empleos adecuados (9.969.000).
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