La selección japonesa de fútbol ha llegado a su octavo Mundial consecutivo con el primer portero de ascendencia africana en su historia: Zion Suzuki. La presencia en el equipo del jugador, de 23 años, llega en un momento en que el Gobierno nipón, con la primera ministra Sanae Takaichi al frente, está endureciendo sus leyes migratorias y el discurso identitario gana terreno en la sociedad. Suzuki, en cambio, representa la globalidad en sí misma.
El guardameta de los conocidos como los Samuráis Azules reúne varias nacionalidades en su vida y carrera. Nació en 2002 en Newark (Nueva Jersey, EE UU), de padre estadounidense de origen ghanés y madre japonesa. Creció en Saitama, una prefectura vecina a Tokio, en cuyo club, el Urawa Red Diamonds, se formó como portero en la cantera, y debutó en un partido profesional en 2021. Jugó con el club belga Sint-Truiden y ha sido contratado hasta 2029 por el italiano Parma Calcio. Suzuki es parte de un creciente colectivo conocido en japonés como los hafu, préstamo fonético del inglés half para referirse a los mestizos, y que puede tener connotaciones tanto de halago como de discriminación.
“Cuando la mayoría de los japoneses piensa en un hafu, la primera imagen que les viene a la mente es alguien mezclado con blanco”, dice por teléfono desde Los Ángeles Megumi Nishikura, cineasta de padre japonés y madre estadounidense de ascendencia irlandesa, cuyos documentales exploran la problemática de los hijos de parejas interraciales. Su largometraje Hafu: la experiencia multirracial en Japón (2013), codirigido con la nipo-española Lara Pérez Takagi, sigue a cinco japoneses mestizosde diferentes etnias. Uno de ellos, de ascendencia ghanesa, relata cómo sus compañeros de juego se sorprendieron al ver que, tras lastimarse una pierna en un partido de fútbol, de su herida “brotaba sangre roja y no verde”.
Nishikura menciona factores históricos como el colonialismo y el supremacismo blanco para explicar la percepción que tienen muchos japoneses de la mezcla de razas: “Cuanto más cerca estás de lo blanco, más valor pareces tener”, puntualiza. La cineasta considera que los estereotipos forjados por una cultura audiovisual que ensalza modelos, actores o cantantes japoneses mezclados, por lo general, con caucásicos han empezado a cambiar gracias a destacados hafu de ascendencia negra, como Suzuki.
Además del futbolista y de la tenista Naomi Osaka —de padre haitiano y madre japonesa—, Nishikura cita el caso de Ariana Miyamoto, la modelo japonesa con padre afroamericano que en 2015 fue elegida para representar a Japón en el concurso Miss Universo. “Naomi, que ganó su primer Grand Slam en 2018, y Ariana, que terminó entre las 10 primeras del certamen de belleza, ampliaron la percepción de que las hafu también son japonesas y pueden representar a Japón en el escenario mundial”, añade. Aun así, la elección de Ariana Miyamoto, que de niña sufrió segregación en la escuela por su piel y su pelo rizado, no estuvo exenta de polémica. En un reportaje de la CNN sobre la candidatura, algunos entrevistados japoneses declararon que la nativa de Nagasaki no era “lo suficientemente japonesa”.
Suzuki, que mide 1,91 metros, también ha sido objeto de comentarios racistas. El ataque más grave hasta la fecha ocurrió en sus redes sociales —en Instagram acumula 216.000 seguidores— en enero de 2024, tras la derrota de Japón ante Irak en la fase de grupos de la Copa Asiática 2023, disputada en Qatar. Un error en la portería que concluyó en gol de Irak causó una ola de insultos xenófobos que ya han sido borrados. “Acepto todas las críticas relacionadas con mi trabajo. Pero no acepto insultos sobre mi apariencia física. Así de simple”, respondió entonces el jugador. El seleccionador del equipo nipón, Hajime Moriyasu, también le mostró su apoyo públicamente: “Me siento muy avergonzado y consternado de que se le haya discriminado racialmente a nuestro preciado jugador Suzuki. Esto no puede ocurrir en un mundo diverso”.
En cambio, las paradas decisivas de Suzuki, pese al empate de Japón frente a Países Bajos (2-2) el pasado 14 de junio, fueron ampliamente celebradas. La popular revista deportiva japonesa Gekisaka, por ejemplo,no escatimócon el titular: “¡Zion es Dios! El guardián de la selección japonesa”, celebró. El equipo nipón consiguió su primera victoria en el Mundial el pasado 21 de junio, contra Túnez, a quien marcaron cuatro goles. A Suzuki no consiguieron marcarle ni uno.
“La presencia de Suzuki en el Mundial es muy significativa para Saitama”, explica en una llamada el entrenador toledano Felipe de Miguel, residente desde hace dos años en la prefectura que vio crecer al portero. “Cada vez hay más mestizos aquí, pero todavía cuesta que se les acepte porque es un entorno muy tradicional que no ha convivido mucho con extranjeros”, añade quien lleva seis años en Japón y enseña técnicas de fútbol español en academias infantiles y juveniles.
Saitama es conocida en la historia deportiva por el castigo más severo que ha impuesto la liga japonesa a un club a causa de la xenofobia de sus fanáticos. En un partido celebrado en 2014, un grupo de hinchas del equipo local Urawa Red Diamonds colgó en una puerta de acceso al estadio Saitama Stadium un letrero en inglés que decía “Japanese Only” (Solo japoneses). Aunque existen diferentes versiones de a quién estaba dirigido el mensaje —un jugador surcoreano nacionalizado o turistas despistados que interrumpían las coreografías y los cánticos—, la J-League, la liga profesional japonesa, sancionó al club con un partido a puerta cerrada en su estadio. El Saitama Stadium tiene capacidad para 62.000 espectadores y la penalización ocasionó al club pérdidas de unos 300 millones de yenes (unos 2,1 millones de euros de entonces).
Por ejemplos como este, De Miguel, que tiene alumnos mestizos, confía en que la aceptación llegará: “Su presencia se tiene que normalizar, aunque va a tardar un poco”, matiza. Mientras tanto, el declive demográfico de Japón continúa imparable —en el último lustro, el país nipón perdió 3,1 millones de personas, según el censo quinquenal de 2025—, mientras las estadísticas oficiales muestran un aumento continuo de residentes extranjeros. En 2024, el número de nacimientos en los que uno de los progenitores es extranjero fue de 15.511 bebés (el 2,3% del total de nacimientos), lo que representa un aumento de 391 nacimientos en comparación con los 15.120 del año anterior, según cifras del Ministerio de Salud, Trabajo y Bienestar de Japón. El país tiene hoy 123,04 millones de habitantes, de los cuales 4,1 millones son extranjeros.
La necesidad de trabajadores para mantener activas las manufacturas, la agricultura y los servicios, además de cuidar a una población cada vez más envejecida, ha obligado a gobiernos recientes a adoptar políticas que aceptan, sin dejar de controlar, la inmigración. El panorama se ha vuelto más restrictivo con la llegada al poder en 2025 de Sanae Takaichi, dirigente conservadora de línea dura que, apoyada en una coalición con el Nippon Ishin, partido de derecha populista que pide limitar la población extranjera al 10%, promueve una política migratoria de “coexistencia bajo estricto control”.
La primera ministra ha creado una nueva división dentro de su gabinete que denominó Promoción de una Sociedad de Convivencia Ordenada con los Extranjeros. Para dirigir la nueva cartera, cuyas funciones incluyen una rigurosa fiscalización de los inmigrantes, Takaichi eligió una hafu, Kimi Onoda, política de 43 años nacida en Chicago, de madre japonesa y padre estadounidense. Aunque las responsabilidades de su polifacético cargo incluyen la promoción de las industrias creativas japonesas en el exterior, Onoda se ha negado a revelar cuál es su anime favorito con el argumento de que al ser ella tan impopular “podría incomodar a los que lo disfrutan”.
Mientras tanto, Zion Suzuki cabalga una oleada de aceptación. Una foto de su espalda con el dorsal número 1, publicada en la cuenta @ParmaCalcioJPN al inicio de este Mundial, acumuló en dos días más de 400.000 vistas y medio centenar de comentarios alentadores. “¡Contamos contigo, Zion!”, decía uno de tantos.
Gonzalo Robledo, El País



