- La amenaza de los drones se extiende más allá de las refinerías
- La presión de Kiev sobre Crimea provoca un alud de cancelaciones
- Polos turísticos como Anapa, también en el Mar Negro, notan la presión

Hace ya tiempo que se sabe que, por debajo de unas cifras macroeconómicas que han aparentado una situación más que digna, los cinco años de guerra con Ucrania están pasando factura a los ciudadanos rusos en su día a día. La estrategia de Kiev de bombardear refinerías y otros objetivos específicos con letales y vanguardistas drones para ‘llevar’ la guerra al interior de Rusia ha provocado una grave escasez de combustible que ha complicado sobremanera el trasiego cotidiano de los rusos (repostar es una epopeya), ha llevado a Moscú a decretar apagones cibernéticos que están generando un importante descontento entre la población y ahora amenaza las vacaciones de verano en un país que se ha esforzado sobremanera en aparentar normalidad. Los rusos ya admiten que su vida está lejos de ser placentera.
Si la escasez de combustible ya complicaba los desplazamientos diarios, los viajes vacacionales de la temporada estival se han visto más que comprometidos. A eso hay que sumar que la amenaza de drones ucranianos en algunas de las más demandadas zonas turísticas de playa rusas siembra una importante incertidumbre entre viajeros y hosteleros.
Todo ello está golpeando una economía que justo esta semana se ha conocido que vuelve a presentar datos de crecimiento positivos, pero los analistas creen que puede ser el ‘rebote del gato muerto’, una resurrección antes de la nueva y definitiva caída. La economía ha crecido por el fuerte incremento del gasto militar, pero la producción manufacturera civil se mantuvo en contracción, con una caída del 3,2% interanual y del 4,6% respecto a los niveles de 2024, según las estimaciones de mayo del Centro de Análisis Macroeconómicos.
Es improbable que el repunte del segundo trimestre se convierta en una tendencia duradera, afirma Liam Peach, economista de Capital Economics, quien prevé que Rusia «permanezca en un estado de estancamiento» en el futuro previsible. Los altos tipos de interés y la crisis del combustible del país seguirán lastrando la economía, declara Peach a Bloomberg. Los ataques con drones ucranianos de largo alcance, que inicialmente tuvieron como objetivo refinerías de petróleo y posteriormente incendiaron casi todos los almacenes más grandes de Wildberries, también están «socavando seriamente la economía rusa», señala el economista Vladislav Inozemtsev. El turismo se ha convertido también en un objetivo.
Un completo reportaje de Reuters publicado esta semana muestra estos rigores en la turística Anapa, situada en el sur de Rusia, en el flanco noreste del óvalo horizontal que dibuja el Mar Negro. Aunque los niños chapotean en las cálidas aguas del referido Mar Negro y los bañistas abarrotan las playas, queda claro que esta no es una temporada de vacaciones cualquiera en Rusia.
Teóricamente, la zona de Anapa se tendría que ver favorecida este año al recibir un importante trasvase de turistas de la cercana península de Crimea. ‘Zona cero’ del conflicto entre Rusia y Ucrania desde antes de la guerra, Crimea se ha convertido ahora en un peligroso terreno de operaciones, con los drones de Kiev atacando duramente a la parte del territorio controlada ahora por las autoridades rusas. Según datos del sector, se registraron un millón de reservas canceladas en Crimea a finales de junio. Sin embargo, los testimonios que llegan desde Anapa muestran que la realidad es otra.
Una hostelera de Anapa: «Esto no es solo una mala temporada, es un colapso»
Karina, propietaria de un hotel que prefiere no dar a Reuters su apellido, afirma que solo tiene 17 huéspedes en una época en la que normalmente habría esperado entre 300 y 350. «Esto no es solo una mala temporada, es un colapso«, lamenta. Anita Kokourova, directora del Dream Hotel Anapa, lo ve algo mejor y presume de que la ocupación ronda el 100%, aunque reconoce que el mercado se ha vuelto muy volátil. «El plazo de reserva se ha acortado, y la gente ya no está dispuesta a planificar con antelación, no solo porque esperan encontrar unas vacaciones más baratas, sino también porque no saben qué les deparará el mañana», explica.
La caída de visitantes está golpeando directamente a los negocios que dependen de la temporada estival. Anton Sidorov, propietario del bistró Adrian, mantiene cerrado su establecimiento durante mayo y junio ante la falta de clientes y finalmente ha renunciado a abrir durante toda la temporada. «No le veo ningún sentido», explicó a Reuters. La ausencia de turistas refleja hasta qué punto la seguridad se ha convertido en un factor determinante a la hora de elegir dónde pasar las vacaciones, incluso dentro de Rusia.
Los propios visitantes reconocen que la guerra forma ya parte de sus planes de viaje. Elmira, una joven de Moscú que acudió a Anapa con su marido, explicó que antes de desplazarse habían consultado en Internet para comprobar que no estuviera sucediendo nada «alarmante» en la zona. «Decidimos arriesgarnos: vinimos aquí y no nos arrepentimos», afirmó. La pareja, sin embargo, había previsto qué hacer en caso de ataque y, según relató, «estamos al tanto de adónde ir y qué hacer si ocurre algo». La escena resume un cambio profundo: una guerra que durante mucho tiempo muchos ciudadanos rusos pudieron mantener alejada de su vida cotidiana se ha convertido en una realidad difícil de ignorar incluso durante las vacaciones.
Las alertas son ya parte del paisaje habitual de la costa del Mar Negro. Durante una visita de cinco días a principios de julio, los periodistas de Reuters recibieron cada día avisos de amenaza de misiles en sus teléfonos móviles y escucharon en dos ocasiones las sirenas antiaéreas. Pese a ello, la mayoría de los bañistas apenas reaccionó, una muestra de hasta qué punto estas advertencias se han normalizado en numerosas ciudades rusas. Para quienes sí deciden viajar, las vacaciones transcurren así entre la búsqueda de normalidad y la necesidad de permanecer atentos a una posible emergencia.
Ya no se puede fingir normalidad
Las consecuencias económicas se extienden mucho más allá de los restaurantes y hoteles vacíos de Anapa. La Asociación Rusa de Operadores Turísticos (ATOR) calcula que la cancelación de alrededor de un millón de viajes a Crimea hasta el 30 de junio ha provocado la pérdida de reservas por valor de hasta 25.000 millones de rublos (320 millones de dólares). La situación es suficientemente delicada como para que la patronal haya solicitado al Gobierno que permita a las empresas aplazar hasta finales de año los reembolsos correspondientes a los viajes cancelados, en lugar de tener que devolver inmediatamente el dinero a los clientes. Para la organización, esta posibilidad se ha convertido en «una cuestión de supervivencia para los operadores turísticos y los hoteles».
Al mismo tiempo, una parte creciente de los rusos está optando por abandonar los destinos nacionales y pasar sus vacaciones fuera del país. Los datos de ATOR muestran un vuelco considerable en las ventas de paquetes turísticos de julio: Turquía concentró el 37,7% de las reservas y Egipto el 21,3%, mientras Rusia se quedó en apenas el 9,6%. El retroceso del turismo doméstico es especialmente acusado si se compara con el mismo mes del año anterior, cuando los destinos rusos representaban el 18,4% de las ventas. En apenas un año, por tanto, su cuota prácticamente se ha reducido a la mitad.
En Anapa, quienes viven del turismo tratan pese a todo de mantener cierta normalidad. «Sí, hay problemas, igual que los hay para todo el mundo, pero se pueden gestionar. Solo hay que pensar un poco más en el futuro y abordar el problema con antelación», explica Konstantin, un guía turístico de la localidad. Incluso las colas en las gasolineras pueden contemplarse con otra filosofía: mientras se espera, «se puede charlar con la gente, conocer a alguien nuevo, pasar un rato juntos», asegura.
Pero detrás de ese intento de mantener el buen humor permanece una inquietud difícil de ocultar. Un joven procedente de Belgorod, una de las regiones rusas más expuestas a los ataques procedentes de Ucrania, reconocía abiertamente el temor con el que conviven muchos turistas. «Sí, estamos preocupados, pero no nos escondemos en ningún sitio ni nos marchamos», explicó. «Nos quedamos donde estamos e intentamos mantenernos alerta… Sí, tenemos miedo, pero esperamos que todo salga bien». La guerra ha terminado así por alcanzar también uno de los espacios que parecían más alejados del frente: las playas, hoteles y restaurantes donde millones de rusos buscan durante unas semanas escapar de la vida cotidiana.
Mario Becedas
El Economista.



