Miles de familias se mentalizan para seguir forzosamente desplazadas a causa de un conflicto entre Hezbolá e Israel al que no ven solución inmediata
En medio de un frondoso jardín en el sur de Líbano, Mehdi, Abbas y Rana (nombres ficticios) se agarran a la silla y al narguile —pipa de agua— como si les fuera la vida en ello. La estampa, que podría parecer una idílica sobremesa de verano y en la que todo sucede con calma y lentitud, encierra una paradoja. Estos residentes de Bourj Rahal, un municipio cercano a la ciudad de Tiro, ensayan esa cotidianidad mientras lo tienen todo preparado para cuando las bombas los expulsen de nuevo.
“Podríamos tener que irnos en cualquier momento”, dice Mehdi, de unos 60 años, erigido como portavoz de la familia. Lleva bigote, habla medio recostado y no termina una frase sin una inhalación por medio, lo que hace que el burbujeo envuelva sus palabras. “Ahora hemos aprendido la lección”, advierte el patriarca. “No sabemos qué nos depara el mañana, así que tenemos las maletas listas por si tenemos que abandonar nuestro hogar otra vez”.
El verde que rodea la casa no es una muralla inexpugnable, y Mehdi corre la misma suerte que sus vecinos. El 2 de marzo, tuvieron que partir con lo puesto cuando la formación libanesa Hezbolá —que en 2023 inició un frente contra Israel en supuesto apoyo a Gaza, sin consultarlo con el Gobierno— abrió fuego de nuevo. Fue el primer disparo de la organización proiraní tras 15 meses de alto el fuego unilateral, que el ejército israelí incumplió con la continuación de la ocupación y con ataques diarios que mataron a 400 personas.
El ejército israelí respondió con una ofensiva declaradamente indiscriminada, que ha causado más de 2.500 víctimas mortales y ha desplazado forzosamente a 1,2 millones de personas, una quinta parte de la población nacional. Distintos ministros israelíes han prometido convertir los paisajes urbanos donde Hezbolá tiene presencia y seguidores, como el sur de Líbano o los suburbios beirutíes, en Jan Yunis o en Rafah, municipios palestinos que la ofensiva israelí en Gaza ha reducido a escombros.
Mehdi no pudo regresar para comprobar el estado de sus plantaciones, que lamenta que se marchitaron durante la guerra, hasta hace dos semanas. Presionado por Irán durante las negociaciones por una tregua regional, Estados Unidos hizo algo inédito durante el anterior alto el fuego y contuvo a Israel en Líbano. La tregua de una semana que le impuso a Netanyahu —y que el pasado viernes se extendió por tres semanas más— redujo los ataques y permitió el regreso de los civiles en casi todo el país.
Pero el cese de las hostilidades deja a Hezbolá en pie y habilita la ocupación del 5% de Líbano por parte de Israel, donde destruye aldeas enteras, lo que hace que ambas partes tengan motivos para desear el reinicio de una guerra abierta que por momentos parece inminente. Los ataques cruzados se están recrudeciendo, con alrededor de una decena de víctimas mortales a diario en Líbano, e Israel ha retomado las órdenes de desalojo, extendiéndolas el lunes a 16 municipios fuera de la zona ocupada.
Conscientes de ello, la mayoría de quienes regresaron a sus aldeas meridionales al inicio de la tregua han vuelto a su desplazamiento forzoso tras inspeccionar sus viviendas. Según la ONU, más de un millón de personas siguen desplazadas, y quienes regresaron al sur de Líbano, sumándose a las 100.000 personas que nunca partieron, son una minoría.
La ofensiva ha causado devastación y ha anulado redes de servicios básicos en varios puntos de la zona, donde lo único que acompaña es la explosión primaveral de una de las áreas más coloridas de Oriente Próximo. El gris de la destrucción gana terreno en las aldeas cercanas a los territorios ocupados, como Srifa, donde el ejército israelí no ha dejado ni un edificio de la calle principal sin agujeros. Al final del municipio, unos jóvenes advierten de que seguir lleva “a la nueva frontera”. Se refieren a la Línea Amarilla, una divisoria imaginaria que Israel ha delimitado en torno a la zona ocupada.
Jad (nombre ficticio) también ha preparado las maletas. Tiene 57 años y un rostro marcado por una vida trabajadora. Atiende a EL PAÍS desde la panadería que regenta en Bourj Rahal junto con su mujer y sus tres hijos, donde cocinan manushe —el típico pan con zaatar (mezcla de especias) y condimentos— para los pocos transeúntes de una localidad casi desierta.
La familia depende de ello. “Vivimos al día, no tenemos mucho”, sostiene Jad. Agrava el tono cuando aborda el período que han tenido que pasar lejos de casa, que describe como humillante. “Huimos de aquí en una carrera, y cuando llegábamos a una calle no podíamos esperar a llegar a la siguiente porque todas eran peligrosas”. Sus familiares asienten a su alrededor, reviviendo aquel éxodo entre bombardeos.
Ahora, explica Jad, la falta de un “horizonte” en el conflicto hace que duerman “con un ojo abierto”, mientras siente “ansiedad y miedo” cuando ve a alguien partir: “Hace que me plantee si deberíamos hacerlo nosotros”.
A esta familia, que se pregunta retóricamente cómo puede sentirse segura ante una ofensiva que ha matado a un centenar de sanitarios —este lunes, tres más— y periodistas, la dureza israelí no le sorprende. En Líbano, muchos culpan a Hezbolá por haber arrastrado al país a la guerra al disparar en 2023 contra Israel, terminando con un período de relativa estabilidad e iniciando un conflicto en el que el ejército israelí ha ocupado decenas de municipios. Pero Jad, que apoya a una formación aliada de Hezbolá, siempre contempló la posibilidad de la guerra: “Mientras tengamos a un enemigo despiadado y con ambiciones expansionistas en nuestra frontera, algo así es de esperar”.
Hezbolá por falta de alternativa
En Líbano, algunos siguen a Hezbolá —un movimiento islámico con el norte en Irán— por ideología. Otros, por falta de alternativa. Su fortaleza radica en la debilidad de un Estado que muchos en el sur de Líbano critican por no haber defendido nunca a esa parte del país ante Israel, que durante las dos últimas décadas del siglo XX ocupó la región meridional. Durante los 15 años posteriores a 2006, la aviación israelí incurrió en el cielo libanés 22.000 veces, según la web libanesa AirPressure.info, manteniendo el temor bélico en tiempos de supuesta paz.
Qasem Skeiki, de 71 años, es uno de esos pragmáticos. Este residente de Deir Qanoun En Nahr asegura que la tensión les ha impedido ser “del todo felices”. Recuerda cómo el ejército israelí se plantó en Beirut “sin oposición” en 1968, cuando ya guerreaba con la resistencia palestina radicada en Líbano, y cómo operaba antes de la formación de Hezbolá, en 1982. “No quiero que nuestros jóvenes tengan que empuñar el arma para defendernos”, argumenta, refiriéndose a los milicianos. Afea la división sectaria que paraliza las instituciones libanesas y el centralismo que abandona a las periferias. “Queremos depender de nuestro Gobierno y que Israel sepa dónde parar”, insiste.
Skeiki, que tiene cinco hermanos, asegura que la historia familiar registrada en la zona se remonta 300 años. Son los propietarios de una parcela donde tienen un café, una gasolinera y la casa de los padres. Los bombardeos han hecho que solo quede el café. “Y tenemos suerte”, afirma. Uno de sus hermanos, que es sordo, salió un minuto antes del bombardeo. “No oyó la explosión, pero la sintió en el cuerpo”.

Permanecer en ese municipio bombardeado, donde Skeiki quiere ser enterrado junto con sus antepasados, y lograr que los hijos se queden, está en tensión permanente con la idea del exilio, abandonando un territorio que desconoce la paz absoluta.
Además de Skeiki, que pasó temporadas fuera de Líbano, Mehdi también le da vueltas al asunto mientras inhala narguile en Bourj Rahal. Asegura que todo su árbol genealógico proviene del área, dice que “pierde la vida” cuando se va, y está construyendo un segundo edificio para sus hijos, aunque están lejos del país. Jad, angustiado por la siguiente carrera con la que tenga que huir de la panadería, asegura que ya no tiene expectativas para su vida tras no haberla disfrutado: “Solo quiero que la siguiente generación tenga una vida decente”.
Joan Cabasés Vega desde Bourj Rahal para ElPais.com 28/4/26


