La insólita reunión entre el director de la CIA y el ministro del Interior cubano supone el mayor hito en dos meses de opacas conversaciones marcadas por la asfixia del país
En una solemne sala de reuniones de La Habana, el director de la CIA está sentado en la misma mesa frente al ministro cubano del Interior y el jefe de inteligencia de la isla. Una escena impensable, casi una herejía durante tantas décadas, se ha hecho realidad este jueves.
La reunión, incluida una serie de fotos del encuentro publicada por la propia agencia de inteligencia estadounidense, es hasta ahora el mayor hito en los dos meses de opacas negociaciones en marcha entre Washington y La Habana. El simbólico encuentro, donde ambas partes han anunciado que se comprometen a “abordar seriamente cuestiones económicas y de seguridad”, llega en un momento de máxima debilidad para el castrismo, asfixiado como nunca por el cerco energético impuesto desde finales de enero por Donald Trump.
Un día antes de que el Boeing C-40B Clipper, el avión de los viajes de Estado, aterrizara en La Habana con una delegación oficial encabezada por John Ratcliffe, el director de la CIA, las autoridades cubanas habían anunciado un nuevo y catastrófico parte de guerra. “No tenemos absolutamente nada de combustible. Ya no tenemos reservas”, dijo en la televisión cubana el ministro de Energía y Minas, Vicente de la O Levy.
De la reunión de este jueves llamó la atención la presencia de dos personajes que, evidentemente, están moviendo los hilos de un país del que se desconoce quién ostenta o no el verdadero poder: el primero, el General de Brigada Romero Curbelo, jefe de la Dirección de Inteligencia del régimen, y el segundo, Raúl Guillermo Rodríguez Castro, conocido como «El Cangrejo», el nieto y guardaespaldas de Raúl Castro que ha sido una constante en casi todos los momentos clave de la negociación entre La Habana y Washington a lo largo de este año.
Desde febrero, se conoció que el Secretario de Estado, Marco Rubio, ya mantenía conversaciones con el nieto de Castro, de 41 años. Se supo que «El Cangrejo» había viajado a la capital de San Cristóbal y Nieves, en el marco de la cumbre de la Comunidad del Caribe (CARICOM), para sostener un encuentro con los asesores de Rubio. Cuando en marzo el gobernante Miguel Díaz-Canel reconoció por primera vez que estaban negociando con la administración de Donald Trump, allí estaba «El Cangrejo» sentado entre los periodistas. Durante la primera visita de una delegación estadounidense a La Habana el pasado 10 de abril, no faltó el nieto de Castro en la mesa de diálogo. Es evidentemente que no solo es el guardaespaldas del abuelo, sino el escolta del proceso de negociaciones que se lleva a cabo.
El día del anuncio, el pasado miércoles, la isla sufrió apagones que en algunas zonas alcanzaron las 22 horas sin luz, una constante durante los últimos meses. La crisis terminal de abastecimiento está además desencadenando problemas graves en servicios básicos como hospitales o transporte. Los cubanos, cada vez más al límite, miden sus protestas con caceroladas, calles cortadas por la basura acumulada a la que prenden fuego, o gasolineras que no funcionan atacadas a pedradas. En medio del colapso, el aparato represivo castrista es de lo poco que sigue en pie.
Desde que Trump colocó a Cuba en su diana, justo después del ataque quirúrgico sobre Caracas para llevarse en helicóptero al presidente venezolano, Nicolás Maduro, hasta una cárcel de Nueva York, se han sucedido las señales, muchas veces contradictorias, sobre el futuro de la isla.

A la vez que imponía el severo cerco energético, el mandatario estadounidense mandaba señales de apertura hacia una posible vía diplomática. Mientras permitía la llegada en marzo de un buque ruso con 100.000 toneladas de crudo, que alivió solo temporalmente otro de los momentos críticos de desabastecimiento, lanzaba bravuconadas como esta: “Vamos a tomar Cuba casi de inmediato”. A cada golpe o amenaza les ha ido sucediendo una cierta tregua, siguiendo el manual clásico de negociación agresiva del magnate republicano.
Esta misma semana, tanto el secretario de Estado, Marco Rubio, como el propio Trump lanzaron mensajes conciliadores. Poco antes, habían endurecido aún más las sanciones con castigos a cualquier persona o entidad no estadounidense que mantenga relaciones comerciales con la isla, especialmente en los sectores de la energía, la defensa, la seguridad y las finanzas.
Como antesala de la reunión de la CIA, el Departamento de Estado emitió un comunicado ofreciendo a la isla 100 millones de dólares en ayuda, aceptada por el castrismo este jueves, a cambio de “reformas significativas al sistema comunista de Cuba”.
En este contexto de ofertas y castigos, los medios estadounidenses han informado también de que Estados Unidos planea procesar judicialmente al expresidente de Cuba Raúl Castro, que no ha dejado por completo el poder, acusado del derribo en 1996 de un avión de una organización humanitaria de exiliados cubanos en Miami.
Castro, de 94 años, es la ficha que Cuba siempre saca en momentos de tensión, a modo de recordatorio del apellido que, al menos a nivel simbólico, dirige el país. Cuando se conoció de la muerte de los 32 militares cubanos tras el ataque a Venezuela, un momento de tensión particular donde empezó a madurar la idea de que “Cuba era la próxima”, Castro apareció en público. Y cuando Trump endureció su retórica y deslizó que iba a garantizar “un nuevo amanecer para Cuba”, Castro salió desfilando en primera plana en el acto patriótico del pasado Primero de Mayo en La Habana. A pesar de que se dice que Castro es quien sigue dictando la política de la isla, Alina Rodríguez, hija de Fidel, se hizo la misma pregunta que todos se hacen en una entrevista con este periódico: “¿En qué sentido una persona de 94 años puede seguir moviendo los hilos de Cuba?»
Los mensajes del castrismo también han sido ambivalentes. Desde una actitud colaborativa para sentarse a la mesa a los mantras habituales, como la advertencia de que “cualquier agresor externo” que avance sobre la isla “chocará con una resistencia inexpugnable”. Aunque se supo, incluso, que la delegación estadounidense de vista en La Habana impuso un ultimátum de 14 días para que los cubanos hicieran algunas concesiones, entre ellas la liberación de sus presos políticos, lo cierto es que hasta el momento no ha habido una excarcelación masiva de los casi mil detenidos por oponerse al régimen.
Las reacciones a la reunión de este jueves han sido templadas. El Partido Comunista de Cuba la encuadró en “parte de los esfuerzos por afrontar el escenario actual”. Mientras que el Ministerio del Interior, al frente del gran aparato de espionaje y de represión, habló de “desarrollar la cooperación bilateral”, además de subrayar su “enfrentamiento y condena de manera inequívoca al terrorismo en todas sus formas y manifestaciones”.
El fantasma heredado de la Guerra Fría que sitúa a Cuba como “refugio para los adversarios de Estados Unidos”, según el propio comunicado de la CIA tras la reunión, es uno de los argumentos sobre los que, al menos en público, insiste la Casa Blanca, enfrascada en una campaña política y militar para recuperar su influencia sobre la región que está haciendo estallar las costuras del orden internacional.
David Marcial Pérez desde México y Carla Gloria Colomé desde Nueva York para ElPais.com 14/5/26



