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El efecto rebote en las dietas no es tan grave como se pensaba, según la ciencia

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Una revisión de evidencia científica y clínica apunta a que no existen pruebas concluyentes de que perder y recuperar peso sea perjudicial para la salud metabólica

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Perder peso, recuperarlo de nuevo y volver a empezar, hasta ahora había sido señalado como una de las grandes amenazas para la salud metabólica y cardiovascular de las personas que están a dieta. Sin embargo, una revisión crítica realizada por los investigadores Faidon Magkos y Norbert Stefan, de las universidades de Copenhague (Dinamarca) y Tübingen (Alemania), respectivamente, pone en entredicho el conocido “efecto yo-yo”, “efecto rebote” o también llamado “ciclo del peso”.

Hasta ahora, se consideraba que el efecto rebote podía tener consecuencias negativas para la salud; sin embargo, el trabajo, publicado en la revista The Lancet Diabetes & Endocrinology, analiza la evidencia científica y clínica ya existente en personas con obesidad y sus conclusiones apuntan a que no existen pruebas concluyentes de que el ciclo del peso sea dañino como tal. “No hay pruebas sólidas de que cause cambios perjudiciales en el metabolismo, la composición corporal o el riesgo de enfermedad”, señalan en entrevista a este diario los autores.

Para Violeta Moizé, nutricionista del Hospital Clínic de Barcelona, las conclusiones “son razonables y están alineadas con la evidencia más reciente”. Moizé, ajena a la investigación, dice que durante mucho tiempo se asumió que el efecto yo-yo era perjudicial por sí mismo: “Gran parte de esa evidencia procedía de estudios observacionales, donde es muy difícil separar el impacto de las fluctuaciones de peso del de la propia obesidad, el envejecimiento o las enfermedades asociadas”, apunta.

Una buena noticia

Las conclusiones son una buena noticia para quienes han vivido varios intentos de perder peso, pero han vuelto a recuperarlo. “Los beneficios de intentarlo, incluso si el resultado no es permanente, parecen superar los riesgos potenciales del ciclo en sí”, dicen los investigadores. Moizé coincide: “No hay pruebas sólidas de que perder y recuperar peso sea más perjudicial que mantener un exceso de adiposidad de forma continuada”.

En las últimas cuatro décadas, el sobrepeso y la obesidad han aumentado de forma constante hasta duplicarse, afectando hoy a 2.500 millones de personas en todo el mundo. De ellas, alrededor de 900 millones viven con obesidad. También ha aumentado el número de personas a dieta: “De un 10% en los años sesenta a la mitad de la población de Estados Unidos en 2015″, dice el estudio.

Los investigadores explican que muchas de las consecuencias negativas que a menudo se atribuyen al efecto rebote “es probable que se deban a otros factores, como el envejecimiento, una exposición más prolongada a la obesidad, la susceptibilidad genética o problemas de salud subyacentes”. Magkos y Stefan dicen que más de la mitad de las personas con obesidad viven el efecto rebote en un periodo aproximado de cinco años después de bajar de peso.

El ciclo de pérdida y recuperación varía entre el 18% y el 65% al cabo de un año, dependiendo del método empleado, y puede llegar hasta el 75-95% en muchos casos. Sin embargo, sus hallazgos contradicen la percepción popular que señala que los ciclos de pérdida y recuperación de peso aceleran la ganancia de grasa, deterioran la masa muscular o elevan el riesgo de padecer diabetes, hipertensión o alguna enfermedad cardiovascular.

Moizé subraya que el foco debe ponerse en la naturaleza crónica de la obesidad: “Muchas personas dejan de buscar ayuda por miedo al efecto rebote o porque se sienten fracasadas tras varios intentos. En realidad, la recuperación de peso no refleja un fracaso personal, sino la enorme dificultad de mantener un tratamiento a largo plazo”.

Las conclusiones apuntan a que los riesgos que tradicionalmente se atribuyen al ciclo de peso, en realidad, parecen explicarse por otros factores que ya existían y que pueden confundirse con las consecuencias del propio ciclo. “El aumento progresivo de peso a lo largo de la vida adulta tiene más relación con la edad y los hábitos que con haber hecho dietas repetidas”, explican los autores.

Asimismo, señalan que, aunque cada ciclo tiene un costo para el cuerpo, la evidencia científica actual no demuestra que provoque un daño irreversible. “Es importante destacar que incluso los periodos temporales de pérdida de peso suelen aportar beneficios significativos para la salud, lo que sugiere que los riesgos de la fluctuación del peso se han exagerado”, afirman. “Sabemos que perder entre un 5% y un 10% del peso corporal mejora la glucemia, la presión arterial o la calidad de vida”, añade Moizé.

Un rebote más rápido con los medicamentos

La revisión describe varios efectos metabólicos reales: el metabolismo basal (la cantidad mínima de calorías que el cuerpo necesita para sobrevivir y mantener sus funciones vitales en reposo absoluto) puede reducirse entre un 14% y un 18% durante la pérdida de peso, aunque tiende a ajustarse con el tiempo; la masa muscular puede disminuir y, al volver a subir, suele ganarse más grasa que músculo. Más allá, los beneficios metabólicos logrados con la pérdida, como mejor sensibilidad a la insulina y menos grasa visceral, tienden a revertirse si el peso se recupera. En este punto, Moizé matiza: “Estas adaptaciones son una respuesta fisiológica normal, no un metabolismo alterado. La calidad del tratamiento importa: las dietas muy restrictivas, sin suficiente proteína o sin ejercicio de fuerza, sí favorecen la pérdida de masa muscular, pero eso depende de cómo se pierde peso, no del efecto yo-yo en sí”.

Un dato interesante del análisis es la diferencia según el método de pérdida de peso. Las terapias basadas en hormonas digestivas como semaglutida o tirzepatida, que contienen medicamentos comercializados como Ozempic o Mounjaro, muestran tasas de recuperación de peso más altas en el primer año —entre 55% y 65%— en comparación con las dietas bajas en calorías, donde la recuperación se sitúa entre el 30% y el 50%. La pérdida de peso más rápida y pronunciada deja menos margen al cuerpo para desarrollar hábitos y estrategias de mantenimiento a largo plazo.

“Cuando se suspenden estos fármacos, el peso se recupera porque desaparece el efecto del tratamiento, como ocurre en otras enfermedades crónicas. No debe interpretarse como un fracaso”, afirma Moizé.

También pueden aparecer consecuencias psicológicas que influyen en la recuperación del peso perdido. “Algunos efectos psicológicos son frecuentes, como sentimientos de frustración, insatisfacción o menor confianza. Estas experiencias son reales y es importante reconocerlas”, mencionan los investigadores.

En ese cambio de enfoque insiste también Moizé: “No debemos pensar en una dieta que empieza y termina, sino en un proceso de cambio de hábitos sostenibles. El éxito no es solo perder kilos, sino conseguir mejoras de salud que puedan mantenerse en el tiempo”.

La recuperación de peso, dicen los autores, probablemente refleja procesos fisiológicos normales del cuerpo intentando volver a su punto de equilibrio, más que un daño causado por haber hecho dieta más de una vez. Esto no significa que mantener el peso perdido no importe, ni que cualquier método de pérdida de peso sea igual de saludable. Pero sí invita a replantear el miedo extendido al efecto rebote y a que las políticas públicas de salud pongan el foco en otros factores más determinantes para la salud a largo plazo, como la cantidad total de grasa acumulada en el organismo, la calidad de los hábitos y el envejecimiento.

Almudena Barragán, El País

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