Las han atropellado, martilleado, prendido fuego e incluso metido en las fauces de un cocodrilo. Están tan seguros de su resistencia que en una ocasión la pusieron a prueba tirando una maleta desde lo alto de una grúa. “El valor de la marca ha sido el mismo desde el primer día: diseñar un objeto para toda la vida”, dice el parisiense Mathieu Plenier, que entró en la enseña como director global de Colaboraciones de Marca y Proyectos Especiales en 2021 y el año pasado asumió el rol de director de marketing. “Hay muy pocos objetos en el mundo que conservarás para siempre. Una Rimowa es uno de ellos”.
Los arañazos, abolladuras y pegatinas son parte del juego. Sellos en el pasaporte vital de la maleta y de su dueño. Ellos los entienden como mementos. Lejos de borrarlos, se lucen. Es más, desde 2023 tienen un programa, Re-Crafted, con el que recuperan, restauran y vuelven a poner en circulación maletas usadas conservando esas marcas que las hacen únicas. Y la demanda es sorprendente. Esa pátina que en otro contexto se vería como una imperfección se convierte en una expresión visible de resistencia y experiencias acumuladas. Son credenciales. La prueba de que una Rimowa es de por vida. “Una compañera”, dice Plenier. Y una fiel.
Construirla es increíblemente técnico y sorprendentemente artesanal: cada maleta requiere más de 200 componentes y 100 etapas, y en la mayoría hay una persona involucrada. En la fábrica en Colonia (Alemania), la secuencia es rigurosa. Primero el ondulado de las sábanas de aluminio. Luego los cortes, estratégicos, que permiten darle forma, como si fuera un origami. No se hacen a láser, porque serían limpios y ellos necesitan hendiduras y relieves para el ensamblaje. Así que usan unas máquinas que troquelan, perforan y martillean, bailando con un golpeteo rítmico que, incluso amortiguado por los cascos, suena como una noche en el Berghain. Le sigue el enmarcado, donde la anatomía de la maleta va materializándose y se coloca un número de identificación único que permite trazar cada pieza —porque las imitaciones proliferan—. Después las esquinas, la placa con el logo, el asa telescópica, las cerraduras, las ruedas. Y lo que llaman “el matrimonio”, el punto en el que las dos mitades se unen “para siempre”. Luego el revestimiento interior. Para terminar en una sala insonorizada donde se hace una calibración manual. Martillazos, tirones, torsiones… “Como un masaje. Pero tailandés, no relajante”, bromea uno de los operarios. “Entender cómo se fabrica cada maleta fue lo que me caló cuando llegué a Rimowa”, explica Mathieu Plenier. “Es un equilibrio increíble entre ingeniería y artesanía. Te hace ver lo único que es”.
Cómo Rimowa dejó de ser un contenedor para convertirse en un artefacto cultural se debe a un engranaje de buenas decisiones. Aliarse con artistas, de las intervenciones de Alex Israel y Takashi Murakami a la serie de esculturas de Daniel Arsham. Colaborar con Porsche, Vitra, Supreme, Tiffany, Mykita, Rick Owens y un larguísimo etcétera de grandes del diseño en todos sus frentes. Fichar a Roger Federer, Rihanna y Patti Smith —que hasta les escribió un poema—. Organizar exposiciones de Sotheby’s a Art Basel. Lanzar su propio Design Prize para espolear el talento emergente —no solo con dinero, también con tutelaje—. Resucitar Der Eigene, una de las primeras publicaciones queer, establecida en el Berlín de 1896 por Adolf Brand. Y orquestar piezas a medida sin límites creativos: el baúl para vinos de LeBron James o el maletín que le acaban de fabricar al compositor Hans Zimmer para su gira europea. Básicamente, un estudio sobre ruedas.
Ese dinamismo, afirma Plenier, “está desde el principio”. Fundada por Paul Morszeck como guarnicionería en 1898 —el mismo año en el que Santos Dumont estrenó su globo y España conoció el tranvía eléctrico—, en este siglo y cuarto Rimowa ha sabido moverse al compás de los tiempos tanto en la anatomía de sus diseños como en su narrativa. Para ellos la movilidad es un termómetro técnico y cultural. “Hay dos ideas que manejamos bien. Una es Ingenieurskunst. La otra, Zeitgeist”, explica el directivo. El arte de la ingeniería y el espíritu de la época. “El objetivo es ser culturalmente relevante, pero también crear algo que tenga sentido, donde la forma siga a la función”.
Del aluminio anodizado al sistema de ruedas multidireccionales, son fieles a la lógica Bauhaus. “La practicidad es inherente”, apuntala Daria Jacobs, responsable de Patrimonio y Comunicación Interna. “La filosofía es mejorar funcionalidades. Cosas que a veces ni se ven, pero se perciben. Como las ruedas. La belleza reside en esa utilidad: son objetos pensados para ser atemporales. Esa forma de diseñar es en sí una expresión cultural”.
Concebir un producto que, por vocación, está hecho para trascender el tiempo es una declaración de intenciones. Mantener la premisa en una economía que se basa en el relevo constante es directamente un acto de rebeldía. “Un objeto con el que estableces un vínculo, que te acompaña y puedes mantener y luego transmitir. Esa es nuestra definición del lujo”, argumenta Plenier. Por eso en 2022 lanzaron una garantía de por vida para sus maletas. “Hay dos centenares de componentes en cada una, y todos se pueden reemplazar. Se hacen para durar, y eso es lo que los hace únicos”. También icónicos, aunque no sea una palabra que ellos pregonen.
De su narrativa, hay dos cosas inamovibles. Una es su abordaje funcionalista del diseño. La otra, el aluminio. “Si hay un objeto por el que Rimowa es reconocible, es esa maleta”, sostiene Jacobs. La primera vez que el metal entró en el léxico formal de la firma fue en los años veinte, cuando Richard Morszeck —hijo del fundador, Paul— quiso probar el material que estaba revolucionando la aviación. Al principio se usaba como refuerzo y embellecedor. Poco a poco fue ocupando un rol más importante, desplegando sus bondades: una mezcla de resistencia, maleabilidad y ligereza muy conveniente en el negocio de la movilidad.
Hoy, fieles a su premisa de mirar hacia delante, trabajan con materiales punteros como el Econyl y el policarbonato. De hecho, fueron los primeros en lanzar equipaje hecho con el polímero, hace 26 años. Pero la maleta de aluminio acanalado sigue siendo la estrella. Presente y constante desde los cincuenta, sus estrías son un sello. Aunque eso tampoco les ha impedido cambiarlas en alguna ocasión. Lo cual ilustra bien una filosofía inteligentemente articulada entre la reverencia al legado y el impulso de avanzar. Hasta le han puesto nombre: Never Still, un principio de movimiento constante. Pero con propósito, y sabiendo de dónde parten.
Laura García del Río, El País



