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El auge de las cartas coleccionables lleva a Japón a regular un mercado dominado por EEUU

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  • Tokio busca recuperar la influencia sobre un negocio cuya valoración depende de certificadoras de EEUU
  • El fraude, los robos y el uso de cartas para el blanqueo de capitales preocupan a las autoridades

En las películas de espías, los diamantes y las joyas suelen ser el recurso perfecto para ocultar fortunas: concentran un enorme valor económico, son fáciles de transportar y difíciles de rastrear. Bajo esa misma lógica, en la próxima cinta de James Bond el villano bien podría robarse un paquete de cartas de Pokémon.

Lo que durante décadas fue un pasatiempo infantil se ha transformado en un mercado global de miles de millones de dólares en el que algunas cartas alcanzan precios comparables a los de una obra de arte. Ese cambio ha llevado a Japón, cuna de franquicias como Pokémon y Yu-Gi-Oh!, a estudiar una regulación específica para una industria en la que los personajes japoneses dominan las ventas, pero la certificación, las subastas y buena parte de las transacciones están en manos de empresas estadounidenses.

Aunque las cartas coleccionables llevan más de 30 años siendo un negocio lucrativo, en los últimos años se ha disparado. De acuerdo con estimaciones de la industria, el mercado primario de cartas coleccionables, correspondiente a la venta de sobres, cajas y productos nuevos, rondó los 9.000 millones de dólares en 2025. A ello se suma un mercado secundario de reventa que algunos analistas sitúan en al menos 2.800 millones de dólares anuales, aunque su tamaño real es difícil de medir porque muchas operaciones se realizan entre particulares o en plataformas no auditadas.

La pandemia marcó un punto de inflexión. Los confinamientos impulsaron a millones de personas a recuperar aficiones de la infancia y las cartas coleccionables vivieron un renacimiento alimentado por la nostalgia, las redes sociales y la creciente percepción de que podían convertirse en una inversión.

El fenómeno también quedó reflejado en la producción. Según datos de The Pokémon Company, antes del auge provocado por la pandemia se habían impreso algo más de 30.000 millones de cartas Pokémon desde el lanzamiento de la franquicia en 1996. Cinco años después, la cifra ya superaba los 75.000 millones, una muestra del crecimiento extraordinario de la demanda.

Ese auge también ha transformado el mercado japonés. Bloomberg estima que el negocio de las cartas coleccionables en Japón creció un 90% entre 2021 y 2025 hasta alcanzar los 338.000 millones de yenes, equivalentes a unos 2.100 millones de dólares. Para el Gobierno japonés, estos productos han dejado de ser simples artículos de ocio y se han convertido en activos de elevado valor económico cuya cotización depende cada vez más del mercado internacional.

Actores económicos

La intención de Tokio, sin embargo, va más allá de combatir el fraude. Las autoridades pretenden recuperar influencia sobre una industria construida alrededor de propiedades intelectuales japonesas, pero cuyo funcionamiento depende en gran medida de Estados Unidos.

Al igual que ocurre con el mercado del arte, la autenticidad y el estado de conservación determinan el valor de una carta. Tres compañías estadounidenses -Professional Sports Authenticator (PSA), Beckett Grading Services (BGS) y Certified Guaranty Company (CGC)- se han convertido en la referencia mundial para certificar las piezas. Sus expertos verifican que una carta sea auténtica, evalúan el desgaste, los defectos de fabricación y su estado de conservación antes de asignarle una calificación. Esa nota puede multiplicar varias veces el precio de una misma carta y es el estándar utilizado por coleccionistas, inversores y casas de subastas de todo el mundo.

En la práctica, cualquier carta de gran valor termina pasando por el sistema de certificación estadounidense. Esa dependencia es precisamente uno de los aspectos que Japón quiere revisar. Los legisladores cuestionan que la valoración de franquicias creadas en el país, como Pokémon, Yu-Gi-Oh!, One Piece, Dragon Ball o Digimon, dependa de empresas extranjeras cuando estas propiedades intelectuales concentran buena parte del mercado mundial de juegos de cartas coleccionables.

El rol del crimen organizado

El crecimiento del negocio también ha atraído problemas propios de otros mercados de activos de lujo. Las falsificaciones se han multiplicado, al igual que los robos y las estafas. Uno de los casos más conocidos es el del polémico creador de contenido Logan Paul, que en 2021 adquirió una carta, Pikachu Illustrator, por 5,27 millones de dólares. En febrero de este año la misma pieza fue revendida por unos 16,5 millones de dólares, una muestra del fuerte incremento que han experimentado algunos activos del sector.

El propio Logan Paul también fue víctima de los riesgos del mercado. En 2022 pagó 3,5 millones de dólares por una supuesta caja sellada de cartas Pokémon de primera edición que terminó conteniendo cartas de G.I. Joe. Aunque recuperó el dinero, el episodio puso de manifiesto la vulnerabilidad incluso de los compradores más experimentados. PSA informó, además, de que solo en 2025 interceptó más de 200 millones de dólares en cartas falsificadas antes de que llegaran al mercado.

Las autoridades japonesas también han alertado sobre el uso de cartas raras para el blanqueo de capitales. Diversos reportes recogen testimonios de antiguos miembros de la yakuza que describen cómo estas piezas pueden utilizarse para transportar grandes cantidades de valor con facilidad y posteriormente revenderse como si se tratara de ganancias legítimas procedentes de una inversión.

Con este escenario, Japón busca diseñar un marco regulatorio que proteja sus franquicias, reduzca los riesgos de fraude y favorezca el crecimiento de una industria que ha dejado de comportarse como un simple mercado de entretenimiento para asemejarse cada vez más al de las obras de arte, los relojes de lujo o las joyas: activos cuyo valor depende tanto de la escasez y la certificación como de la confianza de los compradores.

eleconomista.es