- La demanda de particulares supera los 70.000 millones de dólares
- La salida a bolsa de SpaceX condiciona el cierre semanal de Wall Street
Para quienes nos apasiona el mercado, la salida a bolsa de SpaceX no es una operación más. Es uno de esos momentos que se recuerdan con el paso de los años, como se recuerdan determinadas cimas, determinados excesos y determinadas ventanas de oportunidad. No todos los días aparece en el parqué una compañía capaz de mezclar cohetes, satélites, conectividad global, defensa, datos, ambición industrial y relato casi mitológico. SpaceX no sale a bolsa, SpaceX aterriza en mitad de una época.
Entre los cientos de análisis que han caído en mis manos estos días sobre SpaceX, hubo dos frases que se me quedaron clavadas. Una decía que aquí no se está comprando el futuro, sino el futuro del futuro. La otra, mucho más afilada, sostenía que el precio de SpaceX es un capricho de Elon Musk. Y, francamente, ambas me parecen útiles para entender el momento. La primera explica la fascinación. La segunda recuerda el peligro. Porque cuando una compañía mezcla tecnología, defensa, satélites, conectividad global, ambición espacial y una figura como Musk, la valoración deja de ser solo una hoja de cálculo y se convierte también en una batalla narrativa.
Durante meses, primero en petit comité y después cada vez con mayor convicción, he venido defendiendo una idea que a muchos podía parecerles incómoda: era difícil pensar en una caída profunda y sostenida de las bolsas antes de que el mercado recibiera algunas de las grandes salidas a bolsa que llevaba tiempo esperando. No lo decía desde ninguna teoría conspiranoica, no soy partidario de ese tipo de lecturas. Pero una cosa es no ver fantasmas en cada esquina y otra muy distinta es hacer como si uno se hubiera caído de un guindo.
Hay intereses enormes en que todo salga bien. Una compañía como SpaceX no aparece en el mercado en una tarde cualquiera, con los índices rotos, los inversores asustados y el apetito por el riesgo bajo mínimos. Este tipo de operaciones suelen necesitar una puesta en escena concreta: mercados cerca de máximos, optimismo elevado, liquidez abundante y una sensación general de que nada demasiado grave puede estropear la fiesta. Y aquí estamos. El mercado ha llegado a esta cita con una alegría casi terrorífica, de esas que invitan a hacerse la pregunta más peligrosa de todas: qué puede salir mal.
De momento, la lectura técnica sigue siendo la misma: no hay evidencias suficientes para concluir que el mercado haya hecho un techo relevante. El Ibex 35 ha marcado nuevos máximos históricos esta misma semana, el EuroStoxx 50 sigue atacando su zona de máximos, el Dax parece dispuesto a volver a mirar hacia sus altos tras una corrección ordenada y, al otro lado del Atlántico, los grandes índices tecnológicos continúan cerca de sus máximos históricos. Lo que hemos visto en el Nasdaq 100 y en el S&P 500 no puede calificarse todavía como una corrección seria. A lo sumo, una consolidación dentro de un tramo alcista muy potente nacido en los mínimos de abril.
La clave es que tanto el Nasdaq 100 como el S&P 500 han conseguido mantenerse por encima del 23,6% de Fibonacci de todo ese último rally. Mientras esos niveles sigan resistiendo, la foto no se deteriora de verdad. Puede haber ruido, puede haber sacudidas y puede haber titulares que asusten, pero si analizamos la foto con perspectiva, la estructura de fondo sigue sin enseñar una señal técnica clara de agotamiento definitivo.
SpaceX puede marcar un antes y un después, pero no necesariamente porque haya que comprar SpaceX a cualquier precio. Su salida a bolsa puede ser más importante como señal de época que como recomendación concreta. Nos habla de apetito por el riesgo, de liquidez, de confianza, de exceso, de ambición y de ese extraño momento en el que el mercado parece dispuesto a financiar el futuro antes incluso de que el futuro haya aprendido a caminar.
Después del cohete, la rotación
Ahora bien, si SpaceX es el gran fogonazo narrativo, conviene no olvidar que el dinero rara vez se queda quieto mirando el mismo incendio para siempre. Los semiconductores, la inteligencia artificial y las grandes tecnológicas han sido los grandes motores de los últimos meses, y no tengo intención de discutir su fortaleza mientras no se deteriore su estructura. Pero precisamente porque han corrido tanto, pueden convertirse también en una de las zonas desde donde salga parte del capital si el mercado empieza a buscar oxígeno en otras habitaciones.
Ahí es donde entra el trabajo que más me interesa: no comprar sectores de moda a ciegas, sino buscar zafiros dentro de aquellas áreas que podrían recoger el testigo. No se trata de sustituir Nvidia por cualquier valor retrasado ni de abandonar la tecnología por puro vértigo. Se trata de mirar con método dónde puede aparecer una ecuación rentabilidad riesgo más atractiva si el dinero empieza a rotar desde los grandes ganadores del rally hacia compañías de calidad que han quedado más rezagadas o que presentan estructuras técnicas interesantes.
En esa foto, el sector biofarmacéutico me parece uno de los terrenos a vigilar. Compañías como Sartorius Stedim Biotech, IQVIA o Danaher han sufrido castigos relevantes y, sin embargo, siguen siendo negocios de enorme calidad dentro de áreas vinculadas a investigación, diagnóstico, bioprocesos, servicios clínicos y salud. No son historias para impacientes. Son compañías donde el mercado puede tardar en volver a confiar, pero también donde un giro bien construido podría ofrecer una ecuación muy atractiva.
También me interesa seguir de cerca determinados valores financieros. Experian, Mastercard y KKR representan tres formas distintas de mirar el sector: datos, pagos y activos alternativos. No son bancos tradicionales, pero sí compañías muy ligadas al sistema financiero moderno. En un entorno en el que los tipos pueden seguir altos durante más tiempo y donde los inversores vuelven a exigir beneficios, escala y modelos de negocio sólidos, este tipo de compañías puede recuperar protagonismo si el mercado empieza a mirar más allá de la fiebre tecnológica.
En consumo, no se trata de comprar cualquier cosa por el simple hecho de que sea defensiva. Me interesan negocios con escala, recurrencia y capacidad para atravesar ciclos. Amazon, Walmart y O’Reilly Automotive encajan en esa lógica desde ángulos muy distintos. Amazon sigue siendo una mezcla de consumo digital, nube e infraestructura tecnológica. Walmart representa la fortaleza silenciosa de la distribución defensiva. O’Reilly Automotive, mucho menos mediática, ofrece exposición a un negocio de recambios y mantenimiento que suele resistir bien cuando el consumidor se vuelve más prudente.
Otro bloque que no quiero perder de vista es el real estate moderno. No hablo de ladrillo clásico, sino de infraestructura inmobiliaria ligada a las nuevas necesidades de la economía. Equinix, Welltower, CBRE o Ventas permiten mirar este sector desde otra óptica: centros de datos, salud, activos reales, servicios inmobiliarios y tendencias demográficas de fondo. Es menos espectacular que un cohete despegando y mucho menos ruidoso que un fabricante de chips en máximos, pero precisamente por eso puede tener sentido si el mercado empieza a buscar negocios tangibles, menos calientes y con viento estructural.
Y luego está la energía, que es una de las derivadas más claras de la inteligencia artificial. Sin electricidad abundante, fiable y competitiva no hay centros de datos ni revolución digital que aguante. En ese terreno, Vistra me parece una compañía especialmente interesante para vigilar. Ha corregido, no está en máximos y representa una pieza esencial de ese nuevo mapa donde la inteligencia artificial no solo necesita chips, sino también energía para existir.
Fuera de esos bloques, sigo teniendo en el radar el software de calidad. Hay compañías que han sufrido batacazos importantes y que no debería sorprendernos que vuelvan a atraer dinero en próximos meses si el mercado empieza a premiar negocios recurrentes, sólidos y con ventajas competitivas claras. Microsoft, ServiceNow, Intuit, Autodesk, Trimble, Cadence Design Systems o Palo Alto Networks son nombres que quiero tener presentes. No todos están en el mismo momento técnico ni todos ofrecen ahora mismo la misma oportunidad, pero sí forman parte de esa lista de compañías que merece vigilar cuando el mercado empieza a buscar calidad fuera del foco más evidente.
No digo con esto que todos esos sectores vayan a subir mañana ni que haya que comprar cualquier compañía que pertenezca a una temática atractiva. La rotación no funciona así. Primero deja huellas, luego dibuja un mapa y solo más tarde se revela con claridad. Nuestra labor es tener la foto hecha antes de que todo el mundo quiera mirar al mismo sitio.
Mientras no aparezcan señales técnicas serias de deterioro, no tiene sentido pelearse con la tendencia. Pero conviene tener la cámara preparada. Porque cuando el cohete ilumina el cielo, lo importante no es solo mirar hacia arriba, sino preguntarse también qué otros sectores pueden empezar a despertar cuando el dinero busque una nueva pista de aterrizaje.
Después de SpaceX seguirá habiendo mercado. Después del cohete pueden venir el laboratorio, los pagos, el consumo resistente, el ladrillo inteligente, la energía y el software útil. El cielo puede iluminarse con un gran despegue, pero las mejores oportunidades muchas veces empiezan en tierra firme, en silencio, donde todavía casi nadie está mirando.
Joan Cabrero. El Economista.



