- El presidente se muestra indolente ante la reciente debilidad del ‘billete verde’
- Su eje de pensamiento pasa por hacer más competitivas las exportaciones
- Pero con tanta deuda, la estabilidad de la divisa prima ante el impulso comercial
Donald Trump, presidente de EEUU, ha dejado claro que no le inquieta la reciente debilidad del dólar. Cuando se le ha preguntado si le preocupaba la caída de la divisa, ha respondido sin titubeos: «No, creo que es estupendo, al dólar le va muy bien». Detrás de esa aparente contradicción hay una lógica económica clara para un mercantilista como Trump. Un dólar más débil abarata los bienes y servicios producidos en EEUU frente a los de sus competidores internacionales, lo que impulsa las exportaciones y puede contribuir a reducir el déficit comercial, uno de los grandes objetivos estructurales de su política económica.
Trump siempre ha mantenido una posición ambivalente respecto al dólar. Por un lado, valora su fortaleza como instrumento de poder internacional; por otro, reconoce abiertamente las ventajas de una divisa depreciada para la economía real. «Soy una persona a la que le gusta un dólar fuerte, pero un dólar débil te hace ganar muchísimo más dinero», afirmó el año pasado. La idea es sencilla en términos económicos, si el dólar baja, los productos estadounidenses resultan más baratos para europeos o asiáticos, mientras que las importaciones se encarecen, lo que favorece la producción doméstica. Esa combinación puede mejorar la competitividad y, en teoría, corregir parte del desequilibrio comercial, uno de los grandes objetivos de Trump y su equipo.
El presidente también ha acusado durante años a otras potencias de manipular sus monedas para ganar ventaja exportadora. «No es justo que devaluéis, porque es difícil competir cuando devalúan», aseguró en referencia a China y Japón. «Siempre querían devaluar el yen y el yuan. Devaluaban, devaluaban y devaluaban». Desde esta perspectiva, tolerar (o incluso facilitar) una depreciación del dólar sería una forma de equilibrar el terreno de juego frente a economías que, a su juicio, han utilizado el tipo de cambio como arma comercial.
No es casual que, según algunos analistas citados por Bloomberg, «muchos en el gabinete de Trump quieren un dólar más débil para hacer que las exportaciones sean más competitivas«, aunque reconocen que están «asumiendo un riesgo calculado». Además, diversos indicadores sugieren que el dólar sigue sobrevalorado frente al euro o el yen en términos de paridad de poder adquisitivo, lo que refuerza la idea de que una corrección podría resultar coherente con los fundamentos.
Sin embargo, esta estrategia entraña peligros. Una depreciación prolongada puede minar la confianza en la divisa y encarecer la financiación exterior en un país cuya deuda pública se acerca a los 40 billones de dólares. Como advirtió Robert Kaplan, «es cierto que un dólar más débil impulsa las exportaciones», pero con un volumen de deuda tan elevado, la estabilidad de la moneda puede ser más importante que el impulso comercial. Trump parece moverse en esa tensión: busca el beneficio competitivo de un dólar más bajo, confiando en que el estatus global del billete verde como moneda de reserva siga sosteniendo su atractivo.
Esta zozobra en torno al dólar se ha intensificado en los últimos días, primero por la prima geopolítica (Trump amenazando con tomar Groenlandia por la fuerza) y después por los rumores de una intervención conjunta de las autoridades japonesas y la Reserva Federal de EEUU para apoyar al yen, que ya coqueteaba con las 160 unidades por dólar pese a estar el país enfrascado en las subidas de tipos.
«El aumento de la incertidumbre política y las preocupaciones sobre la sostenibilidad de la deuda fiscal, junto con la escalada de las tensiones geopolíticas y comerciales, han reavivado los debates sobre la desdolarización mundial, lo que podría abrir la puerta a una tendencia de depreciación más prolongada del dólar estadounidense. Las declaraciones realizadas por la Casa Blanca sobre la fortaleza relativa del dólar frente a sus socios comerciales y los esfuerzos coordinados para apuntalar el yen japonés podrían interpretarse como una indicación de la preferencia política por un dólar más débil para apoyar las exportaciones estadounidenses», contextualiza Eszter Gárgyán, estratega de divisas de UniCredit Research.
Tras el fin de semana, EEUU no puso mucho énfasis en confirmar o desmentir si había ayudado a Japón a espolear el yen en menoscabo del dólar. Y la perspectiva de una intervención bilateral entre Japón y EEUU es lógicamente más poderosa que la mera intervención pasiva de Tokio, habitual en otras ocasiones. Analistas como los ING aducen dos razones para justificar este ‘silencio’ de Washington. Por una parte, la debilidad del yen contribuyó a la liquidación de los bonos soberanos japoneses (JGB) de la semana pasada e indirectamente impulsó al alza los rendimientos de los bonos del Tesoro estadounidense. Por otra, la fortaleza del dólar ante el yen estaba potencialmente deshaciendo el efecto de los aranceles estadounidenses sobre Japón y otorgando a los fabricantes japoneses una ventaja competitiva.
«¿Acaso la administración estadounidense solo busca un yen más fuerte para estabilizar el mercado de bonos del Tesoro de EEUU y de Japón? ¿O prefiere un dólar más débil por motivos competitivos en un momento en que el consumidor estadounidense empieza a sentir la presión? En el pasado, solían ser las administraciones republicanas las que preferían un dólar más débil. La falta de preocupación del presidente Trump por la debilidad del dólar en sus comentarios de ayer por la noche alimentará esta última teoría», reflexiona Chris Turner, estratega de divisas del banco holandés.
La ‘piedra filosofal’ de Mar-a-Lago
Para los propios analistas de divisas de ING, las palabras de Trump dejando clara su indiferencia (tolerancia sería un término más adecuado), remiten al llamado acuerdo de Mar-a-Lago, homónimo a la residencia del mandatario en Florida y en el que se expresaba la frustración de Trump y su guardia pretoriana por el hecho de que la condición de reserva del dólar, aunque positiva, ha dado lugar a un dólar demasiado fuerte, lo que a su vez hace que la industria manufacturera estadounidense sea menos competitiva.
«El presidente ha dejado claro que quiere reestructurar el sistema comercial global para asegurar un mejor trato para EEUU y traer empleos manufactureros mejor pagados de vuelta a casa. Al mismo tiempo, quiere que los aliados paguen una parte más justa por el paraguas de seguridad estadounidense. Ambos temas se tratan en lo que podría ser un ensayo seminal publicado por Stephen Miran (gurú económico de Trump y ahora colocado por él en la Fed). Este ensayo introduce la idea de un acuerdo multilateral Mar-a-Lago para debilitar el dólar», explican estos analistas, recordando que, hace justo un año, el dólar ajustado a la inflación se negociaba en sus niveles más altos desde 1985, el año del Acuerdo del Plaza, cuando EEUU, Alemania, Francia, Japón y el Reino Unido coordinaron políticas para debilitar el dólar.
La observación más destacada del ensayo de Miran, piedra filosofal de esta macroestrategia de la Administración Trump 2.0, es que los déficits comerciales de EEUU no son consecuencia de una política fiscal estadounidense demasiado laxa, como sugeriría la opinión general, sino de la sobrevaloración del dólar. La tesis de Miran es que esta sobrevaloración se debe a la demanda inelástica de bonos del Tesoro estadounidense y al dólar como activo de reserva, ya que los socios comerciales se han resistido durante décadas a la apreciación de sus monedas locales mediante la intervención cambiaria.
El memorando de Miran postula que, si bien el dólar puede encontrarse en un nivel de equilibrio financiero, respaldado por esa demanda inelástica de bonos del Tesoro estadounidense, la moneda se encuentra muy por encima de su nivel de equilibrio comercial. El economista que susurra a Trump también argumenta que la incapacidad de la eurozona (demasiado fragmentada) o de China (falta de convertibilidad) para presentar monedas de reserva alternativas creíbles ha contribuido a la situación actual.
«El núcleo del documento es la necesidad de reducir el valor del dólar de forma ordenada. Miran presenta dos vías clave, dependiendo de si los aliados y socios comerciales colaboran. La primera es un acuerdo multilateral con los socios comerciales, el citado acuerdo de Mar-a-Lago. La segunda es el enfoque unilateral», explican desde ING. «La influencia para implementar el enfoque multilateral se basará en aranceles y la amenaza de retirada de las zonas de seguridad. En otras palabras, la zona de seguridad proporcionada por EEUU es un bien público y deberá ser financiada por los aliados. En cuanto a los aranceles, el ensayo señala una secuencia importante: primero los aranceles y luego el incentivo de aranceles más bajos si los socios comerciales se adhieren al Acuerdo de Mar-a-Lago», desarrollan.
«Desde el punto de vista financiero, todo esto apunta amayores niveles de volatilidad en los mercados financieros y un mayor interés en inversiones alternativas fuera de EEUU», pronosticaban ya desde el ‘banco naranja’ cuando Trump y los suyos empezaron a desplegar sobre el escritorio del Despacho Oval este ‘mapa del tesoro’ de Miran.
Justo 12 meses después, este es su análisis: «Recuerden que es el Tesoro de EEUU el responsable del dólar estadounidense, no la Reserva Federal. Scott Bessent, en la CNBC, ha citado la expresión ‘política de un dólar fuerte’. Por lo tanto, ha decidido no seguir la misma línea que el presidente Trump. En cualquier caso, el dólar no necesita ningún impulso. Ya está siguiendo el camino de menor resistencia: la debilidad. Es la preferencia no escrita de la Administración, pero sin debilitarse demasiado rápido ni llegar a niveles incómodos. Nuestros estrategas de divisas también han mantenido una visión de debilidad del dólar».
«Tras la reestructuración de la confianza en el orden comercial y geopolítico vigente, presumiblemente hemos llegado al sistema financiero. Es probable que el dólar estadounidense siga siendo una de las monedas que más sufrirá esta reestructuración; después de todo, ha sido el dólar el que ha estado en el centro del orden existente hasta ahora, y un cambio en este aspecto lo afectaría duramente. Y todos sabemos que la confianza se pierde rápidamente, pero se recupera lentamente», lanza una última admonición Antje Praefcke, estratega de divisas de Commerzbank.
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