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Britney Spears o la crónica de un hundimiento en directo que nadie ha sabido (ni querido) frenar

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La cantante ingresó hace dos semanas en rehabilitación, un mes después de ser detenida por conducir bajo los efectos del alcohol. A pesar de conseguir la libertad tras 13 años de tutela legal paternal, la artista sigue al borde de un abismo que observan quienes la rodean y ella misma muestra en sus redes

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No debe ser fácil ser Britney Spears. Nunca ha debido serlo. Siempre hay una sonrisa en su cara, siempre parece tener ganas de bailar, siempre prevalece la dulzura, la impostada inocencia que la coronó en la música y en el universo pop hace más de 25 años. Pero ya no hay engaño. Se entrevé, al fondo, el dolor. Lejos de cerrarse, las grietas de la artista, de 44 años, son cada vez más visibles, por mucho que se esfuerce en sonreír y negar. Las dos últimas han sido evidentes, y con apenas unas semanas de diferencia. A principios de marzo, fue detenida por conducir con más alcohol en su organismo del permitido cerca de su casa de California. Apenas un mes después, la princesa del pop, ganadora del Grammy, con 150 millones de discos vendidos, ingresaba en una clínica de rehabilitación. Por su propio pie. Y sin decir una sola palabra. Las señales del dolor eran evidentes.

Ni siquiera ella misma ha hablado de su entrada en esa clínica, acostumbrada a hacer declaraciones en sus frenéticas redes, a publicar y borrar, a darle material a sus 42 millones de seguidores y, sobre todo, a los tabloides, para los que sigue siendo carne de cañón. El ingreso lo contó un representante suyo a la revista People, especie de boletín oficial del corazón estadounidense, que aseguró que este era “el primer paso hacia un cambio que hace tiempo que debería haberse producido en la vida de Britney”. Unas palabras que, en parte, eran un regalo a los oídos del sistema legal, un “pobre niña rica” de cara a la vista que afrontará con la justicia en mayo por conducir ebria. Pero es también un fariseísmo: pura hipocresía por parte de quienes ahora hablan de cambios cuando la artista lleva décadas al borde de un abismo que observan quienes la rodean; pero no solo ellos.

A nadie que haya visto su trayectoria durante el último lustro, desde que recuperó su libertad tras 13 años de tutela legal por parte de su padre, Jamie, con un férreo control sobre su privacidad y sus finanzas, se le pasa por alto que Spears, su vida, sus declaraciones, sus acciones, son una ristra de tumbos. Nadie mejor que ese entorno, que esos portavoces que hablan de un “cambio” que “debería haberse producido”, para ser guía antes de la anarquía en la que está inmersa.

Las evidencias hablan. Hace más de 10 años que Spears no lanza un disco —ni una canción, más allá de una pequeña colaboración con Elton John— ni da un concierto. En Los Ángeles, en ese Hollywood siempre cargado de eventos y fiestas, jamás se la ve, ni en una alfombra roja (el último photocall en el que posó fue en verano de 2019) ni yendo a por un café. Cuando lanzó su libro de memorias, en octubre de 2023, no hizo entrevistas, ni presentaciones públicas. Y no por falta de peticiones. Ella solo baila y posa para los 42 millones de seguidores de su cuenta de Instagram. Y ahora, tras su ingreso, ni eso.

Nadie termina de entender el misterio. Ya no hay tras ella un padre controlador. Tampoco, que se sepa, amigos o pareja. Tiene un equipo, managers, abogados, pero es ella quien está tras sus decisiones. Y estas también han sido fluctuantes en estos años. Para cuando fue liberada de su tutela, se había prometido con el bailarín Sam Asghari, que la acompañó durante el via crucis de su libertad judicial y pasó con ella aquel clamor mundial que fue el movimiento Free Britney. Antes de casarse, anunciaron embarazo; cuatro semanas después, ella explicó que había sufrido un aborto espontáneo. Un mes más y llegó su boda, que celebraban en su casa de las afueras de Los Ángeles, llena de eclécticos invitados como Donatella Versace, Paris Hilton, Drew Barrymore, Madonna o Selena Gomez, que en unas declaraciones posteriores dio a entender que hasta entonces nunca había visto a la novia en persona.

La ceremonia, íntima, sin prensa ni fotógrafos, pero en algunos de los perfiles sociales más vistos del mundo, estuvo algo empañada porque el primer marido de Spears, Jason Alexander, trató de colarse en la casa de la artista horas antes y fue detenido. Otro momento aún más agridulce fue que los dos hijos de la cantante tampoco acudieran al enlace. Por cierto, el divorcio llegó 14 meses después.

Desde que pasó más de una década tutelada por su padre y alejada del mundanal ruido, Spears ha perdido prácticamente todo contacto con su familia, de sus padres a su hermana, la actriz Jamie Lynn Spears, con quien solo mantiene agrias diferencias por redes. Pero también se ha perdido buena parte de las infancias de Sean Preston, de ahora 20 años, y de Jayden James, de 19, fruto de su segundo matrimonio con el bailarín Kevin Federline. Ella, siempre parlanchina en sus perfiles sociales, sigue manteniendo todo lo relacionado con sus hijos muy en privado. El pasado junio colgó una imagen junto a Jayden que luego borró. Y a finales de marzo se dejó ver con ellos, a bordo de un barco, y también grabándose, bailando y riendo, en su casa. Fue justo en el periodo entre su detención y su ingreso. Quizá una especie de despedida temporal.

En ese comunicado tras su ingreso, sus portavoces afirmaban que “sus hijos van a pasar tiempo con ella”. “Sus seres queridos van a elaborar un plan, que hace tiempo que se debería haber puesto en marcha, para sentar las bases de su bienestar y su éxito”, afirmaban, no demasiado tarde, pero sí quizá más de lo que debería haber sido. En estos años tras su tutela, Spears se ha casado y divorciado, sigue sin tener relación con sus padres (de hecho tiene varias denuncias contra Jamie) y ha preocupado tanto a sus fans con sus bailes meneando melena y escasa de ropa que estos han llegado a llamar a la policía, provocando el enfado de la cantante. Sus memorias mostraban también con dureza su pasado: desde cómo Justin Timberlake la obligó a abortar y terminó con su romance juvenil por SMS, dejándola públicamente en una situación mediática vulnerable —“como a una ramera que le había roto el corazón al chico de oro de Estados Unidos”—, a su relación abusiva con medicamentos como el Prozac o cómo la obligaron a tomar litio y fue explotada por su padre.

También está la cuestión financiera, nada clara. Niña prodigio de canales infantiles de Disney, con su primer disco publicado antes de cumplir la mayoría de edad y con 10 giras mundiales en menos de dos décadas, fue la gallina de los huevos de oro familiar. Su fortuna se estima en unos 60 millones de dólares, pero lleva años acusando a sus antiguos gerentes de quedarse con alrededor de 17 millones. Cree que su padre se llevó alrededor de seis. No solo ya ni canta ni baila, sino que tampoco participa en empresas —al menos que se sepa— ni en las siempre jugosas campañas publicitarias desde hace décadas. No tiene fuentes de ingresos conocidas, más allá de sus regalías. Quizá por ello se decidiera a vender su catálogo musical, el pasado febrero, por unos 200 millones de dólares, un precio que los expertos consideran mucho más bajo del que su potencial cultural y musical debería otorgarle.

Hace casi cinco años que Spears, que cumplirá 45 años en diciembre, recuperó su libertad. Como ha querido o sido capaz de utilizarla es asunto exclusivamente suyo, aunque su reflejo está en las portadas de medios del mundo entero. Por ahora, la ha llevado a un centro de rehabilitación —del que, por otro lado, nada se sabe— y, en unos días, ante un juez que decidirá qué castigo (retirada del carnet, multas, trabajos sociales, según los expertos) le impondrá. Todo sigue tan incierto para Britney Spears como hace un lustro, más incluso que para aquella rubia veinteañera siempre sonriente, con o sin ganas, pero de mirada triste.

María Porcel, El País

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