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La primera generación de graduados con ChatGPT abre un dilema: “Algo se ha roto en la Universidad”

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Los que salen al mercado laboral este año son los primeros estudiantes que han completado su carrera 100% con la ayuda de la IA. Pero la herramienta también ha erosionado su forma de aprender y socializar

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Claude, ChatGPT, Gemini, prompt, token. Son ahora palabras muy habituales en los pasillos de las universidades. Pero no era así cuando Luis Miguel Trinidad se matriculó en la escuela de ingeniería de la Universidad de Sevilla cuatro veranos atrás. Este programador de 21 años pertenece a una generación muy particular, la primera y única que vivió en primera persona la llegada de los modelos de lenguaje, su evolución y consolidación en las aulas.

Trinidad recibió su diploma de grado a finales de este mes de junio ante un auditorio repleto de programadores recién titulados. Ahora que ha dejado de ser estudiante, mira hacia atrás y reconoce que la inteligencia artificial (IA) ha alterado gran parte de la travesía académica: le ha ayudado a transitar de curso en curso con mayor agilidad, suprimiendo la dificultad que muchas veces entrañan ciertas asignaturas. Pero, “si miramos bien, algo se ha roto en la Universidad”, se lamenta.

En los últimos cuatro años, la educación superior se ha llenado de incómodas preguntas que nadie sabe responder con claridad. Los estudiantes son capaces de generar sus trabajos finales en minutos o resolver sin despeinarse prácticamente cualquier tarea. Los profesores, que inicialmente miraron estas herramientas con desconfianza e incluso incredulidad y que han visto incrementar el fraude en sus asignaturas vinculado a estas herramientas, tratan de entender cómo proteger el sentido crítico de sus alumnos y no soltar la mano de una generación que admite que la IA merma su capacidad de aprendizaje y la aísla de compañeros y docentes.

Trinidad dice que la mayoría de sus compañeros ha usado IA intensamente; algunos incluso pagan por acceder a una cuenta premium. La Fundación Conocimiento y Desarrollo (CYD), una institución impulsada por grandes empresas para el estudio de la educación superior, ha cartografiado el alcance de estas herramientas mediante una encuesta a 800 estudiantes y estima que el 89% de los alumnos de las universidades españolas usan habitualmente chatbots de IA generativa. Una encuesta a casi 12.000 estudiantes de 15 países dibuja un escenario similar: cuatro de cada cinco ya recurren a ellas, según la plataforma educativa Chegg.

Los hallazgos más recientes son preocupantes. Los alumnos sobresalen en los trabajos que hacen fuera del centro, pero cuando la evaluación es supervisada en el aula, las calificaciones se desploman. Lo documenta un estudio del Centre for Economic Policy Research (CEPR) que siguió durante 30 meses a 26.811 estudiantes de secundaria en China. Al empezar a usar chatbots, las notas de los deberes subieron en torno al 18% y el tiempo para completarlos cayó un 30%. Pero en los exámenes presenciales, sin modelos de lenguaje, las notas bajaron alrededor de un 20%. En el campus universitario este panorama no es distinto.

Trinidad empezó a usar ChatGPT durante el tercer año de carrera, en 2024, cuando se enteró de que existían sistemas que le permitirían resolver en segundos problemas matemáticos complejos, descomponiéndolos en partes como piezas de Lego. No dudó en usarlos para aligerar sus tardes de estudio. La IA, asegura, le ha permitido avanzar mucho más rápido entre asignaturas, gracias a la capacidad de esquematizar información. Pero, “no por eso se aprende necesariamente más”, advierte.

Los estudiantes delegan una parte cada vez mayor de su proceso de aprendizaje en ella: desde el análisis de un texto breve hasta la redacción de un ensayo largo o, en su caso, la generación de miles de líneas de código. Y ahí es donde él considera que su generación está perdiendo algo. Un estudio del MIT Media Lab, que midió con electroencefalografía la actividad cerebral de 54 estudiantes mientras escribían ensayos, halló que quienes usaban ChatGPT mostraban una conectividad neuronal hasta un 55% más débil que quienes escribían sin ayuda.

IA para camuflar la IA

Esther Valladolid, una sevillana de 22 años, reconoce que el aprendizaje se difumina con el abuso de la IA, pero dice que muchos compañeros “ven más importante aprobar la asignatura que abrazar el conocimiento”. Titulada como ingeniera en la Universidad de Sevilla este verano, también ha visto cómo un abuso de estas herramientas está generando estudiantes que presentan trabajos más brillantes, pero cuyos autores no entienden bien cómo han llegado a la respuesta. “A todos nos ha pasado entregar algo que funciona, pero darnos cuenta de que no sabríamos explicarlo del todo”, reconoce.

En estos cuatro años, las aulas también se han llenado de programas capaces de burlar el control de los profesores, a quienes cada vez les cuesta más detectar si hay un toque humano en las tareas escritas. “Los estudiantes usan humanizadores de IA que ayudan a que los textos suenen menos robóticos”, narra Álvaro Muñoz (24 años, Denia), recién graduado en ADE por la Universidad de Valencia. IA para ayudar a los alumnos a camuflar sus trabajos hechos con IA.

El profesor de Administración de Empresas de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) Cristian Castillo advierte además de que “estos programas también han minado la confianza de los jóvenes”. Y cuenta la historia de un alumno que entregó su examen junto con las respuestas escritas por él mismo —correctas—, pero que después cambió por otras generadas por un modelo de lenguaje y que eran erróneas. “¡ChatGPT se había equivocado completamente!”, exclama.

Para Sandra Calles (23 años, Madrid), que el mes pasado se tituló en el grado de Magisterio de la Universidad Autónoma de Madrid, el problema es que el abuso de estas herramientas distorsiona la idea de cuánto esfuerzo merece una tarea y, en general, los estudios. Y dice que su generación se frustra si las respuestas de los modelos no son correctas al primer intento.

La ruptura de los lazos sociales

Esta lista de consecuencias ha hecho reflexionar a los profesores, que no encuentran una respuesta clara al descontrol que ha causado esta tecnología. “Muchos de los docentes se sienten derrotados”, comparte Francesc Pujol, profesor de la Universidad de Navarra e impulsor de EurekAI, una plataforma de formación en IA que opera de manera interna en su institución. “Sienten que va a costar mucho darle la vuelta al asunto”.

El diagnóstico de Pujol es que la Universidad no solo debe lidiar con el impacto de los sistemas inteligentes, sino “con una generación golpeada por el paso del covid-19 durante la ESO, y el discurso pesimista de que la IA se llevará por delante sus trabajos y con ello la prometida estabilidad laboral que buscan con su título”.

La fractura, para algunos, no solo es académica, sino que también golpea al otro gran componente de los años universitarios, como es el entorno social. Muñoz ha notado cómo las reuniones entre compañeros, que tradicionalmente se convocaban para resolver dudas complejas que no se encontraban ni en internet, se han ido esfumando a medida que la IA ha ganado terreno. La otra ruptura es en el lazo que une a los estudiantes con sus profesores.

Para Diana Barceló, de 23 años y recién graduada de Relaciones Laborales de la Universidad de Alicante, esta tecnología también puede estar alimentando el absentismo en las aulas: “En algunos casos, si se compara la explicación de ciertos profesores con la de un modelo de lenguaje actual, la IA termina ganando”, afirma.

La canaria Tiara Lomba, de 23 años, descubrió ChatGPT en un momento de estrés por el trabajo acumulado y, desde entonces, comenta, ha sido difícil divorciarse del asistente conversacional. Esta joven que acaba de graduarse de Psicología en la Universidad de Sevilla cree que hay un fuerte “uso por contagio”, del que es casi imposible escapar. “Hay agobio al ver que tus compañeros lo están usando y están sacando mejores notas por tener este recurso a mano”. Además, apunta Valladolid, la IA también está generando disparidad entre quienes pueden pagar una cuenta premium —que genera respuestas más sofisticadas y que puede costar hasta 100 euros al mes—, y quienes deben conformarse con las versiones gratuitas, que limitan el número de consultas diarias.

Atman Moussaoui (28 años, Valencia) no paga por ningún modelo, pero, tras ocho años en la universidad y con dos grados completados —en Filología Alemana y Clásica—, es más consciente de las grietas que han abierto los asistentes conversacionales en los campus y cree que el verdadero problema es que las universidades no se han volcado en alfabetizar a los alumnos en su uso ético y responsable. “Hay profesores que en 2026 no comentan nada sobre estas herramientas; hacen como si no existieran”. Según el estudio de la Fundación CYD, solo el 34% de los alumnos españoles dice haber recibido formación específica de su universidad para usar la IA, y un 49% no la ha recibido aunque le gustaría.

“Volver a los orígenes y a la oralidad”

Los profesores, por su lado, creen que la universidad pública no puede correr al mismo ritmo que una industria que avanza a zancadas. “Los centros públicos tenemos complicado realizar cambios radicales por la manera en la que estamos constituidos, con mucha burocracia de por medio”, reconoce María del Carmen Romero, directora de la Escuela de Ingeniería Informática en la Universidad de Sevilla.

Docentes como ella saben desde hace tiempo que el problema les desbordó. Para Pujol, de la Universidad de Navarra, el punto de inflexión llegó en el verano de 2025, cuando “los profesores se dieron cuenta de que los excelentes trabajos que recibían de los alumnos ya no reflejaban nada”. La buena noticia, indica el docente, es que, a partir de ese año, todas las universidades han llegado al mismo diagnóstico: “Entienden que el problema no es cómo detectar la copia, sino cómo rediseñar la enseñanza para blindar el aprendizaje”.

Luz Rodríguez, catedrática de Derecho Laboral en la Universidad de Castilla-La Mancha con más de tres décadas como docente, defiende que es primordial volver a situar a las aulas como protagonistas. Y priorizar todo lo que se puede supervisar y evaluar en directo. La docente recuerda que el mayor hito que vivió la Universidad antes de la llegada de la IA generativa fue la introducción del Plan Bolonia, la reforma que desde 1999 armonizó los campus europeos en un espacio común, con títulos comparables.

En ese momento, se cambiaron los métodos de evaluación y se priorizaron tareas como el ensayo, el trabajo de investigación y las respuestas escritas para que la evaluación fuese, en teoría, más rápida y estandarizada. “Ahora tenemos que olvidar estos métodos y volver hacia atrás”, sostiene, “al origen de la Universidad como institución volcada en fomentar la reflexión, con el foco puesto en la oralidad, el debate y la conversación en clase. Espacios que los docentes sí pueden controlar”.

Por su parte, Romero cree que, para lograr esto, la IA debería quedarse fuera del aula por completo en ciertas asignaturas, especialmente aquellas que se imparten en el primer año. “Lo más importante es enseñarles a los estudiantes que cuando aparecen herramientas nuevas, deben integrarlas de manera responsable en sus vidas, porque la IA no está en un punto estático; seguirá evolucionando a gran velocidad”.

Luis Enrique Velasco, El País

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