En los últimos días es probable que usted haya oído un concepto: farmear aura. Si no pertenece a la generación Z y ha visto alguno de los vídeos que ilustran esta tendencia, es muy posible que la primera reacción haya sido de desconcierto. En estos encuentros, los participantes se reúnen en el espacio público para competir entre sí con poses, gestos, piruetas y miradas basadas en el repertorio de lo viral y el meme. El objetivo es ser ingenioso, lograr guiños reconocibles y, en cierto modo, sorprender al contrincante. Pero aun así, hay que verlo para entenderlo. Y eso fue lo que hicieron Rosalía y Loli Bahía cuando, durante su reciente estancia en México, se acercaron a curiosear una de estas batallas y, por supuesto, fueron captadas por las cámaras de los asistentes.
Para entender el sentido de este fenómeno conviene fijarse, en primer lugar, en el propio término. Farmear proviene de la cultura gamer y alude a repetir una serie de acciones para ganar puntos, lograr recursos o experiencias. A su vez, el ‘aura’ alude al carisma, el estilo, la presencia o la capacidad de generar admiración. Este último concepto se ha vuelto muy popular en las redes y el universo streamer, aunque puede recordar a esa cualidad intangible del arte que, según Walter Benjamin, estaba siendo aniquilada por las copias masivas. Pero en 2026, en las aura farmings, lejos de ser destruida, el aura se produce, se acumula y es valorada por la mirada externa. En las batallas, que tienen lugar en espacios físicos, se hibridan lo físico y lo digital: son encuentros presenciales, pero llenos de gestos, memes y referencias que proceden del mundo virtual. No es casualidad que uno de los gestos más repetidos sea el ya archiconocido ‘six seven’.
Mofas y actualización de códigos
Ante la popularización del término, y como ya ocurriera con los therians (personas que se identifican, en un plano psicológico o espiritual, con un animal no humano), comienzan a aflorar discursos sobre una supuesta decadencia moral de la sociedad que renuncian a comprender este fenómeno y sus particularidades. Esas críticas ignoran, por ejemplo, que estos encuentros han conseguido que los adolescentes se alejen de las pantallas, algo que paradójica y precisamente es lo que hasta ahora se les echaba en cara. “Muchas de las burlas vienen de algo muy simple: estamos viendo desde fuera una cultura que ya no fue hecha para nuestra generación. Cuando no entendemos los códigos, el lenguaje o la lógica detrás de una tendencia, es muy fácil reducirla a ‘qué ridículo’ o ‘qué cringe’. Pero eso ha pasado prácticamente con todas las generaciones”, explica a ICON el equipo de Casi Creativos, que abordan la terapia desde un enfoque social y feminista. “Vivimos una amnesia generacional: cuando recordamos lo nuestro, lo vemos con nostalgia; cuando vemos lo de ellos, lo juzgamos desde arriba. Y ahí es donde tendríamos que hacer el ejercicio contrario: preguntarnos si realmente es algo negativo o si simplemente no lo entendemos porque ya no somos parte de esa etapa”, aseguran.
Añaden que los jóvenes no tienen la obligación de crear una cultura que sea comprensible o agradable para los adultos, pues crecer consiste precisamente en construir códigos propios, formas de pertenencia, maneras de expresarse y actividades que los diferencien de generaciones anteriores. “Si cada generación tuviera que hacer únicamente cosas que sus padres consideran válidas, no existiría una cultura juvenil propia”, matizan.
Para algunos de sus aficionados, estas batallas, que ya han llegado A Coruña, La Laguna o Barcelona, no son solo un pasatiempo, sino “un estilo de vida”. Es el caso del argentino Gonzalo Martin Alonso, que se autoproclama “el primer farmeador de aura nacional”. “Farmear aura es un estilo de vida porque es algo que nunca se deja de hacer. El aura se lleva a todos lados y no se deja de obtener, está impregnada en nuestra ropa, nuestra forma de ser, de moverse y hasta en nuestro lenguaje. Es mi estilo de vida, así como también es mi forma de expresión y de divertirme. No puedo vivir sin el aura y ella no puede vivir sin mí”, asegura a ICON.
La antropóloga social Belén Silva advierte que aunque es posible pensar en una continuidad online-offline, lo conveniente es evitar la idea de una simple secuencia que pasa de internet a calle. “El proceso es más circular”, explica. “Pasa de las redes a la imitación corporal, después al encuentro presencial, que se graba, se publica y se comenta, dando lugar a nuevas performances. La práctica presencial actualiza los códigos digitales, pero también los modifica. Una pose que en Internet era un gesto aislado puede convertirse en una ronda competitiva. Una expresión irónica puede adquirir reglas. Un meme puede transformarse en ritual”, explica.
Al respecto reflexiona Érika García, periodista de estilo de vida. “Me hace ilusión ver que algo que nace en internet está haciendo que los chavales dejen el móvil un rato, salgan a la calle, vuelvan a hacer cosas juntos y se relacionen cara a cara. Evidentemente, después lo van a grabar y a subir a TikTok, porque esa es su forma de compartirlo, pero la experiencia está ocurriendo fuera de la pantalla”, asegura. “Muchas de estas cosas que parecen tan nuevas son comportamientos que han existido siempre: competir, jugar, hacer cosas para impresionar a los demás, ligar, ‘hacerse el chulo’, tener códigos propios dentro de un grupo… Lo que cambia es la forma de contarlo y, sobre todo, que internet le pone nombre a todo. Con lo de farmear aura pasa un poco eso. Puedes ganar o perder aura por cómo haces algo, por una respuesta, por hacer el ridículo o por tener un momento especialmente guay. Son cosas que siempre han pasado en los grupos de amigos, solo que ahora tienen un nombre y unas reglas más o menos compartidas”, añade.
La celebración de lo diverso
La Asociación LGTBIQA+ Diversas Canarias comenta que existen muchos puntos en común entre esta nueva expresión de la cultura digital y algunas dinámicas de la cultura ballroom, el germen de la escena drag que nació en los años ochenta a partir de competiciones de ingenio, baile o caracterización. “El fenómeno de farmear aura no utiliza un lenguaje nuevo. Detectamos que las batallas de aura beben de la cultura del ballroom impulsada desde las comunidades LGBTIQA+ a finales del pasado siglo, principalmente las comunidades negras y latinas. Conviene recordarlo, aunque el farmeo actual no nazca de un contexto estructural de opresión histórica y disidencia social como sí sucedió con nuestro colectivo”, asegura su secretario y portavoz, Sergio Siverio. El activista señala algunas coincidencias. “En ambos fenómenos se busca otorgar reconocimiento social a través de una competición sana, construir una estética performativa disidente, demostrar habilidades con diversas categorías, construir identidades escénicas con la creación de personajes, reinventar los códigos estéticos copiando tendencias existentes para darles un estilo propio, pasar de las palabras a la acción con una demostración de aura y disidencia”, explica. También la presencia de público, que es quien deve valorar las diversas actuaciones, lo acerca a la escena ballroom.
Hay más coincidencias. Si las fiestas ballroom sirvieron para crear un espacio de libertad al margen de la homofobia y la transfobia dominantes, las batallas de farmear aura dejan a un lado la vergüenza, algo muy liberador para una generación que tiene pánico a dar cringe. “Hacer el ridículo tiene un valor: aprender que puedes exponerte, reírte de ti mismo y descubrir que no pasa nada”, dice el equipo de Casi Creativos, que añade otros aspectos positivos al listado. “Favorecen la socialización cara a cara, el sentido de pertenencia y la creación de nuevas amistades, pero también implican perder un poco el miedo a interactuar con desconocidos, participar frente a otras personas, expresarse, jugar y compartir códigos propios de su generación. Además, están volviendo a habitar los espacios públicos. Una plaza deja de ser únicamente un lugar de paso cuando los jóvenes sienten que pueden reunirse, quedarse y hacerla suya. De esas convivencias nacen recuerdos, amistades, grupos y sentido de comunidad”, explican.
Para terminar, Érika García subraya que todas las generaciones han participado en modas de las que los adultos se burlaron. “La diferencia fundamental es que no había un móvil grabándonos todo el día ni una red social en la que subirlo para que lo vieran miles de personas. Nosotros también hacíamos el ridículo, muchísimo. Lo que pasa es que, afortunadamente, de la mayoría de esas cosas no existe documentación gráfica. Cambian los nombres, los códigos y el escaparate, pero no creo que seamos tan distintos. Cada generación hace sus propias tonterías; la diferencia es que ahora quedan grabadas”, dice. Por ello, la próxima vez que arquee la ceja al ver alguno de estos encuentros, no olvide que alguien hizo lo propio cuando usted participaba de alguna tendencia contemporánea en su juventud.
Marita Alonso, El País



