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El que la sigue, la consigue

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Por Úrsula Silva

En política, la persistencia no es una virtud menor. Es, probablemente, la diferencia más clara entre quien usa la política como aventura y quien la asume como un modo de vida. Para un político formado, ganar es una etapa que lo debe encontrar preparado, así como la derrota, la persecución o la bonanza. Virtù y fortuna, decía Maquiavelo.

La historia latinoamericana está llena de ejemplos. Salvador Allende fue candidato presidencial en Chile en 1952, 1958, 1964 y en 1970 llegó a La Moneda. Luiz Inácio Lula da Silva también postuló en 1989, 1994 y 1998. En el 2002 gobernó Brasil. Andrés Manuel López y Gustavo Petro, de México y Colombia respectivamente, postularon tres veces para alcanzar el sillón presidencial.

El mundo tampoco se despoja del ejemplo de persistencia. François Mitterrand recorrió 16 años de postulaciones en 1965 y 1974 para ganar en 1981. Y en Estados Unidos, Joe Biden caminó la misma ruta en 1988 y 2008 antes de ganar en 2020 frente a Donald Trump.

En el Perú, Víctor Raúl Haya de la Torre encarna, más que nadie, el ejemplo de persistencia. Recuerdo que Alan nos contaba, desde los mítines, que el maestro siempre le decía: “La política es una carrera de persistencia y de largo aliento”. Fue candidato en 1931, fue perseguido, vetado y exiliado. En 1962 obtuvo la primera mayoría y fue interrumpido por un golpe militar. Nunca llegó a Palacio, pero consolidó la fuerza doctrinaria de la Declaración de los Derechos Humanos al asumir la presidencia de la Constituyente de 1979. Su persistencia deja un legado de libertad, doctrina y honor.

Sin embargo, la persistencia política, como todo en la vida, tiene una antípoda, un riesgo, una fatalidad: la obsesión por el poder. Convertirse en un autócrata o dictador destruye la historia de todo político. Por eso, la verdadera prueba no solo está en la persistencia, sino en dejar el poder a tiempo, incluso en la ilusión de la gloria. Esta es la prueba del demócrata.

Este tipo de decisiones no se improvisan. Ser un demócrata está reservado a los que entienden los principios del Estado constitucional y la importancia de la libertad o “las pelotudeces democráticas”, como diría Bermejo. Principios y normas que, en el Perú, han sido tan vapuleados por los outsiders y dueños de la verdad superiores moralmente a los “políticos”.

Ayer, la ONPE, después de una larga espera, nos mostró el triunfo de una mujer persistente, cuatro veces candidata y con una prisión injusta, ciertamente. Pero cuya realidad también es el ejemplo de ver a su propio padre sucumbir a la obsesión del poder y justificar la dictadura. Alberto, a diferencia de Keiko, entró como un outsider —aquellos que desprecian a los políticos—, quizá por eso no entendió la gloria del demócrata. ¿Keiko la entenderá?

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