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Cómo HBO nos convenció para pagar por ver la televisión: la revolución del entretenimiento

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  • La revolución de la TV de pago empezó en 1972 con un partido de hockey y solo 365 familias suscritas
  • Con series como Los Soprano, The Wire o Juego de Tronos, la cadena demostró que la gente pagaría por calidad
  • La pionera de la TV de pago se enfrenta a su destino: ser absorbida por Netflix, su gran rival digital

Pagar por ver la televisión en vez de tragarse docenas de anuncios gratis. Para millones de personas abonar una suscripción era una quimera hace décadas. Un sueño febril de las multinacionales ávidas de ingresos astronómicos. Una ilusión hasta que se convirtió en realidad. Hoy, la mayor parte de los hogares occidentales paga por ver alguna cadena privada, una plataforma de streaming o una combinación de ambas.

En Estados Unidos, donde nació la industria tal y como la conocemos, la pequeña pantalla es una institución más relevante que muchos de los poderes de Washington. El 92% de las familias norteamericanas abona alguna clase de suscripción, sea la televisión por cable o una plataforma de streaming. Hoy, Netflix es la reina de este nuevo formato, con cientos de millones de clientes. Pero no siempre fue así.

Como toda revolución, esta historia tiene unos comienzos propios de los mejores relatos estadounidenses. Una mezcla de genios osados, ideas subversivas e inversores casi más locos que los inventores. Aunque Netflix se coronó, no fue la compañía californiana quien diseñó la fórmula que le llevó a su éxito. Muchas décadas antes de las redes sociales y las plataformas digitales, una cadena llamada Home Box Office realizó un experimento basado en una idea radical. La gente pagaría por ver televisión de alta calidad. Sí, hablamos de HBO.

Comienzos de la TV premium

Esta compañía ostenta el logro de ser la primera cadena de pago de Estados Unidos. Aunque habían existido varios intentos, el proyecto ingeniado por Charles Dolan fue el primer éxito con tal calificativo. De padres irlandeses y tradición católica, había sido el clásico empresario hecho a sí mismo a través de la distribución de películas y televisiones.

En 1971, Dolan tuvo la idea de crear una cadena de televisión por cable, una tecnología experimental entonces, bajo un modelo de suscripción. El nuevo canal emitiría partidos de las principales ligas y películas salidas de Hollywood. Los dueños de la revista TIME decidieron apoyar el proyecto al ver las posibilidades de este aventurero emprendedor.

En la tormentosa tarde del 8 de noviembre de 1972, HBO arrancó sus emisiones con un partido de la Liga Nacional de Hockey. Los Rangers de Nueva York se enfrentaron a los Canucks de Vancouver en una retransmisión desde el mismísimo Madison Square Garden. Esa fecha, 365 familias, tantas como días tiene el calendario, bautizaron a HBO. Y cambiaron para siempre la historia de la televisión.

El triunfo que aventuraban Dolan y Time fue arrollador. En menos de cuatro meses, la cadena de televisión premium ya contaba con 4.000 suscriptores. Las encuestas auguraban que apenas habían comenzado a rascar la superficie. La inmensa mayoría de las familias anhelaban ver en el cómodo salón de casa sus cintas de Hollywood favoritas, los partidos más reñidos de las ligas o las obras más rompedoras salidas de Broadway. La revolución del sofá había comenzado.

Dolan se retiró pronto de la primera línea de la cadena por conflictos con el presidente de TIME, James Shepley. El curtido periodista tenía una visión mucho más agresiva que Dolan: creó una programación exclusiva, amplió los horarios de emisión y apostó por la diversificación. Funcionó. Para 1975, HBO emitía a cuatro estados y contaba con una base de más de 100.000 suscriptores.

El éxito de HBO puso en alerta a toda la industria. Con rapidez, cadenas de televisión financiadas por Warner, Viacom o Paramount salieron a la palestra. Todas querían destronar a HBO y cazar el dinero de la sociedad más rica del planeta. Muchas lograron grandes negocios, pero ninguna copia tuvo la proyección que alcanzaría la original. En 1977, solo cinco años después de su debut, HBO alcanzaba el millón de suscriptores y emitía a todo el país.

El crecimiento fue exponencial. Cada año se batía una nueva marca de hogares conectados mientras HBO extendía su presencia de la televisión por cable a las emisiones satelitales. Al comienzo de la década de los 80, su programación ya abarcaba las 24 horas del día.

Era Warner

En 1989, el mismo año que caía el Muro de Berlín y Europa abandonaba el comunismo, Hollywood comenzaba su propia revolución capitalista, con una cadena de compras masivas que llega hasta hoy. Por un lado, Sony adquiría a los legendarios estudios de Columbia Pictures. Por otro, Time y Warner se fusionaban en uno de los mayores conglomerados de Estados Unidos.

La llegada de HBO a la casa de los Looney Tunes fue la eclosión de su edad dorada. Para entonces, la empresa contaba con más de 17 millones de suscriptores y Warner decidió reestructurar el negocio. Las cadenas privadas competidoras de HBO, y sus abonados, fueron integradas en una sola marca para crear un behemot imparable.

Con toda esa capacidad de producción, HBO se labró durante los 90 una reputación legendaria por producciones de alta calidad que se salían de la norma televisiva. Su buque insignia en esos años lo ostentó el show de Larry Sanders. Fue una comedia que parodiaba los programas de late night utilizando las argucias que luego replicaron otras sitcom. Emplazar la serie en el trabajo en vez de en el hogar, traer a famosos autointerpretándose, eliminar las risas enlatadas o usar cámaras únicas con planos propios de un documental revolucionaron al sector.

A finales de esa década, HBO sentó catedra en el drama con el lanzamiento de Los Soprano. La serie redefinió la representación de la mafia italoamericana de Nueva York y abrió la puerta a producciones de decenas de millones de dólares con el nuevo milenio. A Tony Soprano le acompañaron esos años los soldados de Hermanos de Sangre, la corrupción de Baltimore en The Wire y las amigas de Sexo en Nueva York.

Durante la primera década de este siglo, HBO era la imbatible emperatriz de la televisión premium norteamericana. Millones de hogares se conectaban cada día a la cadena que había redefinido el medio de comunicación más poderoso de Estados Unidos. Pero en 2010, el lanzamiento de una serie sobre intrigas palaciegas, dragones salvajes y caballeros despiadados supuso la coronación de HBO.

Juego de Tronos fue y es el mayor éxito comercial de la cadena privada. Basada en las novelas de George Martin, el fenómeno fan que se generó en torno a la serie se convirtió en la mayor fuente de ingresos de HBO. El número de suscriptores se dobló conforme se sumaban las siguientes temporadas, tanto dentro como fuera de Estados Unidos.

Durante esos años, la cadena realizó sus pinitos en el mundo del streaming mientras una compañía de California acaparaba todas las miradas. Netflix se convirtió en la archirrival de HBO conforme expandía su base de clientes digitales y empezaba a producir su propio contenido.

A las puertas de la pandemia, Warner decidió utilizar la poderosa marca como baluarte de su nueva plataforma de streaming, HBO Max, que competiría de tú a tú con Netflix. No solo incluiría el rico contenido de la cadena, sino el vasto archivo de Warner. A pesar de los esfuerzos, la guerra actual por el salón de la casa es más encarnizada que nunca y, hasta ahora, Netflix ha liderado con más de 300 millones de suscriptores.

Tal es el peso de la plataforma que, en una ironía del destino capitalista, la pionera del streaming se ha lanzado a comprar Warner. Si finalmente logran sellar el acuerdo, hay dudas sobre qué sucederá tanto con la cadena de televisión como con la plataforma de streaming de HBO. Puede que se mantenga como marca de calidad separada o que sea absorbida por Netflix. Recorra el destino que recorra, HBO marcó historia y convenció a los espectadores de una máxima: por el precio adecuado y la calidad suficiente, la gente pagará por la televisión.

eleconomista.es

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