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El alcohol no solo es una fuente de calorías vacías: también nos empuja a desear comida basura

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Un estudio apunta a que el consumo de bebidas alcohólicas eleva una hormona que favorece la búsqueda de alimentos ricos en proteína y sabor umami

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Se estima que cada gramo de alcohol consumido aporta alrededor de siete kilocalorías ―una cifra muy cercana a la de las grasas― sin ofrecer a cambio al organismo ningún nutriente esencial como vitaminas, minerales, proteínas o fibra. De ahí el concepto de calorías vacías asociado a las bebidas alcohólicas. A esas calorías, además, habría que añadir, en el caso de los cócteles y combinados, las que aportan los refrescos azucarados. Por eso, el consumo de alcohol siempre se ha asociado con la ganancia de peso.

Esa asociación, sin embargo, podría tener otra explicación. Y es que, según los resultados de una investigación publicada en la revista científica Obesity Reviews, el consumo de alcohol, en un contexto obesogénico como el actual ―que propicia la obesidad―, empujaría a la búsqueda y la ingesta de productos ultraprocesados. Concretamente, según el estudio, liderado por científicos del Charles Perkins Centre, un instituto de investigación de la Universidad de Sidney, lo que hace el alcohol es elevar la presencia en sangre de una hormona secretada en el hígado (FGF-21) que promueve el consumo de proteína y la búsqueda de productos con sabor umami ―del japonés, sabor delicioso―.

Como comprobaron los autores de la investigación, en un análisis de más de 9.000 participantes, por cada bebida estándar ingerida, el consumo de proteínas y alimentos salados aumentó en alrededor de siete gramos, mientras disminuía a su vez el de alimentos dulces. Los autores encontraron, en todo caso, que la ganancia de peso se producía fundamentalmente en aquellos participantes que elegían acompañar el alcohol con lo que llaman “señuelos de proteína”, es decir, alimentos que son salados pero bajos en proteínas (snacks y otros alimentos ultraprocesados, por ejemplo), lo que en última instancia provocaba un exceso en el consumo de energía para alcanzar la necesidad proteica y, con ello, una mayor probabilidad de aumentar de peso.

“Podemos decir que el alcohol provoca aumento de peso porque su consumo, al menos en un entorno alimentario obesogénico como el de Australia, nos impulsa a comer alimentos sabrosos, ultraprocesados o que diluyen las proteínas, incluidas las carnes muy grasas y procesadas”, explica a EL PAÍS Amanda Grech, autora principal de la investigación.

Aunque los autores no midieron la presencia de la hormona FGF-21 en los participantes de la investigación, investigaciones previas ya habían vinculado el consumo de alcohol con el incremento de la presencia de esta hormona. Un estudio publicado en 2018 en la revista Molecular Metabolism, de hecho, con datos obtenidos de asistentes al Oktoberfest demostró que el consumo excesivo de alcohol eleva drásticamente los niveles en sangre de la hormona FGF21.

“Lo que este trabajo hace es comprobar si, en población real, aparecen los cambios alimentarios que ese mecanismo predeciría”, sostiene Diego Bellido, presidente de la Sociedad Española de Obesidad (SEEDO). Pese a esa limitación, el jefe del Servicio Endocrinología y Nutrición en el Complejo Hospitalario de Ferrol (CHUF) considera que la hipótesis mecanística planteada por los autores es “muy plausible, está apoyada por evidencia experimental previa y es coherente con los datos poblacionales”.

“Lo interesante de este trabajo es que cambia la forma de entender la relación entre alcohol y obesidad. El alcohol no es solo una fuente adicional de calorías. Puede modificar también nuestra conducta alimentaria a través de señales metabólicas como el FGF21”, argumenta.

Una característica que tiene el consumo de proteínas de calidad, como explica Ana Belén Crujeiras, directora del grupo de Epigenómica en Endocrinología y Nutrición en el Instituto de Investigación Sanitaria de Santiago, “es que rápidamente aumenta las señales de saciedad en el cerebro”. En cambio, añade, la ingesta de productos ultraprocesados y salados, que sí tienen sabor umami, pero no tienen proteína, hace más difícil alcanzar la saciedad. “Comemos más, hay una sobre ingesta. Por eso, como demuestra el estudio, según el alimento que se tenga a disposición cuando se bebe, la predisposición al aumento de peso será mayor o menor”, reflexiona.

La hormona FGF21

Una investigación publicada en Cell Metabolism en 2016 determinó que la hormona FGF21 actúa como el primer sensor endocrino específico de la escasez de proteínas: sus niveles se elevan al máximo bajo dietas bajas en proteínas combinadas con un alto contenido de carbohidratos.

A una conclusión similar llegó un estudio liderado por Ana Belén Crujeiras y publicado en International Journal of Obesity (Nature) que siguió personas con obesidad que fueron tratadas con dos estrategias terapéuticas distintas para perder peso: un grupo siguió una dieta cetogénica baja en calorías mientras que los participantes del segundo fueron intervenidos con cirugía bariátrica. Lo que observaron los autores es que, cuando los pacientes seguían la estrategia nutricional, con unos adecuados niveles de ingesta proteica, la presencia de la hormona FGF21 disminuía notablemente. Sin embargo, en el grupo de pacientes con cirugía, en la fase más aguda, tres meses después de la intervención, los niveles de FGF21 estaban muy elevados.

“Como las dos estrategias inducían pérdida de peso, esperábamos el mismo cambio en las dos. Sin embargo, no fue así; y la diferencia más importante que teníamos entre las dos estrategias era el consumo de proteínas, ya que los pacientes de cirugía en esas primeras fases estaban en un estado de desnutrición e inflamación importante, lo que podría explicar que tuvieran más elevada esa hormona”, argumenta Crujeiras, que considera que estos resultados van “muy en la línea” con lo que proponen los investigadores de la Universidad de Sidney. “No es que el alcohol produzca el FGF21. Lo que parece es que el alcohol induce la necesidad de querer comer proteína, ya que el organismo detecta un déficit en los niveles proteicos y, entonces, secreta el FGF21”, añade.

Lo bueno de conocer esta relación, de saber que el alcohol, en la búsqueda de proteínas y sabores umami, nos puede empujar ―sin que seamos realmente conscientes de ello―, a consumir alimentos ultraprocesados, es, según los expertos consultados, que se pueden tomar medidas para subvertir esa lógica. “Lo primero, claro, es reducir el consumo de alcohol. Pero si alguien consume alcohol, parece razonable acompañarlo de alimentos ricos en proteína y menos procesados. Hay que evitar asociar el alcohol a un entorno de snacks, aperitivos ultraprocesados y alimentos de alta densidad energética”, concluye Diego Bellido.

Adrián Cordellat, El País

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