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Inteligencia artificial: discurso rápido, transformación lenta

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La diferencia del impacto de esta tecnología estará entre los que se limiten a temerla y aquellos que aprendan a integrarla con buenos propósitos y visión

Miembros del equipo de Masayoshi Son, consejero delegado de Softbank, preparan el escenario antes de su intervención en una conferencia en Tokio en febrero pasado.
Miembros del equipo de Masayoshi Son, consejero delegado de Softbank, preparan el escenario antes de su intervención en una conferencia en Tokio en febrero pasado.Tomohiro Ohsumi (Getty Images)

Cuando James Watt perfeccionó la máquina de vapor en el siglo XVIII, no sólo arrancó las calderas de las fábricas, sino el motor de una nueva economía. La productividad, medida en términos de producción generada por unidad de trabajo, dejaba así de depender del factor humano para pasar a escalar a ritmos exponenciales.

Hoy, más de dos siglos después, asistimos a una revolución comparable, si no superior, aunque esta vez el vapor no mueve engranajes sino neuronas. Y es que el surgimiento de la inteligencia artificial (IA) no mecaniza los músculos, sino que aumenta, y en algunos casos ya sustituye, las capacidades cognitivas.

La IA generativa ha transformado, por momentos, el discurso económico y tecnológico. Desde la irrupción de modelos como ChatGPT hace casi tres años, las previsiones sobre crecimiento, productividad y disrupción laboral se han multiplicado. Sin embargo, a pesar de unas inversiones que alcanzaron los 34.000 millones de dólares en 2024, los indicadores globales de productividad no muestran mejoras significativas. Alphabet –la matriz de Google–, por ejemplo, anunció recientemente que incrementará en 10.000 millones su gasto en infraestructuras, elevando el total a 85.000 millones para responder a la creciente demanda de capacidad IA. ¿A qué se debe esta desconexión entre expectativas e impacto real?

La economía y la sociedad se enfrentan a dos cuestiones clave en el acomodo de la IA a la vida moderna. La primera nos muestra que, históricamente, los grandes progresos tecnológicos presentan un decalaje antes de impactar de lleno en la economía. Recordemos cómo la electricidad tardó varias décadas en transformar las fábricas y procesos productivos. O cómo la introducción del microchip trajo importantes avances de productividad en EE UU en la década 1995-2005, pero 20 años después. La adopción de la IA parece estar siguiendo el mismo patrón.

La segunda cuestión primordial es el impacto de la IA en el mundo laboral. ¿Hasta qué punto supondrá un proceso de destrucción o de transformación? Según el Foro Económico Mundial, en la próxima década se eliminarán 83 millones de empleos, pero se crearán 69 millones nuevos –saldo menos catastrófico de lo que se pensaría–.

En este sentido, creemos que el foco residirá de nuevo en el capital humano. Y es que, sin educación digital, infraestructura accesible y regulación flexible, los avances tecnológicos no implicarán incrementos de productividad. No es casualidad que países educados y tecnológicamente avanzados cómo Corea del Sur, o Estonia sí constatan ganancias de productividad que oscilan entre el 0,5% y 3,4% anual en el escenario óptimo.

Si la máquina de vapor liberó a millones de trabajadores del esfuerzo físico para dar paso a otras industrias, la IA podría hacer lo propio con tareas mentales repetitivas. Aunque las empresas enfrentan barreras estructurales a una adopción rápida –falta de personal capacitado, la resistencia organizacional al cambio o los elevados costes de adopción–, la IA probablemente supondrá un nuevo paradigma en pos del salto hacia nuevas cotas de productividad. La diferencia radicará entre los que se limiten a temerla y aquellos que aprendan a integrarla con buenos propósitos y visión.

Pedro Sastre

El País,

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