- El plomo era la manera más sencilla de hacer el combustible más estable y que funcionase mejor en los primeros motores
- Causó más de un millón de muertes, destruyó el 4% del PIB mundial y redujo la inteligencia global
- Para vender el tóxico aditivo, la compañía lo rebautizó como «Etil» y su inventor inhaló sus gases en público
Hace poco más de 100 años que ocurrió uno de los momentos más decisivos de un siglo que estuvo lleno de ellos. Después de las dos guerras mundiales, es posible que el evento que más afectara la evolución del planeta Tierra fuera una investigación de un ingeniero de Pensilvania, Thomas Midgley, para hacer que los motores de combustión fueran como la seda y no dieran tirones. Su conclusión fue que añadir un poco de plomo a la gasolina evitaba las explosiones irregulares en el motor. Y esa investigación desató una intoxicación masiva de miles de millones de personas, un hundimiento generalizado de la inteligencia de la población mundial y una ola de criminalidad que duró décadas. En un intento de hacer los coches más eficientes, Midgley ha acabado pasando a la historia como uno de los grandes villanos de la humanidad.
Los más mayores del lugar todavía recordarán cuando las gasolineras vendían gasolina con plomo. Desde el año 2000, su venta está prohibida en la Unión Europea, donde ya solo se vende «sin plomo». Pero no fue hasta el 30 de agosto de 2021 cuando el último país del planeta que aún vendía gasolina con plomo, Argelia, puso fin a este producto tóxico. En total, un estudio de 2011 calcula que las emisiones de este metal han provocado la muerte acelerada de más de un millón de personas, causado más de 60 millones de delitos y reducido la inteligencia mundial en 322 millones de puntos de coeficiente intelectual. El coste de este envenenamiento masivo llega, según ese estudio, a unos 2,4 billones de dólares anuales, un 4% del PIB del planeta Tierra. La creación de este combustible entra de lleno en la parte alta de la lista de mayores destrucciones de vidas y riqueza provocadas por el ser humano. Y, probablemente, una de las más silenciosas.
La historia de aquel fatídico descubrimiento se remonta a 1921. En aquel momento, los vehículos de gasolina todavía estaban en pañales, y los motores de combustión aún tenían muchos problemas para funcionar adecuadamente. El principal era que parecían una vieja cafetera, con explosiones del motor que hacían que la conducción fuera una auténtica montaña rusa. Se le conocía como «golpeo del motor»: el combustible se quemaba de forma desigual en los distintos cilindros, por lo que estos no entregaban potencia de forma coordinada, y la potencia de las detonaciones era tal que podían dañar los cilindros y los pistones. El resultado era una menor estabilidad de los coches y un ruido constante, lo que provocó el nombre de ‘golpeo’. Todavía se pueden ver dibujos animados de aquellas épocas que parodiaban aquellas características tan molestas.

Por supuesto, las compañías de automóviles querían solucionar ese problema, que reducía la vida útil de los motores y de toda la mecánica del coche. Una de ellas, General Motors, creó un equipo de investigación para encontrar algún aditivo antidetonante que aumentara la resistencia del combustible -lo que se conoce como el octanaje, en lenguaje técnico-, y contrató a Midgley. Y, tras meses de experimentación con diversos materiales, su equipo descubrió que el plomo era la forma más sencilla de hacer la gasolina más estable.
El hallazgo cayó en General Motors como el gordo de la lotería. La firma sabía que tenía entre sus manos la llave que necesitaban para convertir al automóvil en el rey de las calles, y decidieron formar una empresa conjunta con Exxon y Du Pont para producir y vender la gasolina con plomo. Midgley sería el vicepresidente de la nueva firma, y el que había sido su jefe en la división de investigación, Charles Kettering, el presidente.
El problema era que la palabra ‘plomo’ tenía connotaciones muy negativas: ya los romanos sabían que este elemento era sumamente tóxico y podía provocar enfermedades mentales en las personas. En los periódicos, los dibujantes alertaban en aquellos días en sus viñetas sobre el «gas de la locura» que salía de los coches. Y tenían razón: apenas 6 mililitros del compuesto que había desarrollado Midgley bastaban para provocar una intoxicación severa, y más de una treintena de empleados de la fábrica sufrieron daños neurológicos incurables. Uno de ellos, incluso, llegó a morir. La solución, concluyeron los directivos, era evitar la palabra plomo. Así que miraron al nombre del compuesto, «tetraetilo de plomo», y cogieron la parte menos preocupante: «etil». Y así nació la Compañía de Gasolina Etil.

Su mayor golpe fue en las 500 millas de Indianápolis de 1923: los tres coches que se repartieron el podio habían usado gasolina con plomo de la marca Etil. La firma se aseguró de usar este triunfo como material publicitario. Y, ante la preocupación por el plomo, Midgley se lavó las manos con Etil y respiró el gas delante de periodistas, como comentó el New York Times. La culpa de las intoxicaciones, dijo, era por «no haber seguido correctamente las instrucciones». La anécdota tranquilizó a la población, y llevó a Midgley a sufrir una intoxicación por plomo que le dejó en la cama durante días. «Vamos a ganar 200 millones de dólares, quizá más», le contó a Kettering mientras se recuperaba, según las crónicas.
El Congreso de Estados Unidos, sin embargo, no se dejó convencer con aquellas demostraciones públicas, y prohibió el uso de la gasolina con plomo. Pero el ‘lobby’ del motor presionó con investigaciones sesgadas: Robert Kehoe, el ‘experto’ contratado por Kettering y Midgley para defender su gasolina, calculó que la cantidad de plomo que emitía era mucho menor al límite considerado peligroso. Medio siglo después se constató que aquellos cálculos habían infraestimado la cantidad real de plomo emitido al ambiente de forma catastrófica, y que la cifra verdadera era muy superior al límite de seguridad. Pero la insistencia en que el compuesto era seguro llevó al Gobierno estadounidense a declararlo como ‘seguro’ en 1929, y los congresistas levantaron la prohibición poco después. Aquella decisión no se revisó en más de medio siglo. Y el daño empezó a acumularse.
Plomo por todas partes
La primera señal de que algo iba mal la detectó el químico Clair Cameron Patterson, que estaba intentando medir la antigüedad de la Tierra. Uno de sus compañeros, que medía la cantidad de uranio en la corteza, obtenía los datos que más o menos se esperaban. Pero Patterson, encargado de medir el plomo, encontraba cifras disparadas e inexplicables. Incluso en muestras en las que no debería aparecer nada de plomo había trazas del material. Tras meses estudiando el origen de ese plomo, concluyó que la única explicación lógica era que venía de los humos de la gasolina.
Kehoe llevaba por entonces varias décadas como la voz autorizada que insistía en que el tetraetilo no era tan peligroso y que las emisiones de este material tóxico no eran tan altas. Patterson, por contra, se dedicó durante dos décadas a recabar las muestras y rehacer los cálculos que Kehoe había manipulado años atrás. Sus conclusiones eran terroríficas: la concentración del metal en la atmósfera excedía en 1.000 veces los niveles naturales, y los seres humanos tenían unas 600 veces más plomo en sangre que lo recomendado.

Finalmente, en 1976, la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos empezó a tomar nota de sus investigaciones y ordenó reducir ligeramente la cantidad de plomo en la gasolina, por precaución. A lo largo de la siguiente década, estudios más profundos de la concentración de plomo en sangre de los ciudadanos estadounidenses revelaron que la amplia mayoría de la población sufría de intoxicación crónica por este veneno. En los siguientes años se fue reduciendo la cantidad máxima de plomo permitida, y en 1985 se ordenó reducir en un 91% la cantidad legal. Finalmente, en 1996 se prohibió por completo. Los resultados fueron rotundos: el volumen de plomo en sangre en la población de Estados Unidos se hundió un 78% entre 1976 y 1991.
En España, el Gobierno empezó a ordenar la reducción de plomo en la gasolina desde 1987. En 1991 se redujo a 0,15 gramos por litro, y la concentración de plomo en la sangre empezó a caer. A partir de 1993, la Unión Europea prohibió la venta de vehículos que funcionaran con gasolina con plomo. Y para cuando se prohibió definitivamente, en 2001, las cifras se habían hundido más de un 60% desde el pico de la intoxicación. Un estudio de 2013 muestra una caída del 80% del plomo en sangre en España desde la primera regulación de la gasolina en 1991 y su prohibición en 2001, y otro 73% tras la desaparición de este combustible.
Consecuencias negativas del plomo
Sin embargo, los efectos de esta intoxicación mundial masiva, que duró más de medio siglo y que golpeó especialmente a las generaciones nacidas durante el ‘boom’ del automóvil tras la II Guerra Mundial, aún se siguen notando. La ONU y varios estudios sobre el tema calculan un daño enorme a la humanidad: 5,5 millones de muertes prematuras, pérdidas económicas billonarias y una caída global de la inteligencia humana como efectos secundarios del envenenamiento masivo.
No solo eso, sino que otros estudios apuntan a que la ola de delincuencia que sacudió Europa y EEUU entre los años 70 del pasado siglo y que culminó en los 90 se debía, al menos en parte, a los efectos del plomo. Este metal reduce la inteligencia y aumenta la agresividad de las personas, lo que explica el aumento del crimen callejero y el terrorismo en aquellos años. Tras la prohibición del plomo en la gasolina, la delincuencia común ha caído de forma constante y sostenida en todo el mundo. Es difícil hacer una correlación total entre una cosa y la otra, y seguramente hubo muchas más causas sociales detrás de aquella ola, pero sin duda fue una parte importante de aquella crisis.
Por desgracia, los efectos se han mitigado, pero no han desaparecido. Se estima que se han quemado unos 7 millones de toneladas de plomo desde que Midgley tuvo su gran idea. Y como el plomo no desaparece con el tiempo, aquellas partículas siguen flotando en el ambiente. Muchas de ellas se han enterrado en los cuerpos de las personas que han fallecido desde entonces, otras se han depositado en el agua. Pero hay una cantidad extraordinaria de plomo que aún está en el aire, en los suelos, en las paredes de las casas. Y se tardarán décadas o siglos en hacerlas desaparecer del medio ambiente.
Para terminar, queda una pregunta: ¿qué fue de Midgley, el responsable último de este desastre? El científico siguió en su misión de convertirse en uno de los hombres más peligrosos de la historia, desarrollando un gas de refrigeración, el llamado CFC, para las neveras y los aires acondicionados. En aquel momento, no se fijó en que aquel gas acabaría haciendo un agujero en la capa de ozono y desatando una de las prohibiciones más exitosas de la historia para evitar una crisis ambiental. Fred Pearce, de la revista New Scientist, le describió como «una catástrofe medioambiental concentrada en una persona». Y, al final, acabó siendo un peligro para sí mismo: tras desarrollar una parálisis por la polio, Midgley intentó crear un sistema de poleas para levantarse él solo de la cama. Un día de 1944, sin embargo, apareció ahorcado en él. Como habría dicho él mismo, la culpa era de «no haber seguido correctamente las instrucciones». Víctor Ventura. Remo Vicario. El Economista.




