Uruguay no es un país ostentoso y José “Pepe” Mujica, fallecido el 13 de mayo a los 89 años, se convirtió en su epítome. Durante su presidencia (2010-2015) siguió manejando su Volkswagen escarabajo celeste y almorzando en locales cotidianos de Montevideo. Usualmente, dignatarios y periodistas que solicitaban una audiencia tenían que dirigirse a su granja en las afueras de la capital, cuya casa de concreto de tres habitaciones habitó los últimos 40 años de su vida. Donaba buena parte de su sueldo presidencial.
Si en parte se trataba de una puesta en escena, la vivió al máximo. Tenía un profundo y genuino aborrecimiento por la pompa y la sobonería, que consideraba contrarias a los principios igualitarios de una república democrática. Esta frugal autenticidad fue un factor que hizo de Mujica un ícono global, especialmente para quienes despreciaban la voraz y ambientalmente depredadora sociedad del consumo. Otro factor fue su singular vida, pues su camino a la presidencia fue largo, tortuoso y duro.
Hijo de una florista y un pequeño agricultor que falleció cuando Mujica tenía seis años, en su juventud se unió a los tupamaros, una guerrilla urbana inspirada por el Che Guevara y la revolución cubana. El grupo se aficionó al estilo de Robin Hood: robaba supermercados para distribuir comida a los pobres. Mujica recibió seis balazos cuando él y tres camaradas intercambiaron disparos con policías que los habían descubierto en un bar.
Estuvo encarcelado un total de catorce años (se fugó dos veces), diez de ellos en confinamiento solitario, dos en un pozo con la única compañía de hormigas y ratones. Lejos de luchar por la democracia, como sostiene el mito izquierdista, Mujica y los tupamaros lucharon por extinguirla en un país históricamente pacífico. Tuvieron éxito: en respuesta a la violencia guerrillera, las Fuerzas Armadas dieron un golpe de Estado y gobernaron durante doce años. La cárcel le brindó a Mujica tiempo para reflexionar (y para “escuchar a las hormigas”, como él mismo decía).
Salió del encierro como un hombre transformado. Aunque nunca hizo una autocrítica explícita de su pasado guerrillero, sus acciones la ofrecieron. Fue parlamentario y ministro (de Agricultura), y reconoció la economía de mercado, la inversión extranjera y la democracia liberal –“y tengo que hacerla funcionar lo mejor que pueda”–, declaró en una ocasión a The Economist. Concluyó que las “enormes ventajas” de la democracia son que “no se cree completa ni perfecta” y su tolerancia al disenso. Debido a esa postura y al sufrimiento que soportó, los uruguayos le perdonaron su pasado.
Un tercer factor de su fama es Uruguay, un país secular y uno de los primeros en instaurar un Estado del bienestar. Los miembros jóvenes de la coalición que lideraba Mujica se basaron en esa tradición para proponer nuevos derechos. Y siendo presidente, legalizó el cannabis, el aborto y el matrimonio igualitario.
A diferencia de otros líderes latinoamericanos de izquierda, como Rafael Correa en Ecuador, o más recientemente, Gustavo Petro en Colombia, Mujica no intentó “refundar” su país. Tampoco trató de reescribir las reglas, en contraste con Claudia Sheinbaum en México y su aval de un cambio constitucional para elegir jueces vía voto popular. Cuando juzgados uruguayos se trajeron abajo seis leyes promulgadas por su Gobierno, Mujica aceptó sin criticar tales decisiones. Aunque lo intentó, fracasó en reformar un deteriorado sistema educativo dominado por un poderoso sindicato.
Era bueno conversando. Con el brillo de su penetrante mirada, disfrutaba el tira y afloja de la argumentación. Pero sobre todo, no era revanchista, ni siquiera contra sus encarceladores. “¿Se imaginan el lujo que es no odiar?”, decía. Decepcionó a sus propios partidarios al rechazar intentos de mandar a la cárcel a exdictadores. “La justicia tiene el hedor de la venganza”, insistía. En ese tema, estaba en línea con la mayoría de la opinión pública uruguaya.
Asimismo, conservó una anquilosada lealtad al régimen cubano –actuó como discreto mensajero entre Barack Obama y Raúl Castro cuando negociaban un descongelamiento diplomático entre sus países–. Pero en la práctica, se había convertido en un socialdemócrata que desconfiaba de las posturas extremas.
Mujica tenía la creencia de que la clave para un cambio duradero en las condiciones materiales era cambiar las actitudes culturales y que eso era muy difícil y tomaría mucho tiempo. Quizás irónicamente para un antiguo marxista, se convirtió en tribuno del antimaterialismo, aunque solo hasta cierto punto. Invitaba a los jóvenes a vivir modestamente porque “mientras más tengan, serán menos felices”.
Y solía burlarse de sí mismo, en una región cuyos líderes no son conocidos por eso. “Me consagré a cambiar el mundo y no cambié nada, pero fue entretenido y le dio sentido a mi vida”, señaló en una de sus últimas entrevistas. Su legado perdurable para la izquierda de América Latina fue que se convirtió en antítesis de caudillo.
A diferencia de otros líderes latinoamericanos de izquierda, como Rafael Correa en Ecuador, o más recientemente, Gustavo Petro en Colombia, Mujica no intentó `refundar’ su país».
Traducido para Gestión por Antonio Yonz Martínez © The Economist Newspaper Ltd 22/5/25




