Franco Baresi, leyenda del Milan y de la selección italiana, uno de los mejores defensas de la historia del fútbol mundial, ha muerto este viernes a los 66 años, según ha informado su club, por una enfermedad pulmonar. “La historia del Milan está en lágrimas por el fallecimiento de Franco Baresi. Su ejemplo y su profundidad serán, para siempre, al igual que la camiseta con el número 6, parte integrante y fundamental del ADN y del recorrido de todo el club”, anunció el club rossonero. Y añadió: “Las condolencias que el AC Milan expresa a toda la familia de Franco Baresi son las mismas que cada aficionado rossonero se hace a sí mismo en un momento tan difícil como este”.
Cualquier aficionado con algunos años recuerda su estampa poderosa, su rostro antiguo de gladiador, con la camiseta por fuera, su autoridad robando balones con una prodigiosa capacidad de anticipación y de lectura del juego, su omnipresencia en el área como líbero, término que en la imaginación infantil siempre tenía connotaciones épicas. Ya era un clásico siendo joven. Fue un pilar del histórico Milan de Sacchi y de Capello de los ochenta y noventa —línea de defensa mítica con Tassotti, Costacurta y Maldini—, y de la selección azzurra, hasta colgar las botas nada menos que en 1997, con 37 años. Era aparentemente indestructible, de hierro, y aún se recuerda que 25 días después de operarse del menisco jugó la final de Pasadena del Mundial del 1994 contra Brasil. Neutralizó nada menos que a Romario y Bebeto, pero luego falló el primer tiro en la tanda de penaltis y acabó entre lágrimas, otro episodio de la leyenda.
Baresi (Travagliato, 1960), de familia humilde de campesinos de la llanura padana de la comarca de Brescia, tuvo una infancia dura, pero feliz, y su lucha por salir adelante marcó luego su carácter tenaz e incansable como futbolista. Huérfano de madre a los 13 años y de padre a los 17, pegaba patadas al balón en el campo de fútbol de su parroquia y llamaba la atención, aunque era bajito (luego llegó a 1,76) y en las pruebas de los grandes clubes lo acababan desdeñando. Le llamaban el Piscinin, el pequeñín, en dialecto milanés. También era Franchino, dicho con todo el cariño del mundo, porque para los aficionados del Milan era como de la familia, era el capitano, el mito.
Baresi es uno de esos casos de simbiosis destinadas a ser eternas que a veces produce el fútbol entre un jugador y un equipo, como Totti y la Roma. Al final ha estado en el Milan medio siglo, como jugador y luego con cargos directivos. Fue la única camiseta que vistió en su vida, esa y la de la nazionale. En Italia no hay tantas cosas que se puedan dar por seguras o transmitan confianza, pero Baresi era una de ellas, con él atrás no pasaba nadie, y por eso se convirtió en una institución, mucho más que algunas de las oficiales. Este viernes en Italia se vive un luto nacional.
Comenzó a jugar al fútbol en el equipo de su ciudad natal, cerca de Brescia, junto a sus hermanos Angelo y Beppe. En la década de 1970 se unió al equipo juvenil del Milan y jugó su primer partido en la Serie A a la edad de 17 años, el 23 de abril de 1978. Forma parte de la leyenda que el Inter no lo quiso y acabó en el Milan, pero a la tercera prueba, porque aunque pareciera pequeñito estaba claro que tenía algo que los demás no tenían. Su hermano Beppe acabó en el Inter y entre los dos resumían lo que simbolizaba el derbi para Milán, era un foto fija antes de cada choque.
En el club rossonero brilló muy pronto, mucho más porque fueron los dos años oscuros del descenso del equipo en Serie B, uno de ellos por escándalos de apuestas. El club tampoco tenía mucho dinero y eran los pobretones de la ciudad, en años duros de crisis y violencia para Milán, algo que cambió cuando llegó Berlusconi y les catapultó a la gloria. Pero Baresi ya estaba allí de antes, había mantenido la bandera y quedó como memoria histórica del equipo de los años duros. La Juventus y otros lo tentaban, pero él se mantuvo fiel a la camiseta, y eso también empezó a formar parte de su aura, la lealtad inquebrantable, junto a su estilo austero, serio y de pocas palabras. “Como jugador es perfecto, le falta solo hablar”, se decía cuando empezó, también porque era el más joven en la plantilla y le intimidaban los veteranos: tenía 18 y su ídolo, Gianni Rivera, 35. Le trataba de usted.
Su palmarés luego ha hablado por sí solo: 719 partidos con el Milan, 33 goles, 6 ligas, 3 Champions, por quedarse solo en la primera línea de trofeos. Siguen cuatro Supercopas de Italia, tres Copas de Europa, tres Supercopas de Europa y dos Copas Intercontinentales y una Copa Mitropa. Ha jugado con todos los grandes en una época dorada. En una entrevista contó que el mejor equipo al que se ha enfrentado fue la Juventus del 1983-84; los más grandes, Maradona y Platini; los mejores con los que ha jugado, Rivera y Van Basten.
En el Mundial de 1982 estaba en el banquillo de la Azzurra y no llegó a jugar: tenía delante a otro gigante, Scirea. Disputó 82 partidos con Italia y en la Copa del Mundo ha quedado primero (1982), segundo (1994) y tercero (1990), todos los escalones del podio. Fue siete veces candidato al Balón de Oro, cuando era casi imposible que lo ganara un defensor, solo lo había obtenido Beckenbauer en los setenta, otro líbero legendario con el que habitualmente se le comparaba. De hecho también le llamaban Kaiser Franz. Luego solo lo han recibido Sammer y Cannavaro.
“Para mí ha sido como jugar con Michael Jordan”, ha dicho su compañero Billy Costacurta. Para Marco Van Basten era “el Johan Cruyff de los defensas”. Paolo Maldini, su cómplice inseparable en el Milan en más de 450 partidos, entre 1984 y 1997, que de él heredó el brazalete de capitán, ha publicado una emotiva carta de despedida: “Me protegiste cuando era un niño, me has guiado de joven y me has inspirado como hombre. Eres el mejor jugador con el que nunca he tenido el honor de jugar”.
Fabio Capello ha confesado estar muy emocionado y afectado: “Ha sido un ejemplo para todos. Un hombre honesto y modesto. Transmitía a todos fuerza y voluntad para no rendirse nunca. Es es el clásico jugador que cualquier entrenador querría en su equipo. Dirigía la orquesta de la defensa. Ha hecho soñar a los tifosi, pero también a los entrenadores. Cuando fue elegido capitán después de Rivera era muy joven, fue un momento histórico. Tener un capitán así, que no era un gran hablador, era muy importante. Sobre todo cuando llegaban jugadores extranjeros y veían a una persona seria, cómo se comportaba”.
Hace un año, en agosto de 2025, durante un chequeo rutinario, le detectaron un nódulo pulmonar que fue extirpado quirúrgicamente pero de lo que nunca se recuperó. Su última aparición pública en San Siro fue como portador de la antorcha en la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Milan Cortina, junto al histórico capitán del Inter, Giuseppe Bergomi. Como reconocimiento a su extraordinaria carrera, el club retiró el dorsal número 6.
Iñigo Domínguez, El País




