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La ventaja y los problemas de que la IA te organice la vida: “La comodidad es muy adictiva”

Cada vez más usuarios utilizan las plataformas de inteligencia artificial para gestionar sus gestiones cotidianas e incluso íntimas, pero ni es fácil ni está exento de inconvenientes

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Se ha convertido ya en una situación cotidiana: en cualquier reunión de amigos, dos personas discrepan sobre un mismo asunto, ya sea la denominación de origen de un vino o quién dirigió qué película, hasta que una de ellas desenfunda su móvil y recurre al oráculo moderno, la inteligencia artificial (IA). Esa consulta, que podría perfectamente haber sido una búsqueda de Google (y, por tanto, habría generado un gasto energético mucho menor) es la punta del iceberg de eso que, desde hace un tiempo, nos explican que no es un avance tecnológico más, sino el principio de una nueva era. Un cambio de paradigma que va a afectar a todos los órdenes de nuestra vida, empezando por el laboral.

Es ya conocida la previsión del Foro Económico Mundial, que estima que se destruirán más de 90 millones de empleos con el desarrollo de esta tecnología, pero que se crearán otros 170 millones de nuevas posiciones relacionadas con ella. Sin embargo, los cambios no solo se atisban en el trabajo, sino que se empiezan a extender a cuestiones tan cotidianas como mandar un mensaje de WhatsApp.

Otro momento cada vez más cotidiano: preguntas a un amigo si está libre el viernes por la noche. Inmediatamente después, recibes una respuesta, pero no está escrita por la persona esperada, ni siquiera por una persona. Un agente de IA, un sistema de software ideado para ejecutar acciones complejas e interactuar con otros programas y aplicaciones, te informa de que tu amigo no puede responder en este momento, pero que su agenda para ese periodo está ocupada. Efectivamente, te ha plantado una máquina. Ya está sucediendo, y nada parece indicar que deje de hacerlo. Cada vez más personas recurren a soluciones de inteligencia artificial no solo para ahorrar tiempo en tareas mecánicas de su trabajo, sino para gestionar asuntos domésticos, desde planificar su agenda, preparar un viaje o, sí, responder en sus servicios de mensajería instantánea.

Esa irrupción de la IA en la vida cotidiana se suma al recelo que ya ha generado en el ámbito laboral, hasta llegar a lo que la periodista estadounidense Shona Ghosh ha denominado “la era del FOMO de la IA”. El fear of missing out, esa expresión anglosajona para describir la sensación de estar quedándose fuera de algo, de no entender la conversación predominante y, por tanto, perder el tren de los tiempos, adquiere nuevos tintes. En un artículo para Bloomberg, Ghosh se fija en personas de su entorno que le explican cómo esta tecnología les permite ahorrar tiempo y, en teoría, les facilita la vida. “Es mi segundo cerebro”, le explica uno de sus amigos, que la utiliza tanto para recopilar documentos para la declaración de la renta como para gestiones burocráticas. La pregunta que se hace Ghosh, y con la que es fácil empatizar, es obvia: ¿cómo se entrena un segundo cerebro si ya es complicado gestionar el propio?

El tren de la IA: ¿qué pasa si no te subes?

Esa sensación de estar quedándose fuera de onda no es nueva, por supuesto. Tampoco es desinteresada: cualquier cambio tecnológico profundo crea esa incertidumbre, y asoman opiniones de todo tipo, desde los early adopters que vaticinan una nueva era hasta los descreídos que la rechazan de plano. Para Enrique Dans, profesor de Innovación y Tecnología en el IE Business School y experto en tecnología y divulgación, es necesario matizar esas posiciones enfrentadas. “La idea de que quien no se adapte a la IA pierde el tren tiene bastante de cierto, pero también algo de simplificación interesada”, señala. “No estamos ante una herramienta más, sino ante una capa tecnológica que se está integrando en prácticamente cualquier actividad intelectual. Eso hace que, incluso en profesiones no técnicas, su impacto sea transversal. No saber utilizarla no te convierte automáticamente en irrelevante, pero sí te coloca en desventaja frente a quien sabe hacerlo. Dicho esto, el problema no es adaptarse a la IA, sino cómo hacerlo: si la usas para amplificar tu criterio, ganas; si la usas para sustituirlo, te conviertes en prescindible”.

La diferenciación entre el plano laboral y el personal, esos dos polos que a veces resultan muy difíciles de separar, es importante en lo que respecta al avance de la IA en nuestras vidas. Para Daniel Sánchez, fundador de la startup tecnológica Cycle Platform, el cambio en ambas áreas es profundo. “Mi trabajo me ha llevado a estar muy relacionado con perfiles técnicos”, explica. “Antes, dependía al 100 % de un programador o de un equipo de ingenieros para hacer demos para marcas o incluso para temas comerciales, algo que requiere más tiempo y es más caro”. Él comenzó pronto a interesarse por la IA y a aplicarla a su día a día laboral. “En un momento dado, ves una salida a tus necesidades y te vas metiendo”, relata. “A mí me ha funcionado. Hace un año, para hacer una tarea concreta quizá necesitaba dos semanas, incluso tres. Ahora puedo hacer eso mismo, o incluso más, en cinco horas, o un día como mucho”.

Algo similar le sucedió a Santiago Reina, que trabaja en su propia empresa de consultoría. “Nosotros la utilizamos para todas las tareas que no generan un valor añadido: la validación de resultados de medición, comprobar si es conforme o no en base a la legislación, la generación de bases de datos…”, detalla. “Es cierto que siempre hay una labor de revisión humana, pero todo lo que tenga que ver con información y sea trabajo mecánico lo hace la IA. En realidad, quien tiene que tener miedo de la IA ahora mismo es la gente que pica datos. Pero los técnicos, personas que realmente generan valor añadido, van a seguir teniendo valor”. Reina estima que el uso de esta tecnología puede llegar a ahorrarle una jornada laboral completa a la semana.

En el ámbito laboral, indica Dans, el impacto es claro, pero no tan catastrofista como algunos mensajes que nos llegan. “Igual que hace años se asumió que cualquier profesional debía saber manejar herramientas digitales básicas, ahora empieza a asumirse que debe saber interactuar con sistemas de IA”, explica. “Es muy probable que esa tendencia se extienda, pero con matices: no todos los sectores la adoptarán al mismo ritmo, ni con la misma intensidad. En algunos casos será una ventaja competitiva; en otros, acabará siendo simplemente parte del mínimo exigible”.

Una IA entró en mi vida

Si los cambios en el entorno profesional pueden generar miedo, cuando hablamos del impacto de la inteligencia artificial en la vida personal surgen nuevas preguntas y otro tipo de inquietudes. “Trabajo a jornada completa y soy una madre con falta de sueño de un niño de 19 meses”, cuenta Ghosh en su artículo para preguntarse si debería emplear el poco tiempo que le queda libre en introducirse en el mundo de la inteligencia artificial y sus numerosas aplicaciones prácticas. Una idea, la de que esta tecnología requiere conocimientos y formación especializada, sobre la que Dans apunta que hay bastante confusión. “La inmensa mayoría de los usuarios no necesita entrenar nada”, señala. “Las herramientas actuales están diseñadas precisamente para eliminar esa barrera: basta con saber plantear bien un problema o formular una pregunta con cierto sentido. El coste de entrada es mucho más bajo de lo que muchos creen. Otra cosa distinta es aprender a utilizarlas bien, que sí requiere práctica, criterio y, sobre todo, entender qué pueden hacer y qué no. El paso a la IA agéntica es muy interesante y permite, entre muchas otras cosas, eso que comentamos de entrenar nuestra propia IA, pero muy posiblemente se restringirá a un porcentaje de personas no tan elevado”.

Santiago Reina plantea algo similar, de manera más directa: “Siempre que hay un cambio en la gestión del conocimiento, aparecen los asustaviejas”, afirma. “En lo laboral, hay gente que no se va a quedar atrás, pero el nivel de eficacia y eficiencia que va a tener, su nivel de productividad, va a ser más bajo”. Él apunta a ese temor al cambio y a quedarse desfasado como una vía de negocio para algunos. “Se está mitificando un poco la formación y la cualificación sobre IA. Creo que hay mucho vendehumos, gente a la que la IA no les está generando negocio per se, sino que el negocio lo está encontrando en una formación sobre ella que, en muchos casos, no es estrictamente necesaria. Hay una especie de burbuja que nos hace pensar que los prompts [las órdenes concisas que se da a la IA para que se adapte exactamente a nuestras necesidades] son la fórmula de la Coca Cola”.

Lo que sí parece real es que quien comienza a utilizar la inteligencia artificial en su actividad laboral termina encontrando aplicaciones para su vida personal. “A mediados del año pasado ya empecé a usarlo para temas personales, cuando el modo de voz mejoró mucho”, relata Daniel Sánchez, que da un ejemplo concreto: “En mi caso, la he usado para la gestión del estrés. Por ejemplo, tengo un poco de claustrofobia y, si tengo que volar en un avión lleno de gente, lo noto. Hace poco tuve un vuelo de ocho horas y unos días antes me generé una conversación específicamente para esto y me ayudó mucho. Tenía ya un protocolo para hablar con la IA, pasos que tenía que seguir para controlar la ansiedad, y gracias a los desbloqueos mentales que me iba indicando me sirvió”. En el caso de Santiago Reina, es un recurso para otras actividades: “Desde la planificación de viajes hasta variables climáticas cuando voy a un sitio, para que la IA me haga una previsión del tiempo. También es el amigo listo de las reuniones, y el conciliador en caso de discusión”, apunta.

Esa irrupción de la IA en lo cotidiano, no obstante, no está exenta de riesgos. “Es peligroso si se utiliza para temas personales complejos”, apunta Sánchez. “Al final, siempre va a tender a darte la razón”. Yendo un poco más allá, ya se empieza a hablar del fenómeno denominado cognitive surrender, el abandono del pensamiento crítico al dejar cada vez más cuestiones en manos de la tecnología. “La línea entre usar la IA como herramienta o convertirse en dependiente de ella no es tecnológica, sino mental”, señala Dans. “Si delegas en ella tareas rutinarias para concentrarte en lo importante, es una mejora. Si empiezas a delegar también el juicio, la interpretación o la validación, es un problema. La comodidad es muy adictiva, y la IA está diseñada para ser cómoda. El criterio no se automatiza. Y en un entorno en el que las respuestas son cada vez más abundantes, rápidas y aparentemente fiables, el valor no está en obtenerlas, sino en saber qué hacer con ellas. Esa es la diferencia entre quien utiliza la IA y quien se rinde a ella”, concluye.

GUILLERMO ARENAS, El País

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