Desde el Faro
Por: Rafael Hidalgo
En el cuarto intento electoral, Keiko Fujimori se convierte en la primera presidenta electa, 71 años después de haberse aprobado el sufragio femenino, emulando en constancia a Lula da Silva, en Brasil, y a Salvador Allende, en Chile. Ese esfuerzo debería cristalizarse en el liderazgo de un gobierno que reduzca a un dígito el porcentaje de la población en situación de pobreza y, al mismo tiempo, devuelva la tranquilidad a las familias peruanas.
Habiendo sido elegida el 7 de junio, no solo está obligada a cumplir con los deberes sagrados que exige la patria, sino también a recordar que no ha sido electa gerenta del Perú ni que sus electores asumieron íntegramente su plan de gobierno. El cargo la obliga a representar a todos, sin excepción, y a dejar atrás los agravios de la inmisericorde persecución judicial de la que fue objeto.
Debe recordar cada día el lema de la Revolución francesa: “Libertad, igualdad y fraternidad”, cuyos principios se conmemoran este mes, y tener presente que, en la soledad del cargo, no son sus ministros, asesores ni amigos quienes deben decidir, sino únicamente ella, a quien corresponde elegir la mejor alternativa para 34 millones de peruanos.
No resulta vano recordar que Víctor Raúl Haya de la Torre, en las clases de la Escuela de Dirigentes, repetía, como si tuviera un martillo, que el presidente es el primer mandatario y no el primer mandón de la República, porque está obligado a ser el primero en cumplir las leyes y respetar la Constitución, para que, al final de su mandato, la historia, con luces y sombras, la recuerde como a los presidentes Ramón Castilla, Augusto B. Leguía y Alan García, entre otros, según la opinión de cada quien.
Cabe recordar que, si en 2011 Ollanta Humala no le hubiera ganado, no se habría desacelerado la inversión privada y, con ella, el crecimiento del PBI, que avanzaba a un 7 % anual y perdió impulso al ritmo del lema de campaña “Agua sí, oro no” y del florecimiento de la “permisología”, pese a que los términos de intercambio, producto del auge de los precios de las exportaciones, fueron mejores que los del lustro anterior.
El gobierno siguiente, encabezado por Pedro Pablo Kuczynski (PPK), quien le ganó mediante maniobras opacas —por ejemplo, el impedimento del voto a militares y policías en la segunda vuelta—, asumió con el 14 % del Parlamento, es decir, con 18 congresistas. Se negó tercamente a sellar una alianza con Fuerza Popular, que había obtenido el 56 % del Congreso, equivalente a 73 parlamentarios, y advirtió al inicio de su mandato que buscaría “jalarse a congresistas fujimoristas que se subieron al carro de ella por una prebenda, creyendo que ganaba” (El País, 31/7/16).
Bastó que, en pleno escándalo de Lava Jato, la empresa brasileña Odebrecht enviara al Congreso recibos y depósitos por asesorías para que se alumbrara al desleal “Martincito” Vizcarra y se diera inicio a la petite histoire de Vizcarra, Merino y Sagasti.
Del tercer vencedor, Pedro Castillo, solo habría que añadir que, cuando se quitó el sombrero chotano, perdió la magia y, con ella, la popularidad. Al intentar recuperarla mediante un golpe frustrado, el 7 de diciembre de 2022, terminó en prisión y fue sucedido por un carrusel de presidentes de transición —Dina Boluarte, José Jerí y José María Balcázar— que no alcanzaron ni a atar ni a desatar.
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