- El Mundial conquista al fin el mercado de EEUU: Netflix y Disney pujan miles de millones por los derechos de TV
- Infantino asegura su poder repartiendo los ingresos récord del torneo entre las 211 federaciones
Si algo ha demostrado el Mundial de 2026 es que la capacidad de la FIFA para generar ingresos parece crecer al mismo ritmo que las controversias que rodean al organismo. Más de una década después del escándalo de corrupción que provocó la caída de Sepp Blatter y obligó a una profunda reforma institucional, la organización presidida por Gianni Infantino atraviesa el mejor momento financiero de su historia. Las críticas por decisiones deportivas, la cercanía con líderes políticos o el historial de sedes cuestionadas por sus derechos humanos apenas han alterado un modelo de negocio que cada vez mueve más dinero.
La FIFA prevé ingresar alrededor de 9.000 millones de dólares con el Mundial que se disputa en Estados Unidos, México y Canadá, unos 2.000 millones más que los obtenidos en Qatar. La cifra supone el mayor rendimiento económico jamás alcanzado por una Copa del Mundo y confirma una tendencia que la propia organización ya anticipaba en su plan financiero para el ciclo 2023-2026.
El crecimiento no se explica únicamente por la venta de derechos de transmisión. Dentro de los estadios, el consumo de los aficionados se ha convertido en otra importante fuente de negocio. Durante el torneo se estima que cada espectador gasta alrededor de 100 dólares en alimentos y bebidas, una cifra muy superior a la registrada habitualmente en otros grandes eventos deportivos de Estados Unidos. Este desembolso se produce, además, en un contexto en el que la organización prohíbe acceder a los recintos con botellas reutilizables de agua, obligando a los asistentes a adquirir las bebidas en los puntos de venta autorizados. Parte de esa actividad comercial genera ingresos para la FIFA a través de los contratos de explotación de los estadios.
Las pausas de hidratación ilustran cómo el negocio ha ido modificando incluso el desarrollo del juego. Aunque fueron justificadas para proteger la salud de los futbolistas, también han abierto nuevos espacios comerciales durante los encuentros al generar pausas adicionales para publicidad televisiva y activaciones de patrocinadores.
Infantino parece inmutable a las críticas. Hace unos días fue duramente cuestionada la decisión de permitir que el delantero estadounidense Folarin Balogun disputara un encuentro tras la presión ejercida por el presidente Donald Trump, un episodio que alimentó las críticas sobre una supuesta interferencia política en las decisiones deportivas. Semanas antes, el dirigente de la FIFA había inventado un premio de paz para el mandatario estadounidense. Actualmente, es habitual que reciba abucheos cuando aparece en las pantallas gigantes de los estadios. Tampoco han desaparecido las polémicas.
Sin embargo, el verdadero éxito del organismo se aprecia fuera del terreno de juego. La Copa del Mundo ha terminado por conquistar definitivamente el mercado estadounidense, un objetivo perseguido durante décadas. El interés generado ha provocado una auténtica guerra por los derechos de televisión de los Mundiales de 2030 y 2034.
Empresas como Netflix, Disney y YouTube estudian ofertas de entre 1.500 y 2.000 millones de dólares por cada torneo solo para el mercado estadounidense, muy por encima de los aproximadamente 485 millones que Fox pagó por los derechos en inglés del Mundial de 2026, según un reporte de CNBC.
El salto resulta especialmente llamativo porque las próximas ediciones se disputarán en husos horarios mucho menos favorables para la audiencia estadounidense: España, Portugal y Marruecos en 2030, y Arabia Saudí en 2034.
Un imperio financiero
El crecimiento económico también ha ido acompañado de una transformación del torneo que ha despertado fuertes críticas entre jugadores, entrenadores y parte de la afición. La ampliación del Mundial de 32 a 48 selecciones ha incrementado el número de partidos y ha reducido la dificultad para clasificarse, un elemento que históricamente había contribuido al prestigio de la competición. El campeonato ha ganado representación global, pero ha perdido parte de la exclusividad que lo distinguía por tener «lo mejor de lo mejor».
La congestión del calendario se ha convertido, además, en una de las mayores preocupaciones del fútbol profesional. Mientras que un jugador europeo de primer nivel disputaba habitualmente entre 45 y 55 partidos por temporada en la década de los noventa, hoy es frecuente que alcance entre 60 y 75 encuentros al año al sumar liga, copa, competiciones de confederaciones y compromisos con su selección nacional. Futbolistas como Rodri, Harry Kane o Alisson Becker han advertido públicamente sobre el aumento del riesgo de lesiones derivado de esta sobrecarga competitiva, mientras que la Federación Internacional de Asociaciones de Futbolistas Profesionales (FIFPRO) y varias ligas europeas han llevado sus reclamaciones incluso ante la Comisión Europea.
Las protestas, sin embargo, no parecen haber alterado el rumbo de las grandes competiciones. Al contrario. La expansión del calendario ha ido acompañada de un fuerte crecimiento de los ingresos comerciales. La Liga de Campeones de la UEFA constituye el mejor ejemplo. A mediados de la década de 2000 generaba entre 2.000 y 2.300 millones de euros por ciclo. Tras la reforma del torneo, que aumentó el número de clubes y de partidos, la temporada 2024/25 alcanzó unos ingresos brutos récord de 4.414 millones de euros, prácticamente el doble que hace dos décadas.
Una entidad política
El poder financiero acumulado por la FIFA también ha reforzado su dimensión política. Desde hace años, organizaciones internacionales y expertos denuncian que la adjudicación de grandes competiciones puede servir como herramienta de sportswashing, un término que hace referencia al intento de gobiernos de mejorar su imagen internacional a través del deporte.
El caso más representativo fue Qatar 2022. Antes y durante el torneo, organizaciones como Amnesty International y Human Rights Watch denunciaron graves abusos contra trabajadores migrantes, además de las restricciones a la libertad de expresión, discriminación contra las mujeres y criminalización de las personas LGTBIQ+ por las que ya era criticada. No obstante, el Mundial de Qatar terminó siendo el más rentable de la historia hasta la llegada del torneo actual.
El reparto del botín
Parte de esa fortaleza explica también el sólido respaldo político que mantiene Infantino entre las 211 federaciones nacionales que integran la FIFA. El organismo distribuye cada vez más recursos entre sus miembros. En el Mundial de 2026, todas las selecciones participantes reciben al menos 12,5 millones de dólares por haberse clasificado, mientras que la bolsa total de premios asciende a un récord de 871 millones de dólares para el vencedor. Para numerosas federaciones de África, Asia, Oceanía o el Caribe, estas cantidades representan una fuente de financiación fundamental.
La paradoja es evidente. El mismo organismo que hace apenas una década era sinónimo de corrupción, sobornos y lavado de dinero afronta ahora un periodo de expansión económica sin precedentes. Estados Unidos, cuyo Departamento de Justicia impulsó la investigación que desencadenó la mayor crisis institucional en la historia de la FIFA en 2015, es hoy el escenario del Mundial más lucrativo jamás organizado. Mientras las polémicas deportivas ocupan titulares durante unos días, el negocio del fútbol continúa creciendo.
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