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El oro baila al ritmo de los Bee Gees, pero aún le queda mucho para revivir los 70: tendría que ‘volar’ hasta los 8.000 dólares la onza

Gold Ingots

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  • El metal precioso firmó en 2025 su mejor año desde 1979 con un 65% de subida
  • Para igualar el ‘rally’ de los 70 le falta un 60% desde los casi 5.000 dólares actuales
  • Factores comunes (geopolítica, inflación) y nuevos (compras de bancos centrales)

Puede parecer paradójico en un mundo cambiante y cada vez más acelerado, pero lo cierto es que el activo de moda acumula milenios de solera. Tras subir más de un 65% en 2025, su mejor año desde 1979, los precios del oro han seguido alcanzando nuevos máximos históricos en el nuevo año y este viernes se sitúan a las puertas de los 5.000 dólares (ha escalado hasta los 4.967 esta madrugada) por onza. Analistas como los de Goldman Sachs ya han puesto el listón en los 5.400 dólares para este año. Las comparativas con lo que ocurrió a finales de los años 70 son muy golosas. La década de los pantalones campana y la eclosión de la música disco es lo suficientemente icónica para que siempre se esté regresando a ella. También cuando se habla de ‘dinero’: precisamente el fin del patrón oro y las convulsiones geopolíticas propiciaron un escenario al que se mira muy recurrentemente, sobre todo en unos EEUU que quizá no hayan vuelto del todo de Vietnam.

Es cierto que la historia rima y muchos de los factores que protagonizaron esa década están presentes casi medio siglo después. El actual contexto de amenaza inflacionaria tras la pandemia y multiplicados shocks geopolíticos favorece la óptica de que el oro seguirá un camino similar a entonces. Sin embargo, aunque el metal dorado siga bailando al ritmo del Stayin’ Alive de los Bee Gees, el inmortal éxito musical de finales de los 70 (quizá a otras cohortes de edad les suena más por esta parodia), tiene un techo bastante alto para volver a meterse en esos pantalones campana.

«A primera vista, si comparamos la actual subida del oro con las de la década de 1970, parece que el rally podría continuar. Pero los precios nominales del oro tendrían que subir a más de 8.000 dólares por onza el próximo año para igualar el ritmo de las subidas de la década de 1970″, escribe Hamad Hussain, estratega de materias de Capital Economics en una nota publicada la semana pasada, con el metal dorado en los 4.600 dólares.

El cálculo de la casa de análisis no admite lugar a dudas: el precio del oro tendría que subir prácticamente 3.000 dólares o un 60% adicional en poco más de un año para cuadrar con los cálculos de Capital para que el repunte sea similar al de aquella época. Pero conviene clarificar un poco los términos. El analista está hablando del precio nominal (sin ajustar por inflación), que a finales de los 70 no estaba ni mucho menos en los valores actuales. La onza cerró 1979 en los 306 dólares y alcanzó en enero de 1980 el máximo de ese ciclo con 850 dólares.

¿Qué pasó entonces para que el repunte fuera tan violento y tan inalcanzable en una época en la que hay factores similares y otros nuevos (por ejemplo, las compras masivas de oro por parte de los bancos centrales)? En los años 70 se produjo una convergencia de varios procesos de calado. El más importante fue el final del sistema de Bretton Woods, vigente desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

«Para el siglo XIX, el oro se había convertido en la base del orden financiero global. Bajo el patrón oro clásico, la libra esterlina, la principal moneda de reserva mundial, era directamente convertible a una cantidad fija de oro depositada en las bóvedas del Banco de Inglaterra. Este sistema, adoptado por gran parte del mundo industrial, impuso disciplina fiscal y evitó que los gobiernos imprimieran dinero en exceso», contextualiza el académico Patrik Ghansham Salvi en un paper del FMI sobre la historia del oro. En el siglo siguiente, el mundo de la posguerra buscó un acuerdo mediante el sistema de Bretton Woods de 1944, que vinculó el dólar estadounidense al oro a 35 dólares por onza, con otras monedas vinculadas al dólar.

Pero algo se rompió precisamente justo antes de llegar los 70. A finales de la década de 1960, los déficits estadounidenses derivados de la guerra de Vietnam y el gasto interno hicieron insostenible este tipo de cambio fijo. Cuando el presidente Richard Nixon suspendió la convertibilidad oficial del oro en 1971, desapareció el último vestigio del patrón oro global. Las monedas se convirtieron en fiduciarias, respaldadas no por el metal, sino únicamente por la confianza. Esto no marcó el fin del poder del oro, sino su transformación. El metal dorado dio un paso adelante y pasó de ser un ancla monetaria a convertirse en un refugio para las inversiones, el activo por defecto en tiempos de incertidumbre. Durante las dos crisis del petróleo de esa década y la apabullante inflación posterior, su precio se multiplicó por 20.

La secuencia fue casi de película: el oro pasó a verse como un refugio contra la pérdida de valor del dinero. La inflación erosionaba el poder adquisitivo y los tipos de interés reales eran negativos, lo que hacía poco atractivos los bonos. El hecho de que el oro no devenga intereses, habitual crítica de sus detractores, además de los costes de almacenamiento, pasó a segundo plano. Los dos grandes shocks geopolíticos y también petroleros (la Guerra del Yom Kipur o de los Seis Días en 1973 y la Revolución Iraní de 1979) fueron los grandes catalizadores. La invasión soviética de Afganistán aún en plena Guerra Fría aumentó aún más la incertidumbre.

Los factores ‘internos’ también tuvieron mucho que ver. «Una similitud entre la década de 1970 y la actualidad que vale la pena destacar es la presión política sobre la Reserva Federal. La decisión del entonces presidente de la Fed, Arthur F. Burns, de recortar los tipos de interés ante la presión de la Casa Blanca antes de las elecciones de 1972 fue uno de los muchos factores que condujeron a una década de alta inflación, lo que contribuyó al fuerte aumento de los precios del oro en aquella época», abunda Hussain desde Capital.

Volviendo al presente, podría decirse que la administración Trump ha ido más allá que el presidente Nixon al abrir una investigación penal contra el presidente de la Fed, Powell, sugiere el analista. Sin embargo, matiza enseguida, no cree que la independencia de la Fed esté realmente amenazada: «Aunque los riesgos se inclinan hacia una inflación ligeramente más alta y unos tipos de interés más bajos, creemos que la Fed es lo suficientemente fuerte desde el punto de vista institucional como para evitar un deslizamiento hacia el dominio fiscal total. Por si sirve de algo, algunos legisladores republicanos han defendido a Powell y han dicho que están dispuestos a bloquear la elección de Trump para un nuevo presidente de la Fed. Esto decepcionaría a los inversores en oro que se protegen contra los riesgos inflacionistas e institucionales».

Por contra, el estratega de Capital sí destaca otros factores estructurales que respaldan los precios del oro y que no estaban presentes en la década de 1970, concretamente las compras de los bancos centrales: «De hecho, los bancos centrales fueron vendedores netos de oro tras el fin del patrón oro en 1971». China, India, Turquía y Polonia han liderado una ola sin precedentes de compras por parte de los bancos centrales que ha superado las 1.100 toneladas métricas, lo que refleja los esfuerzos por diversificar las reservas y alejarse de la vulnerabilidad geopolítica del dólar estadounidense. Aunque se antoja imposible derruir la hegemonía mundial del ‘billete verde’, los ‘enemigos íntimos’ de Washington se han subido al oro buscando socavar en cierto modo a la divisa americana.

«En un mundo cada vez más fragmentado, la neutralidad del oro -no pertenece a ninguna nación y no conlleva riesgo de contraparte- lo convierte en la mejor cobertura política«, talla en piedra Ghansham Salvi en el trabajo del FMI. Incluso cuando los bancos centrales subieron los tipos de interés en 2023 y 2024, el oro siguió atrayendo a los compradores, subraya.

Las preocupaciones sobre la dirección de la política monetaria, el aumento de la deuda pública y la inflación también han contribuido a la fiebre del oro, prosigue el académico. En los últimos meses se ha hablado mucho del debasement trade, un alejamiento de las divisas fiat tradicionales por su pérdida de valor ante la inflación y la actitud expansiva de los bancos centrales en medio de acuciantes déficits e indisciplina fiscal de los países.

«El oro está experimentando una revalorización sostenida a medida que aparecen grietas en el orden basado en normas establecido tras la Segunda Guerra Mundial», va más lejos Yuxuan Tang, director de estrategia macroeconómica para Asia de JP Morgan Private Bank. «Los inversores ven cada vez más el oro como una protección fiable frente a estos riesgos de cambio de régimen difíciles de cuantificar», señala a Bloomberg. «El suministro de oro no es suficiente para diversificar el mercado estadounidense y la tensión política, lo que hace que los límites máximos de precios sean bastante frágiles», apostilla Ahmad Assiri, estratega de Pepperstone Group.

Nanette Abuhoff Jacobson, estratega de inversión global y multiactivos en Wellington Management, pone nombre propio a esos factores alcistas del oro que podrían acompañarnos durante algún tiempo: «La preocupación por un escenario de estanflación (crecimiento débil e inflación elevada), el aumento de la deuda pública como porcentaje del PIB, la devaluación del dólar estadounidense y las amenazas a la independencia de los bancos centrales».

Aunque se antoja difícil un aterrizaje en esos 8.000 dólares, analistas como Regina Hammerschmid, gestora de Vontobel, destacan que el precio del oro en este momento «ya está muy por encima de cualquier modelo fundamental y está probando nuevos territorios de forma regular». Con el objetivo de los 5.000 dólares ya en la yema de los dedos al poco de comenzar 2026, la estratega advierte de que el metal precioso alcanzará nuevos niveles tan pronto como surja un nuevo catalizador, como una bajada de los tipos de interés, un nuevo riesgo geopolítico (Groenlandia ha percutido estos días) o una clara debilidad macroeconómica.

«Sin duda, el oro ha subido mucho, superando todas las previsiones recientes sobre su precio. Aun así, vemos que la demanda muy saludable genera un mayor potencial alcista, mientras que no vemos vendedores importantes. Desde el punto de vista del riesgo-rentabilidad, una proporción objetivo del 5% es una participación saludable del oro en una cartera multiactivos, que no solo ofrece una cobertura contra la inflación, sino que hoy en día también es una cobertura geopolítica y del dólar estadounidense muy valiosa», aconseja la analista.

«En un mundo de volatilidad financiera, tensiones geopolíticas e inflación persistente, el oro vuelve a convertirse en un pilar de la gestión patrimonial. Es un instrumento de diversificación muy demandado debido a su baja correlación con los mercados de renta variable y de bonos, así como a su liquidez universal. Todo ello convierte al metal precioso en difícil de ignorar para los inversores atentos a la resiliencia de su cartera. La ‘reliquia bárbara’, en palabras de Keynes, nunca ha estado tan de moda como hoy», cierra Eric de Tessières, director general de Sostenibilidad del Grupo en Edmond de Rothschild.


Mario Becedas, eleconomista.es