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Cuando Napoleón engañó a España para malvender Luisiana a EEUU: el peor negocio de la historia

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  • Thomas Jefferson compró aquel inmenso territorio, de más de 2 millones de kilómetros cuadrados, por 15 millones
  • La veían como una superficie enorme, difícil de controlar, de rentabilidad y, sobre todo, difícil de defender
  • Napoleón se comprometió a devolver el territorio a España si no lo quería… pero se lo vendió a los estadounidenses

Casi desde sus orígenes como joven república, Estados Unidos entendió que la expansión de su territorio podía lograrse no solo mediante la guerra, sino también a golpe de talonario. Entre el siglo XIX y el XX, compraron millones de hectáreas, tanto para ampliar sus fronteras, asegurar rutas comerciales, acceder a recursos estratégicos o para reforzar su posición geopolítica. Hoy el debate lo protagoniza el intento de adquisición de Groenlandia, el objetivo más reciente de Washington para incrementar su territorio, pero antes fueron Islas Vírgenes, Alaska o Luisiana, quizá el negocio más ventajoso de Estados Unidos en toda su historia.

En 1803, mientras Europa ardía bajo las ambiciones de Napoleón, un acuerdo firmado casi en secreto al otro lado del Atlántico cambió para siempre el equilibrio económico y geopolítico del mundo. La venta de Luisiana no fue solo una ganga para Estados Unidos, después de que Francia, ocultándoselo a España, se deshiciese de su enorme superficie por un precio irrisorio.

También hace falta hacer un esfuerzo por entender las circunstancias, pues el intento de emperador galo, atrapado entre una ridícula derrota en Haití, la necesidad de liquidez y el miedo a perderlo todo ante los británicos… prefirió malvender un imperio continental que, en realidad, nunca llegó a gobernar. Sellaba así una de las mayores transferencias de riqueza territorial de la historia.

Porque aquella Luisiana no era la actual, sino que abarcaba un impresionante trozo de tierra de más de 2 millones de kilómetros cuadrados, lo que equivale a 4 veces la superficie de España. Un territorio que iba desde la desembocadura de Mississipi, en Nueva Orleans, hasta partes de provincias de Canadá. Un total de 15 estados actuales, completos o en parte, que representan el 23% de la superficie de Estados Unidos hoy. Un territorio enorme, difícil de gobernar y aún más difícil de defender.

Merece la pena recordar que los españoles fueron los primeros europeos conocidos en descubrir el delta del Mississipi, en 1519, mucho antes de que los franceses empezasen a explorar esa zona y de crear la colonia de Nueva Francia. Conocido como Río del Espíritu Santo, siguiendo su cuenca recorrieron, y reclamaron, numerosas tierras. Serían muchas décadas después cuando los galos, partiendo de sus territorios en Canadá, recorriesen el río en sentido contrario, reclamando los mismos territorios. Para 1682, recibió el nombre de Luisiana Francesa, en honor de Luis XIV, y fue incorporada a Nueva Francia como un distrito administrativo. Iba desde el Golfo de México hasta la actual frontera de Canadá. Unos años después fundaría Nueva Orleans, que se acabaría convirtiendo en la ciudad más importante, y su capital desde 1723.

La Guerra de los Siete Años

Y así se mantuvo durante décadas, convertida en una de las colonias francesas más importantes. Hasta que a mediados de siglo llegó la Guerra de los Siete Años, un conflicto que entre el país galo y Gran Bretaña, aunque acabaron involucradas de una u otra forma todas las potencias europeas. Aunque el objetivo, en este caso, era controlar los terrenos ultramar, tanto en América como en India, en la que se podría considerar como la primera Guerra Mundial.

Ya casi al término de la contienda, España se unió al conflicto, en apoyo de una Francia que estaba a las puertas de la derrota. Carlos III le pidió al rey francés que, a cambio de su apoyo, le entregase Luisiana, lo que se aceptó en el Tratado de Fontainebleau, firmado en 1762. Aunque pareciese excesivo, en realidad, con este acuerdo, Luis XV se aseguraba de que, en caso de perder la guerra, la colonia quedase en manos borbónicas. Y así acabó siendo. Después de que Gran Bretaña y sus aliados se declarasen vencedores, se firmó el Tratado de París, en 1763, en el que Francia cedía Nueva Francia (Quebec y Acadia, hoy parte de Canadá), y Alta Luisiana (que equivalía a los estados actuales de Ohio, Illinois, Indiana y parte de Kentucky), en América, además de la isla de Menorca, además de otros pequeños enclaves.

Por su parte, España, tras apoyar al perdedor, también se veía perjudicado, cediendo a los británicos las Floridas, un territorio que en realidad era incapaz de controlar; además de devolverle a Portugal algunos territorios. A cambio, recuperaba La Habana y Manila, que habían estado ocupadas durante el conflicto y, por supuesto, Luisiana, en compensación por el apoyo, como había acordado.

La Luisiana española comprendía todo el centro actual de Estados Unidos, desde Dakota y Montana hasta la desembocadura del Misisipi. Pero, en realidad, lo único reseñable era el puerto de Nueva Orleans, pues el resto del enorme territorio contaba únicamente con pequeños asentamientos franceses y esclavos negros, y el resto estaba o deshabitado, o en manos de las tribus indias.

Sello conmemorativo de la compra de Luisiana
Sello conmemorativo de la compra de Luisiana por Estados Unidos, indicando toda la superficie. | Imagen: Wiki

Y aunque no fue muy bien recibido por los colonos franceses, que provocaron varias rebeliones que fueron sofocadas poco después, el Gobierno español se dedicó con ahínco a establecer nuevas rutas, muchas de las cuales siguen vivas hoy en día. Además, y como hizo en todos los territorios que controlaba en América, prohibió la esclavitud de indígenas, y llegó a abolír toda la regulación sobre la adquisición de esclavos.

El buen trabajo español repercutió en la población, que se disparó un 500% en 4 décadas, con inmigrantes llegando de Europa masivamente, muchos de ellos desde las Islas Canarias. Especialmente próspera fue la etapa bajo el gobierno del malagueño Luis de Unzaga y Amézaga, que impulsó el comercio transfronterizo a través del Misisipi y sus afluentes, y que mejoró mucho la economía de la región, que se dejó sentir sobre todo en Nueva Orleans y San Luis. Además, apoyó a los colonos norteramericanos en el nacimiento de Estados Unidos, cediéndoles secretamente pólvora, medicamentos o harina, jugando un papel importante en su independencia.

El problema es que Luisiana nunca fue importante para España. A pesar de su riqueza agrícola y ganadera, no contaba, en aquel momento, con minas importantes de oro, plata o piedras preciosas. Además, la falta de mano de obra no esclavizada impidió desarrollar la agricultura intensiva. Seguramente el negocio más importante fue la caza de bisontes, ejercida de manera casi industrial, que impulsó el desarrollo de la peletería y la marroquinería.

Inestabilidad política

A pesar del crecimiento de la región durante este periodo, la inestabilidad política en la península acabó afectando a su desarrollo. La revolución francesa había roto los vínculos entre España y Francia, forjados por los reinados borbónicos. Pero la llegada de Napoleón recuperó el espíritu colaborador. En esta línea, en 1800 se firmó el Tratado de San Ildefonso, el tercero con este nombre, en el que se acordaba, secretamente, que España entregaría Luisiana a Francia, y, a cambio, recibiría territorios en Toscana, infinitamente más pequeños, pero con una economía floreciente. El acuerdo se ratificó un año después, en Aranjuez, donde se fijó que Luisiana se reintegraría en España si Napoleón no quería mantener el control.

El plan de Napoleón era crear un gran imperio en América. El problema es que a las primeras de cambio el plan descarriló. Los franceses querían recuperar Haití, cuyo control había perdido ante una revuelta de esclavos sublevados. Fue un absoluto fracaso militar. Envió a casi 30.000 soldados, y dos tercios fallecieron allí. Con las tropas diezmadas, el control de Luisiana se hacía casi imposible.

Y es que uno de los problemas de tan vasto territorio es que era muy difícil de controlar, pero sobre todo era muy difícil de defender. Y con tantos enemigos, Napoleón llegó a la conclusión de que lo mejor era deshacerse de aquellas tierras, y de paso financiar sus pulsiones bélicas en Europa.

La aparición de Estados Unidos

Estados Unidos se mantuvo muy pendiente de todo lo que estaba pasando, pues ansiaba hacerse con ese territorio. Thomas Jefferson, presidente en aquel momento, estaba especialmente interesado en el movimiento, a pesar de cierta resistencia interna, pues no quería que ni Francia ni España pudiesen controlar el puerto de Nueva Orleans, cada vez más importante. Así que envió a sus emisarios a negociar directamente a París.

Inicialmente, el objetivo de los estadounidenses era hacerse con la parte ribereña, y se llevaron una gran sorpresa cuando los galos les ofrecieron todo el territorio. Fue tan inesperado que la compra se llevó a cabo casi sin que nadie supiera exactamente las características del terreno. Se trataba de zonas inexploradas, y no existía ningún tratado con España que determinara exactamente los límites fronterizos.

El asombro fue aún mayor cuando negociaron el precio. Estados Unidos pagó 15 millones de dólares, que con los intereses se disparó hasta un poco más de los 23 millones. Equivale a unos 7 dólares por kilómetro cuadrado, en una de las transacciones más baratas de la historia. El pago se hizo con un adelanto de 3 millones de dólares en oro, y el resto se financió con la emisión de bonos del tesoro. Pero como los bancos franceses se negaron a aceptarlos, tuvieron que convertir dichos bonos en oro en los bancos de Londres y Ámsterdam.

Tratado firmado entre Estados Unidos y Francia
Tratado firmado entre Francia y Estados Unidos para la venta de Luisiana.

Este movimiento supuso la mayor expansión territorial de la historia de Estados Unidos, que de repente duplicaba su superficie. Además, abría el camino a su expansión hacia el oeste, ya casi sin límite. Robert Livingston, uno de los firmantes del acuerdo, aseguró que ese movimiento convertía a Estados Unidos en una potencia de primer orden.

El gran perjudicado de todo esto, sin embargo, no fue Francia, sino España. Por un lado, porque Napoleón no respetó el pacto de devolverles el territorio si perdían el interés en él. Por otro, porque lo habían cedido únicamente por una pequeña porción de superficie, por muy próspera que fuese. Y por último, porque de repente tenía a los ambiciosos estadounidenses en la frontera de sus territorios norteamericanos. Cuando cedieron Luisiana a Francia, confiaban en que los galos fueran capaces de frenar las ansias expansionistas norteamericanas.

De esta forma, la compra de Luisiana se convirtió en uno de los acontecimientos históricos de mayores consecuencias en la historia de los últimos tres siglos. Aquel acuerdo no solo redefinió fronteras, sino que trasladó riqueza, poder y futuro de Europa a América. El Viejo Continente firmó el comienzo de su decadencia, mientras que Washington cimentó su ascenso. Como ocurre en los grandes negocios, las consecuencias no se midieron en dólares, sino en siglos.

Calvo y Remo Victoria

El Economista,

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