- El plan no es solo comercial: Pekín busca una doble ventaja civil y militar
- El gigante asiático busca con su socio ruso una ruta marítima alternativa
- Pese a no tener acceso directo, China se autodenomina «Estado cercano al Ártico»
La carrera por el Ártico se intensifica por momentos y China está demostrando su capacidad para ponerse en cabeza. El deshielo del Ártico y sus buenas relaciones con Rusia, ‘amo y señor’ geográfico y energético (el omnipresente gas) de la región ártica, están permitiendo a Pekín convertir en realidad su sueño de una ruta marítima por la zona que le suponga una alternativa comercial y de transporte en un mundo cada vez más incierto. Paso a paso, este trasunto de la ‘Ruta de la Seda’ por las gélidas aguas del Ártico cobra forma mientras EEUU, más bien la Administración Trump, parece tomar conciencia de la importancia de tener una porción destacada de esta suculenta ‘tarta helada’. Dentro de esta ambición de Pekín, su ascenso hasta la vanguardia mundial de la construcción naval le permite posicionarse como potencial ganador.
Lo cierto es que China no tiene costa ni acceso directo por mar al Océano Ártico, por lo que no posee kilómetros de litoral ártico propios como sí tienen países árticos (Rusia, Canadá, Noruega, etc.). Su territorio continental más al norte está a más de 1.500 km del Círculo Polar Ártico y más aún del Océano Ártico. Pese al hecho geográfico cierto, Pekín no ha cejado en su empeño.
Aunque uno de los pilares de esta estrategia china pasa por un Ártico navegable más meses del año debido al calentamiento global, Pekín ha demostrado una vez más querer anticiparse a cualquier contingencia y ha diseñado un revolucionario buque rompehielos para hacer practicable la zona en cualquier momento necesario. Capaz de romper témpanos de hasta 2,5 metros de espesor, el último rompehielos ártico de China es un poderoso símbolo de las nada disimuladas pretensiones de China en el extremo norte, donde las tensiones se han disparado a medida que Trump ha puesto en su mesilla de noche el mapa de Groenlandia.
Este prototipo de buque con proa roma (redondeada y menos afilada) y propulsión nuclear, cuyo diseño conceptual se dio a conocer en diciembre, está destinado a servir de prototipo para la emergente flota polar de Pekín. El Instituto de Investigación 708, de propiedad estatal, que diseñó el buque, afirma en un reportaje publicado esta semana por el Financial Times que será un barco «multifuncional» destinado al transporte de mercancías y al turismo polar.
China ya informó el pasado otoño de que un buque portacontenedores llamado Istanbul Bridge zarpó de Ningbo, en la provincia oriental de Zhejiang, y navegó por la ruta marítima del Ártico hasta el puerto británico de Felixstowe. Según las autoridades del gigante asiático, este viaje supuso «la inauguración oficial de la primera ruta marítima rápida de contenedores del Ártico entre China y Europa», una ruta que se bautizó como China-Europa Arctic Express. El principal reclamo fue y es que las rutas árticas «pueden reducir las distancias de navegación entre un 30% y un 40% en comparación con la ruta tradicional del Canal de Suez», verbaliza Yu Yun, investigador del propio Instituto de Investigación 708, al diario estatal China Daily.
Pero enseguida se trasluce que los planes de China no pasan solo por enviar sus coloridos contenedores de mercancías allende los mares. De hecho, aunque China describe sus intereses en la región en términos de comercio e investigación, pocos analistas dudan de la doble intención civil y militar del programa ártico de Pekín, desde el establecimiento de bases de investigación hasta la cooperación en materia de petróleo y gas y las patrullas militares conjuntas con Rusia cerca de Alaska. Las principales rutas marítimas de Europa a China pasan por territorios controlados por la OTAN, incluidos Canadá y Groenlandia, y es en esa ecuación donde entra Moscú.
El tradicional efecto dominó geopolítico es patente aquí. El programa de construcción de rompehielos de China ha aumentado la alarma occidental sobre los avances de China y Rusia en el Ártico, que Trump ha utilizado para justificar la adquisición de Groenlandia por parte de EEUU. «China considera el Ártico como una nueva frontera fundamental para su competencia geopolítica y geoestratégica con EEUU y, en general, con Occidente», afirma al FT Helena Legarda, directora del programa del equipo de relaciones exteriores de Merics. «Pekín quiere ampliar su influencia, su presencia y su acceso al Ártico».
Esas ambiciones han agravado la preocupación de los expertos y los responsables políticos de EEUU y otras capitales occidentales, que prevén una lucha por asegurar rutas marítimas más rápidas y baratas y ricos recursos naturales a medida que se derriten los casquetes polares. El Ártico ofrece innumerables posibilidades para operaciones militares, que van desde la guerra espacial y satelital hasta el posicionamiento estratégico de submarinos con armas nucleares, lo que aumenta el riesgo de que las tensiones desemboquen en un enfrentamiento en la carrera por controlar el territorio emergente.
En caso de guerra, China es vulnerable para acceder al estrecho de Malaca y al mar de China Meridional. El acceso al Ártico dejaría a China con alternativas en caso de que otras rutas marítimas dejaran de ser navegables. China y Rusia han intensificado su colaboración militar en el Ártico, por ejemplo, celebrando patrullas navales combinadas.
El astillero utilizado para construir el primer rompehielos autóctono también entregó el Fujian, el tercer portaaviones de China, que entró en servicio a finales del año pasado con algunas de las tecnologías militares más avanzadas del país. El astillero está gestionado por la gigantesca empresa estatal China State Shipbuilding Corp.
Esta toma de poder de China en el Ártico viene de lejos, aunque haya saltado recientemente a los titulares. Pekín ha albergado ambiciones en el Ártico durante décadas. Por ejemplo, compró su primer rompehielos, el Xue Long (Dragón de Nieve), a Ucrania en 1993, antes de comenzar a desarrollar su propia flota autóctona. En 2004, inauguró su primera estación permanente de investigación ártica en el archipiélago noruego de Svalbard, seguida de otra en Islandia en 2018.
Ese mismo año, Pekín dio a conocer su política ártica, que prevé una ‘Ruta de la Seda Polar’ mediante el desarrollo de las rutas marítimas árticas. La política promocionaba la investigación y los «estudios hidrográficos» de China en la región, que, según afirmaba, tenían como objetivo mejorar «la seguridad y las capacidades logísticas en el Ártico».
Los rompehielos son fundamentales para proyectar el poder en las regiones polares, ya que permiten a los países entrar en territorios a menudo helados y mantener su presencia. En el otro extremo geopolítico, la Administración Trump ha destinado 9.000 millones de dólares a rompehielos e infraestructuras en el Ártico y la Antártida para «garantizar el acceso, la seguridad y el liderazgo de EEUU en las regiones polares», según declaró el Departamento de Defensa en diciembre.
China se describió a sí misma como un «Estado cercano al Ártico» en su documento político de 2018, lo que provocó una dura reprimenda del entonces secretario de Estado de EEUU, Mike Pompeo. «Solo hay Estados árticos y Estados no árticos», replicó Pompeo. «No existe una tercera categoría, y afirmar lo contrario no da derecho a China a nada en absoluto». Como se puede observar, Pekín ha hecho oídos sordos.
«Sin hacer ruido, el adversario número uno de EEUU se ha colado en su patio trasero septentrional. La amenaza para la seguridad nacional es real, un hecho que EEUU ha ignorado durante demasiado tiempo. Pero también se trata del comercio. A medida que el clima se calienta y el hielo polar se derrite, las rutas marítimas del norte podrían ser viables para el comercio marítimo. En este sentido, Rusia y China llevan ventaja«, recogía un informe del servicio de análisis del banco danés Danske Bank.
Hasta hace unos años, según Legarda, de Merics, Europa era el socio preferido de China en el Ártico. Pero después de que Europa comenzara su estrategia de reducir riesgos (de-risking) respecto a China y Rusia tras la pandemia y la invasión a gran escala de Ucrania por parte de Moscú en 2022, Pekín se acercó más a su vecino del norte.
eleconomista.es




