Por César Campos
Era imposible no rendirse ante su poderosa inteligencia, agudo sentido del humor y capacidad de trabajo. Debido a la migraña – según propia confesión – era capaz de inaugurar la jornada laboral a las tres de la madrugada y terminarla a las 10 de la noche. Su especialidad en materia energética e hidrocarburos lo hizo afín a muchos periodistas, quienes lo convertimos en referente obligado durante los tiempos de la apertura económica del régimen presidido por Alberto Fujimori. Hablo de los años 90, cuando la mayoría de esos colegas no alcánzabamos aún la base cuatro de edad.
Ingresado el nuevo siglo y a iniciativa del doctor Humberto Abanto, accedí a un pequeño espacio en su oficina de la cuadra tres de la avenida Angamos Oeste, que gentilmente me cedió para desarrollar mis tareas en el campo de la comunicación, pues ya había dejado de trabajar en los medios. “Pero tú mismo pagarás las llamadas telefónicas”, me advirtió.
Eso de pagar nuestras llamadas telefónicas suena raro y arcaico, pero debe recordarse que al año 2001 todavía no se habían masificado los aparatos celulares y el uso de los teléfonos fijos era susceptible de ser restringido por los titulares, a fin que solo resultara posible contactarse mediante un código aparecido en tarjetas que eran vendidas en kioskos y bodegas. Lo más satisfactorio de esa etapa fue compartir con él y Abanto, los almuerzos en los restaurantes aledaños a la oficina, los cuales cobraban seis soles por menú. Las risas eran interminables gracias a las ocurrencias de mis contertulios. Fue un periodo muy grato que vio su fin al momento que cada uno tomó caminos diferentes.
Tal era la afinidad de César Gutiérrez Peña con ese grupo de periodistas y en virtud a que escribía una columna de opinión en el diario EXPRESO, terminó incorporado a muchas de nuestras actividades incluyendo viajes nacionales e internacionales. Mucho tendría yo que escribir sobre mi tocayo, un personaje íntegro, polemista y polémico. Gran ser humano, buen padre y amigo. Su partida a los 69 años me deja una profunda congoja y ratifica lo volátil de esta vida que César llevó adelante dignamente con alegría y laboriosidad. Descansa en paz, ingeniero.



