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Detenido en Argentina un hombre por mantener encerrados a su esposa y sus tres hijos durante años

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Los vecinos presentaron una denuncia luego de observar que los adolescentes no iban a la escuela y escuchar gritos por la noche

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Enmarcado por las montañas nevadas de la cordillera de los Andes, Esquel es uno de los pueblos más bellos de la Patagonia argentina. Desde el jueves pasado, esa localidad tranquila se encuentra revolucionada por la detención de Miguel Edgardo Battista, un bioquímico acusado de mantener cautivos a su esposa y sus tres hijos durante al menos cuatro años. La situación salió a la luz a partir de las denuncias de los vecinos, que encontraban extraño que solo el hombre abandonara eventualmente la casa, que los chicos no asistieran a la escuela y que las ventanas estuvieran tapadas con telas o papeles. Escuchaban gritos desesperados y advertían que la vivienda parecía cobrar vida únicamente durante la noche.

Battista, un bioquímico que este miércoles cumple 72 años, se dedica al desarrollo de productos alimenticios y suplementos dietarios. En el fondo de la vivienda había montado un laboratorio en el que extraía esencias de plantas que comercializaba en pequeños frascos con gotero. Conoció a su esposa, de 41 años, cuando él trabajaba en una farmacia de San Martín, en las afueras de Buenos Aires, y tuvieron tres hijos, actualmente de 19, 17 y 13 años. Dos mujeres y un varón.

La familia llegó a la provincia patagónica de Chubut en 2020, durante la pandemia de covid-19. De acuerdo con la versión de su abogado defensor, Daniel Sandoval, Battista tomó notoriedad como científico durante la emergencia sanitaria, cuando fue invitado a la televisión para presentar un producto que había desarrollado para combatir el virus. A partir de entonces, comenzó a recibir “extorsiones” de personas que le decían que sus productos no estaban aprobados por las autoridades sanitarias correspondientes y que lo denunciarían y llevarían a prisión. Decidió mudarse junto a su familia a Trevelin —a 25 kilómetros de Esquel y a más de 1.800 de Buenos Aires—, donde, en 2022, de acuerdo con su abogado defensor, un grupo lo encontró y le dio una golpiza. Después de eso, se mudaron a otra vivienda en Esquel.

De acuerdo con su defensa, producto de esta amenaza la familia “adopta como modo de vida el autoencierro” y va profundizando su aislamiento a medida que percibe las miradas extrañadas de los vecinos del barrio La Cascada. “La vida de ellos se desarrollaba a contrahorario de lo normal porque se sentían hostigados por los miramientos de los vecinos. Vivían de noche y de día cerraban las ventanas”, argumenta el abogado.

En 2024, los vecinos hicieron una primera denuncia. Les llamaba la atención que la mujer y los chicos nunca salieran de la casa. También decían escuchar gritos desesperados de una mujer, que vociferaba incoherencias, y observar comportamientos que consideraban extraños. Una vecina lindera declaró que había tenido que colocar una malla de sombreo para interrumpir la visión entre su jardín y el de los Battista; aseguró que si algún miembro de su familia coincidía con la mujer en el exterior, ella los insultaba o repetía todo lo que decían. En los últimos días, la mujer había empezado a usar un turbante luego de raparse la cabeza: sentía picazón y creía que podía tener hongos, explica el abogado.

Tras aquella primera denuncia de 2024, la policía acudió a la vivienda, pero no tomó medidas. La intervención se produjo la semana pasada, después de una segunda denuncia presentada por los vecinos el 10 de octubre. El Juzgado de Familia envió a un equipo interdisciplinario al domicilio, pero Battista no les permitió ingresar ni entrevistar al grupo familiar. Ante la advertencia del informe técnico sobre un “riesgo inminente”, la Fiscalía actuó de oficio y solicitó un allanamiento urgente. “Al ingresar al inmueble, las autoridades constataron un escenario de profunda vulnerabilidad”, explicaron en una conferencia de prensa las funcionarias del Ministerio Público Fiscal Cecilia Bagnato y Mónica Caveri.

La justicia dispuso diez días de prisión preventiva para Battista, acusado de privación ilegítima de la libertad y abandono de persona. Su esposa fue internada en el área de Salud Mental del hospital zonal de Esquel, mientras que los tres hijos —y una de sus mascotas, de la que no quisieron alejarse— quedaron bajo la custodia temporal de una familia de resguardo por disposición judicial.

Según Sandoval, los tres adolescentes recibían educación en su propia casa y “exteriorizaban su vida a través de la ciencia”. El abogado rechazó las versiones sobre una supuesta desnutrición de los chicos: aseguró que ninguno presenta ese cuadro y que solo la hija mayor registró una “leve deshidratación”. Para este martes estaba prevista una audiencia en cámara Gesell, un procedimiento que permite recoger el testimonio de niños y adolescentes en un entorno protegido.

La familia vivía en una casa de unos 130 metros cuadrados, con jardín y una arquitectura típica del lugar, con madera y piedras naturales a la vista. Los vecinos, sin embargo, describieron condiciones de insalubridad, falta de higiene y acumulación de basura. Las funcionarias judiciales se limitaron a señalar que había “desorden”.

Sandoval evita pronunciarse sobre la posibilidad de que los integrantes de la familia padecieran trastornos de salud mental, pero considera que el aislamiento y la vida a contrahorario pudieron tener consecuencias en su organismo y en su salud psíquica. Incluso traza un paralelismo: “Es muy gráfico el efecto del aislamiento cuando el náufrago [en referencia al personaje de Tom Hanks en la película de 2001] habla con la pelota”, dice.

Mientras la investigación avanza, en Esquel se multiplican las versiones sobre la familia. Circulan rumores sobre perros muertos y chicos de uñas largas y aspecto desgreñado, aunque esos relatos no han sido corroborados. “Hay mucho chismerío”, reconoce una vecina de la ciudad, antes de contar que el propietario de la primera casa en la que vivió la familia decidió desalojarlos porque detectó en ellos una conducta extraña. “Decían que en la casa había un agujero negro por el que se veía el infierno”, relata.

DELFINA TORRES CABREROS, El País

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