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Los hoteles ‘only adults’ y la incomodidad hacia la infancia en espacios públicos

hotel only adults
El auge de los espacios reservados solo para mayores de 18 años invita a preguntarnos qué lugar ocupan los niños en una sociedad que organiza cada vez más sus tiempos, espacios y experiencias desde una mirada adultocentrista

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Los hoteles only adults suelen presentarse como una propuesta orientada al descanso, la tranquilidad o el bienestar. Para muchas personas, representan simplemente una opción más dentro de la oferta turística. Sin embargo, el crecimiento y la normalización de estos espacios merecen una reflexión que va más allá de la libertad empresarial o de las preferencias de consumo. Nos obligan a preguntarnos qué nos indica este fenómeno sobre cómo nos relacionamos con la infancia. La cuestión no es si los adultos tienen derecho a descansar. Por supuesto que lo tienen. Tampoco se trata de negar que existan contextos en los que determinadas experiencias estén específicamente diseñadas para un público adulto. El debate relevante es otro: ¿por qué la presencia de niños y niñas parece generar incomodidad en determinados espacios compartidos?

Vivimos en una sociedad que ha desarrollado una enorme sensibilidad hacia el bienestar individual. Valoramos el silencio, la comodidad, la eficiencia y la posibilidad de controlar nuestro entorno. Son aspiraciones comprensibles.

Los niños lloran, se mueven, preguntan, se aburren, se entusiasman y, en ocasiones, interrumpen. No porque estén maleducados, sino porque están creciendo. Lo que durante mucho tiempo se entendió como una expresión normal del desarrollo infantil parece interpretarse, cada vez más, como una alteración de la experiencia adulta. El ruido, el movimiento, la espontaneidad o la necesidad de atención que acompañan a la infancia se perciben con frecuencia como molestias que dificultan el descanso, la tranquilidad o el disfrute. Poco a poco, hemos normalizado la idea de que el entorno ideal es aquel en el que los niños no están presentes o, al menos, pasan desapercibidos.

Esta lógica se ve reforzada por una organización social centrada, en gran medida, en las necesidades, los tiempos y las expectativas de las personas adultas. Los espacios públicos, los horarios, los ritmos laborales e incluso muchas normas de convivencia suelen diseñarse desde una perspectiva que rara vez incorpora las necesidades reales de la infancia. Cuando esto ocurre de manera sistemática, los niños dejan de ser considerados participantes de la vida social para convertirse en elementos que hay que gestionar, controlar o apartar. Somos testigos de la consolidación de una cultura que valora la infancia principalmente en términos instrumentales: los niños son celebrados como el futuro, pero con frecuencia resultan incómodos en el presente, y no siempre se les reconoce como parte relevante de la comunidad aquí y ahora.

Esta contradicción se hace especialmente visible en determinados espacios públicos. Esperamos que los niños aprendan a convivir, pero reducimos sus oportunidades para hacerlo. Les exigimos autorregulación emocional, pero mostramos una tolerancia cada vez menor hacia comportamientos propios de su etapa evolutiva. Defendemos la importancia de la salud mental infantil mientras reducimos los espacios donde pueden expresarse, explorar y participar de manera natural en la vida colectiva, incluido el ámbito del ocio y las vacaciones.

No se trata de idealizar la infancia ni de ignorar las dificultades que pueden surgir en la convivencia. Compartir espacios implica necesariamente negociar necesidades diferentes. Pero la convivencia democrática no consiste en eliminar aquello que resulta incómodo. Consiste precisamente en desarrollar la capacidad de coexistir con quienes tienen ritmos, capacidades y formas de estar en el mundo diferentes a las nuestras. Cuando una sociedad comienza a percibir la presencia infantil como una perturbación, conviene preguntarse qué tipo de valores estamos construyendo.

Los hoteles only adults son, en este sentido, un síntoma más que una causa. Funcionan como un espejo que refleja una transformación social más amplia: la creciente dificultad para integrar la infancia en los espacios comunitarios y la tendencia a organizar la vida colectiva en torno a las preferencias adultas.

Quizá el verdadero desafío no sea decidir si deben existir o no estos establecimientos. La pregunta importante es otra: ¿qué lugar queremos reservar a la infancia en nuestra sociedad? Si aspiramos a comunidades más inclusivas, más empáticas y más saludables, necesitaremos algo más que políticas de protección. Necesitaremos recuperar la capacidad de convivir con los niños y niñas y entender que la crianza no puede sostenerse exclusivamente en el ámbito privado de las familias.

Decía Francesco Tonucci en su libro La ciudad de los niños (Grao, 2015), cuya obra original se publicó hace casi 30 años, que la forma en que una sociedad trata a sus niños dice mucho de sus prioridades. En este sentido, cuando la infancia dispone de cada vez menos espacio para jugar, explorar o participar en la vida cotidiana, no solo pierden los niños: la sociedad en su conjunto se empobrece. Se debilita la capacidad de cuidar, de acompañar y de reconocer la vulnerabilidad como una condición humana compartida. Y eso, lejos de afectar únicamente a los más pequeños, nos interpela a todos.

María Huertas Vieco, El País

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