Por Úrsula Silva
¿Presidenta? La palabra —para algunos— no existe o existe apenas como incomodidad, como un exceso, como una osadía de las mujeres que se atrevieron a cambiar un lenguaje perfecto. ¿Acaso una mujer podía gobernar?
Mientras la “aberración lingüística” sigue molestando a los conservadores de derecha más extremos; la ironía cae por su propio peso cuando las señoras de izquierda, fervientes defensoras del término, se niegan a llamar “presidenta” a su primera presidenta elegida.
Para enojo de unos y de otros, la Real Academia Española no inventó la palabra: la reconoció, pues antes también existía para referirse a las primeras damas. Ya lo dijo Horacio: “muchas palabras renacerán y otras caerán, si así lo quiere el uso, que tiene el arbitrio, el derecho y la norma del hablar”. Por eso, decir presidenta no es un capricho gramatical, sino la consecuencia de admitir el poder en el rostro de una mujer.
A estas alturas de la lectura, mis amigos más conservadores y algunos tíos que me recomiendan no hablar de “temas insufribles” deben estar pensando que “nada tiene que ver el género en su voto”. Quizá valga recordar que, para la mujer política, el camino en el Perú no fue fácil: Pasaron 135 años para que la primera mujer, Irene Silva Linares de Santaolalla, fuera parlamentaria; 166 años para que Mercedes Cabanillas e Hilda Urizar juramentaran como ministras de Estado; 203 años para que Dina Boluarte asumiera la sucesión constitucional; y 205 años para que una mujer fuera elegida por primera vez presidenta constitucional de la República.
Pero mi artículo no solo incomoda a mis tíos conservadores. Mis amigas feministas dicen que Keiko no representa a la mujer a pesar de ser mujer. A ellas me permito recordarles la importancia que una mujer, a pesar de no ser feminista ni de izquierda, rompa “el techo de cristal”: ese muro invisible que nos separa de los espacios en donde se ejerce el poder. Si el último “techo de cristal” —el de la presidencia— se ha roto, ¿acaso no es más fácil seguir avanzando hasta que no queden muros ni barreras?
¿Cómo podemos explicarnos el techo de cristal? ¿Por qué las diferencias estructurales y culturales son más profundas en el mundo político?
Primero, porque durante siglos se asignó a la mujer el espacio doméstico, privado y no remunerado: la casa, el cuidado y la crianza; mientras que al hombre se le asignó el espacio público, político y remunerado: la plaza laboral, el Congreso y los tribunales. Las costumbres fueron convirtiéndose en roles.
Segundo, porque lo suave, lo sutil, lo delicado —aquello que se suponía propio de la mujer— no parecía compatible con el debate, la confrontación o la defensa. Como si la política solo pudiera ejercerse desde la dureza o como si la dureza fuera un pecado cuando eres mujer. A esto se refiere Simone de Beauvoir cuando enseña en su libro El segundo sexo, que “ser mujer” no es solo un dato biológico, también es una construcción histórica y social.
Y tercero, porque en tantos años de vida política masculina las reglas y costumbres fueron construidas a la medida masculina. Horarios imposibles, pactos de madrugada, financiamiento de compadrazgos, y espacios de decisión donde las mujeres siempre entraban bajo la sospecha de ser una amante o iletrada. No bastaba con ser capaz. Había que probarlo el doble y resistir el triple. Algunas veces aún pasa.
Por ello, para continuar la lucha de los derechos de la mujer no basta una presidenta. Este es un llamado para que el nuevo gobierno no olvide las desigualdades estructurales y las brechas que nos separan: de los 60 senadores, solo fueron elegidas 17 mujeres. Solo hay 2 gobernadoras de 25 gobiernos regionales, es decir, el 8%. Según el INEI, las peruanas ganan, en promedio, S/500 menos que los hombres. En el 2025 se registraron 34 383 casos de embarazo adolescente. Y si hablamos de violencia, la tasa no se reduce: 25 de cada 100 mujeres confirman haber sido golpeadas por sus esposos o compañeros y el MIMP registró 134 casos con características de feminicidio. Queda, hermanas, muchísimo por hacer.



