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Keynes tenía la solución al mayor problema financiero de hoy: un dólar que se ha hecho demasiado fuerte para todos

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El dólar nuestro de cada día.

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  • El famoso economista británico ideó en los años 40 el ‘bancor’
  • Era una moneda universal para frenar el incipiente dominio de EEUU
  • Washington se impuso en Bretton Woods y el resto es historia
La incontestable fortaleza del dólar estadounidense
La incontestable fortaleza del dólar estadounidense.

Nuevos problemas, ¿viejas soluciones? No tanto eso, pero sí al menos recetas de ‘viejos conocidos’. La hegemonía del dólar estadounidense en calidad de moneda de reserva mundial se ha convertido en un quebradero de cabeza para propios y extraños, suponiendo para muchos el mayor problema financiero de la actualidad. Mientras los ‘enemigos íntimos’ de EEUU luchan para escapar del dominio del ‘billete verde’ y su uso como ‘arma’ (las famosas sanciones), los actuales ‘inquilinos’ de la Casa Blanca trabajan por socavar esta fuerza y ‘devolverle algo’ a la sufrida manufactura local, argumento con el que justifican la tromba arancelaria y la derivada guerra comercial. En medio de las constantes tensiones y zozobras que estos movimientos generan, alguien se ha acordado de un ‘viejo conocido’ que hace casi 90 años propuso algo que hoy podría ser una solución de consenso: un artefacto llamado ‘bancor’.

Pocas presentaciones necesita John Maynard Keynes. Nacido en 1883 y fallecido en 1946, el británico es posiblemente el economista más universal de la historia. Aunque es celebérrimamente famoso por inspirar el New Deal de Franklin Delano Roosevelt que permitió sacar a EEUU de la Gran Depresión con políticas públicas, lo cierto es que Keynes fue el ‘perejil’ de todas las ‘salsas’ económicas durante su prolongada vida académica y no dejó de teorizar y teorizar sobre este campo.

En un reciente artículo publicado por el Fondo Monetario Internacional (FMI), Robert Skidelski, principal biógrafo de Keynes y miembro vitalicio de la Cámara de los Lores del Reino Unido, reivindica el legado del economista y trae sus postulados como soluciones a cuestiones del presente. Uno de ellos es el consistente en un nuevo impulso para volver a poner el dinero en circulación, es decir, para que se libere la riqueza acumulada.

Siempre Bretton Woods

«Conviene recordar que el ataque original de Keynes al patrón oro se dirigía tanto a la escasez del metal como a la propensión de los países con superávit, como EEUU -el ‘rey Midas’ de la época de Keynes-, a acumularlo. El objetivo de sus sucesivos planes de reforma monetaria mundial, incluida la Unión Internacional de Compensación, era conseguir que EEUU se desprendiera de sus reservas de oro y restableciera el equilibrio comercial», ilustra Skidelski.

El rechazo estadounidense a este enfoque de Keynes dio lugar al sistema de Bretton Woods, centrado en el dólar y establecido en 1944, en el que solo el dólar era convertible en oro. Ahí se empezaron a forjar, en cierto modo, los ‘dolores de cabeza’ de hoy. «EEUU comenzó entonces a sufrir el problema del ‘rey Midas’, ya que el dólar, la principal moneda de reserva del mundo, se fue sobrevalorando progresivamente frente a las de sus principales competidores, más recientemente China», profundiza Skidelski.

La partida se siguió jugando así hasta la casilla del presente, en la que muchos coinciden en una necesaria depreciación del dólar para restablecer la capacidad manufacturera y exportadora de EEUU. Al ser la moneda que todo el mundo quiere para ahorrar y comerciar, el dólar tiende a estar artificialmente caro (sobrevalorado). Esto hace que los productos fabricados en EEUU (coches, maquinaria, tecnología) sean carísimos para el resto del mundo, mientras que las importaciones extranjeras entran a EEUU a precios ridículamente bajos. Una dinámica que ha llevado a Donald Trump y los suyos a argumentar que este dólar fuerte ha destruido el sector manufacturero americano, enviando los empleos a China, México o Europa. Por eso, su administración siempre ha preferido un dólar débil para revivir las fábricas locales.

Sin embargo, para lograr que la industria nacional compita, Trump ha recurrido a una agresiva política de aranceles masivos y guerras comerciales. «Los aranceles del presidente Trump pueden considerarse un intento burdo de asegurar el necesario reajuste monetario, pero a costa de una enorme perturbación del comercio y las finanzas», señala sin tapujos Skidelski, trayendo al presente el recetario de Keynes.

Qué era el ‘bancor’

«Keynes apostaría por una vía menos disruptiva para alcanzar el equilibrio comercial. El paso más importante consistiría en sustituir la función de reserva del dólar por una nueva moneda de reserva internacional a la que denominó ‘bancor’. Se podría lograr el mismo resultado mediante un aumento progresivo de los derechos especiales de giro de los miembros del FMI», escribe el biógrafo en la publicación del propio organismo con sede en Washington.

El exgobernador del Banco Central de China, Zhou Xiaochuan, ya retomó la idea del ‘bancor’ de Keynes en 2009 como una forma de proporcionar la liquidez necesaria para expandir el comercio internacional. Pero al igual que otras veces en la historia, Keynes fue testigo directo en su día, ese movimiento a favor de la reforma monetaria fue sofocado por EEUU.

¿Pero qué era realmente el ‘bancor’? Un reciente informe de Citrini Research, casa de análisis que ha estado en boca de todos por sus últimos y distópicos análisis sobre la IA y sobre el estrecho de Ormuz, lo explica con palabras entendibles: «Keynes propuso una ambiciosa Unión Internacional de Compensación con una moneda global (a la que denominó ‘bancor’) que equilibraría automáticamente el comercio y evitaría la acumulación de superávits o déficits excesivos».

La idea de Keynes era crear una nueva moneda de alcance mundial, independiente del dólar, de la libra esterlina y de cualquier otra divisa. Inicialmente, el valor del ‘bancor’ sería establecido en relación con 30 materias primas, una de las cuales sería el oro. El propósito de la propuesta era estabilizar el precio promedio de las mercancías básicas con el del valor del medio internacional de intercambios y acumulación de riqueza (o moneda de reserva). Adicionalmente, Keynes proponía imponer impuestos a los excedentes de la Balanza de pagos de las naciones, a fin de promover el consumo a nivel local y el comercio internacional.

Esta moneda universal sería emitida por un Fondo Monetario Mundial, garante de la liquidez del sistema y prestamista de última instancia. Además, debería estar avalada por todos los países y sometida al control de una «autoridad supranacional». El objetivo del economista británico era crear una unidad de reserva internacional y de intercambio imparcial, que no estuviera controlada por una sola superpotencia.

Frente a Keynes y su propuesta se sentaba Harry Dexter White, que representaba la potencia económica en la que se había convertido EEUU. El plan más conservador de White fue el que se impuso, preservando la soberanía monetaria nacional al tiempo que estableció reglas para la estabilidad del tipo de cambio basadas en la ya histórica convertibilidad del dólar estadounidense en oro a 35 dólares la onza.

«El plan de White prevaleció en gran medida, aunque con importantes concesiones a las preocupaciones de Keynes sobre la flexibilidad de ajuste. El acuerdo resultante estableció dos instituciones cruciales: el FMI, que supervisaría los tipos de cambio y proporcionaría financiación a corto plazo a los países con dificultades en su balanza de pagos, y el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento (BIRF, ahora parte del Banco Mundial), que facilitaría la reconstrucción y el desarrollo mediante préstamos a largo plazo», apostillan desde Citrini. No obstante, muchos consideran que con el fracaso del ‘bancor’ de Keynes se perdió la última oportunidad de ‘pararle los pies’ a EEUU en este sentido.

Desequilibrios y el trilema de Triffin

Y es ahí donde la historia económica empieza a cerrarse sobre sí misma. Porque el gran temor de Keynes nunca fue únicamente el déficit comercial de unos países o el exceso de ahorro de otros, sino la acumulación estructural de desequilibrios globales imposibles de corregir dentro de un sistema monetario dominado por una sola divisa (el FMI advertía de estos desequilibrios y su coste para la economía en un paper publicado a finales de abril).

El economista británico entendía que un país emisor de la moneda de reserva mundial termina atrapado en una contradicción permanente: necesita emitir enormes cantidades de dinero y deuda para abastecer al comercio mundial, pero al mismo tiempo, esta posición de privilegio fortalece al dólar. Décadas después, el economista Robert Triffin bautizaría este fenómeno como el ‘dilema de Triffin’, uno de los conceptos más influyentes de la macroeconomía internacional moderna. EEUU debía proporcionar dólares al mundo para sostener la liquidez global, pero esa misma abundancia de dólares alimentaba déficits externos crónicos y un proceso gradual de desindustrialización. El resultado es visible hoy en las cifras de la mayor economía del mundo. Según datos del Bureau of Economic Analysis, EEUU acumula déficits por cuenta corriente prácticamente ininterrumpidos desde principios de los años 80, mientras China, Alemania o Japón han construido enormes superávits comerciales durante décadas. Mantener el equilibrio es complicado y no contenta a nadie.

Para satisfacer la demanda mundial de liquidez, EEUU debe incurrir en déficits comerciales crónicos (debe permitir que los extranjeros se hagan poco a poco con los activos de su país, para ello necesitan dólares que emite la Fed); sin embargo, emitir demasiada moneda (una solución para depreciar el dólar y reducir el déficit comercial) debilita la confianza en su valor y socava el sistema. No hay solución fácil ni compleja. EEUU simplemente debe aceptar que si quiere que el dólar sea la divisa del mundo va a tener que incurrir en déficits por cuenta corriente y tener una divisa fuerte respecto al resto.

El economista británico John Maynard Keynes. Foto: Alamy

La gran paradoja es que cuanto más incierto se vuelve el mundo, más fuerte se vuelve el dólar y más se agrava el problema. En tiempos de crisis, los inversores, bancos centrales y fondos soberanos siguen refugiándose masivamente en deuda estadounidense, elevando artificialmente el valor del billete verde. Barry Eichengreen, historiador monetario de la Universidad de Berkeley y uno de los mayores expertos mundiales en sistemas monetarios internacionales, lleva años advirtiendo de este fenómeno. En su obra Exorbitant Privilege explica que el estatus del dólar como moneda de reserva mundial genera para EEUU una ‘bendición ambigua’ que le permite financiar déficits gigantescos a bajo coste, pero al mismo tiempo termina erosionando su base industrial y ampliando las desigualdades internas.

El resto del mundo no puede hacer eso. La crisis de 2007 mostró cómo España, un país avanzado, en pleno crecimiento y con niveles de deuda pública bajísimos colapsó porque los inversores dejaron de financiar su déficit por cuenta corriente. EEUU, gracias a su posición y al dólar no sufre este tipo de crisis de ‘balanza de pagos’ que son el pan de cada día en otras economías menos potentes.

Mientras tanto, China ha aprendido a jugar la partida con una lógica completamente distinta. Pekín comprendió hace tiempo que la hegemonía financiera no solo depende del tamaño económico, sino también del control de las cadenas industriales y de la acumulación de activos estratégicos. Por eso, mientras EEUU exportaba deuda y consumo, China exportaba capacidad productiva, infraestructuras y financiación. Economistas como Michael Pettis, profesor de la Universidad de Pekín y especialista en desequilibrios globales, sostienen que el modelo chino se basa precisamente en mantener un consumo interno artificialmente contenido para sostener un gigantesco exceso de ahorro nacional. Ese ahorro termina transformándose en superávits comerciales y exportaciones de capital. Pero ahora el problema es otro: EEUU ya no quiere seguir absorbiendo indefinidamente ese exceso de producción asiática. Y Europa empieza también a mostrar síntomas de agotamiento político frente al tsunami industrial chino, especialmente en sectores como el automóvil eléctrico, el acero o la energía solar.

Ideas sorprendentemente modernas

Ahí es donde las ideas de Keynes vuelven a parecer sorprendentemente modernas. La Unión Internacional de Compensación que propuso en los años 40 no solo pretendía disciplinar a los países deficitarios, sino también obligar a los países con superávits excesivos a reciclar parte de ese ahorro hacia el resto del sistema. Keynes creía que tanto el déficit permanente como el superávit estructural eran igualmente desestabilizadores para la economía mundial. En esencia, quería evitar que unas economías acumularan riqueza indefinidamente mientras otras se endeudaban sin límite para sostener la demanda global. Hoy, organismos como el FMI o el BIS vuelven a alertar sobre desequilibrios muy similares: China acumula enormes excedentes industriales y financieros, mientras EEUU mantiene déficits fiscales y externos cada vez mayores. El resultado es un sistema donde la liquidez global depende casi exclusivamente de la capacidad estadounidense para seguir emitiendo deuda pública.

El problema es que esa dinámica empieza a mostrar grietas. La deuda federal de EEUU supera ya el 120% del PIB y la Oficina Presupuestaria del Congreso (CBO) prevé déficits superiores al 6% anual durante buena parte de la próxima década. Al mismo tiempo, la Reserva Federal se enfrenta a un dilema cada vez más incómodo: mantener tipos altos para contener la inflación o facilitar unas condiciones financieras más laxas para sostener un endeudamiento creciente y un sistema bancario que se enfrenta a pérdidas latentes cada vez que los tipos de interés suben.

Todo ello mientras los grandes compradores extranjeros de Treasuries, especialmente China, reducen gradualmente su exposición. Según datos del Departamento del Tesoro, las tenencias chinas de deuda estadounidense han caído más de un 35% desde los máximos de 2013. No se trata todavía de un abandono del dólar, pero sí de una lenta diversificación que habría resultado impensable hace apenas dos décadas.

Quizá por eso las ideas de Keynes vuelven hoy a resonar en despachos académicos, bancos centrales y organismos multilaterales. No porque alguien espere realmente la creación inmediata de un ‘bancor’, sino porque el mundo empieza a asumir que el actual sistema monetario internacional genera tensiones cada vez más difíciles de sostener en un mundo donde el populismo tiene cada vez más peso e influencia en los votantes.

Un dólar excesivamente fuerte castiga la industria estadounidense, pero un dólar débil amenaza con desestabilizar el principal activo refugio global. China quiere reducir su dependencia financiera de Occidente, pero tampoco desea asumir el coste geopolítico de reemplazar al dólar (la transición será una suerte de travesía por el desierto con tensiones y muchas pérdidas de eficiencia hasta que se construyera un nuevo sistema de cañerías financieras y de pagos distinto al actual). Y Europa continúa atrapada entre ambos bloques, tratando de defender su industria mientras depende energéticamente y financieramente del exterior. Al final, quizá la gran intuición de Keynes siga siendo válida casi un siglo después: ningún sistema monetario puede sostenerse indefinidamente si obliga a unos países a endeudarse para siempre y permite a otros acumular superávits eternamente.

Un sistema basado en el ‘bancor’ de Keynes repartiría de forma mucho más equilibrada los costes de los desequilibrios globales. Hoy, el país emisor de la moneda de reserva mundial debe generar continuamente deuda y déficits para proporcionar dólares al resto del planeta, lo que acaba fortaleciendo artificialmente su divisa y dañando su industria y exportaciones. Al mismo tiempo, los países con grandes superávits, como China o Alemania, pueden acumular ahorro indefinidamente sin apenas penalización. El sistema del ‘bancor’ buscaba precisamente corregir eso, es decir, crear una moneda internacional neutral, emitida por una institución supranacional, que obligara tanto a los países deficitarios como a los superavitarios a ajustarse. En lugar de depender de la deuda estadounidense para sostener el comercio mundial, el ajuste sería más simétrico y automático, reduciendo, en teoría, las guerras comerciales, la acumulación excesiva de reservas y las distorsiones que provoca un dólar demasiado fuerte o demasiado débil para la economía global.

Mario Becedas y Vicente Nieves.