La interdependencia económica, la gran eficacia militar de ataques asimétricos y algunos aspectos de la revolución de la IA son factores estabilizadores en una época turbulenta

El mundo asiste al aflorar de un nuevo equilibrio del miedo. La estabilización de la relación entre Estados Unidos y China, las dificultades del Kremlin y la Casa Blanca en sus ataques contra Ucrania e Irán y la alerta planetaria por las presuntas capacidades de los modelos más avanzados de Inteligencia Artificial (IA) de Anthropic son asuntos muy diversos, pero con un común denominador: ponen en el foco poderosos factores disuasorios propios de esta época, sean en el terreno de la interdependencia económica, de desarrollos militares o de la revolución tecnológica.
La competición entre las dos superpotencias ha evidenciado en el último año que ninguna puede subyugar a la otra sin exponerse a riesgos muy serios. Trump lanzó un asalto arancelario. La respuesta china con las restricciones a la exportación de materias primas estratégicas causó pavor generalizado por su impacto en la capacidad manufacturera global. Constatada la realidad, ambos han optado por calmar las aguas, como ha quedado evidente en la reciente cumbre de Pekín.
La guerra lanzada por EE UU e Israel contra Irán y la de Rusia contra Ucrania muestran que hoy, más que en otras épocas, la superioridad militar de una potencia sobre un adversario no garantiza de por sí la consecución de los objetivos. Esta constatación y el temor a los daños que Teherán puede infligir en un año electoral sin duda subyacen a la contención y disposición negociadora demostradas por Trump en las últimas semanas.
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La IA, por su parte, también abre perspectivas disuasorias. Modelos cada vez más impresionantes producen no solo llamadas a la regulación, sino también efectos inhibidores, sea porque mejoran las capacidades de detección y atribución de ataques híbridos, sea porque su potencial disruptivo induce a otros a ser muy prudentes.
Todo ello no significa, por supuesto, que las actuales turbulencias vayan a calmarse de repente, ni tampoco que se puedan recrudecer o estallar otras. Vivimos una brutal reconfiguración del orden mundial, con actores desatados, y el horizonte no es sereno. Pero afloran elementos relevantes que entran en los cálculos estratégicos y tienen el potencial de contribuir, al menos en algunas dimensiones, a la contención de la conflictividad.
La interconexión económica
La cumbre de Pekín entre Xi y Trump fue un claro ejemplo de ese patrón. Ambas partes abrazaron el concepto de “nueva estabilidad estratégica constructiva”. Esta distensión brota del entendimiento de que, en el actual escenario, la interconexión económica produce riesgos inmensos. Es la gran diferencia entre este mundo y el de la Guerra Fría.
Marta Peirano, experta en la relación entre tecnología y poder, ejemplifica esa realidad de interconexión muy sensible en la cadena de producción de la IA. Si bien lo que llama la atención es el puñado de empresas de EE UU y China que desarrollan los modelos punteros, en realidad el ecosistema que sostiene eso es mucho más amplio.
“La cadena de producción de la IA es supercomplicada”, apunta Peirano. “Requiere minería, requiere refinado, requiere la fabricación, logística, diseño, y toda esa cadena está llena de cuellos de botella, de puntos débiles y de interdependencias muy serias. Los chips dependen de Taiwán, las tierras raras las controla China y luego todo se multiplica, porque cada cierto tiempo, entre uno y tres años, necesitan renovarlo todo”.
Es evidente que ese punto es especialmente neurálgico, y que la distensión entre las dos superpotencias tiene un efecto benéfico sobre todo el planeta. Pero interconexión y cuellos de botella están por doquier. El bloqueo del estrecho de Ormuz lo evidencia. Por supuesto, las cadenas de suministro pueden reconfigurarse, pero en algunos casos la complejidad es de tal calibre que no es viable conseguirlo de verdad en el corto o medio plazo.

La asimetría bélica
La crisis de Ormuz es ejemplo de otra gran tendencia observada en lo que va de año. Pese a la extraordinaria superioridad de las capacidades de EE UU e Israel, Irán ha conseguido plantear una eficaz resistencia ante el ataque sufrido. Sus logros derivan del hábil desarrollo de tácticas bélicas asimétricas. Ucrania también está demostrando a lo largo de este año una asombrosa capacidad defensiva pese a la retirada de la ayuda estadounidense.
“Podemos suponer que muchos países estarán tomando nota y observando estas tendencias con mucho cuidado. Las lecciones son muy evidentes. La naturaleza de la guerra está cambiando. Si las tendencias actuales sirven de referencia, las suposiciones tradicionales de que cierta superioridad permite ganar guerras ya no son válidas”, dice Harsh V. Pant, vicepresidente del think tank indio ORF y profesor en el King’s College de Londres, en una conversación telefónica mantenida a finales de mayo para preparar esta información.
“La asimetría siempre ha sido un elemento importante en los conflictos. Sin embargo, hoy está adquiriendo un papel aún más decisivo, incluso cuando intervienen grandes potencias”, prosigue Pant. “Lo que está ocurriendo es que el desarrollo tecnológico ha proporcionado a los actores más débiles un margen de maniobra que antes no tenían. En la actualidad, estos actores pueden aprovechar drones, fuerzas proxy, herramientas cibernéticas y la guerra de la información para imponer costos desproporcionados a adversarios que, desde el punto de vista convencional, pueden ser mucho más poderosos. Por ello, las métricas tradicionales del poder militar resultan cada vez más insuficientes para comprender los resultados estratégicos. En consecuencia, la capacidad de adaptación está emergiendo como, quizás, el factor más determinante para el éxito”, comenta el experto.
“Debido a que los sistemas de armas se están volviendo más baratos y, al mismo tiempo, están mejorando en calidad, estamos asistiendo a una cierta democratización de los medios para hacer la guerra”, coincide Rafael Loss, experto en materia de seguridad y defensa del think-tank ECFR, también consultado telefónicamente a finales de mayo. “Si esos medios de combate no están vinculados a una estrategia determinada, el mero hecho de obtener grandes éxitos tácticos no garantiza que se alcancen los objetivos políticos”, alerta Loss.
No puede darse por descontado que la eficaz resistencia de Ucrania e Irán se convierta en éxitos políticos. Pero cabe poca duda de que las dificultades en las cuales están incurriendo Rusia y EE UU espolean reflexiones en gobiernos y cuarteles generales de estados mayores de medio mundo.
La disuasión tecnológica
El vertiginoso desarrollo de la IA provoca enormes turbulencias —sea en los mercados laborales o en el desarrollo de las capacidades cognitivas— que centran mucho la atención. Pero, en paralelo, conlleva también elementos disuasorios con potencial estabilizador.
Uno de ellos, por ejemplo, concierne al aumento de la capacidad de detectar y atribuir ataques híbridos digitales. “Uno de los rasgos de la guerra híbrida es que quien agredía tenía buenas posibilidades para esconderse, negar ser el autor. Ahora esa idea poco a poco se va difuminando, porque la inteligencia artificial te permite realizar esa atribución del agresor”, dice Raquel Jorge Ricart, investigadora no residente del Real Instituto Elcano experta en política tecnológica.
La experta apunta que la capacidad de detección y atribución se aplica no solo al ámbito digital, sino también en el mundo físico. La combinación de IA, medios satelitales, sensores y capacidad de computación ofrece grandes posibilidades, por ejemplo, en la detección de acciones violentas en zonas conflictivas. Jorge Ricart menciona al respecto el programa Sentinel en Sudán del Sur, que a través de observación satelital puede proveer información crucial para prevenir atrocidades.
Pero además de la detección y atribución, la IA encierra un potencial disuasorio vinculado con el conjunto de sus capacidades. Alex C. Karp, CEO de Palantir, sostiene que “la era de la disuasión atómica está terminando, y una nueva era de disuasión construida sobre la IA está empezando”.
Marta Peirano pone de entrada en alerta acerca del sentido de alimentación de intereses propios de ese tipo de declaración. Ello no impide que la tecnología sí tenga capacidades disuasorias. La experta señala que en este sector incluso un potencial no plenamente comprobado puede condicionar comportamientos.
“La IA tiene un enorme poder de proyección. Se temen escenarios de modelos capaces de infiltrarse en todas partes, encontrar agujeros y golpear redes clave. Esto le facilita generar un efecto disuasorio imaginario, incluso sin estar del todo comprobadas las capacidades que aterran en la especulación”.
La carrera para dotarse de esas capacidades de forma dominante es en sí misma una realidad con un potencial disuasorio. Así lo han apuntado Eric Schmidt —exjefe de Google—, Alexandr Wang —jefe de IA de Meta— y Dan Hendrycks —asesor de xAI— en un ensayo breve publicado el año pasado.
En él, consideran que una gran ventaja de poderío en IA es una amenaza muy grave de seguridad nacional para adversarios. Por lo tanto, en vez de exponerse al riesgo de que esa ventaja sea utilizada en su contra, los adversarios actuarán para desarmar los proyectos amenazantes. La relativa facilidad de ciberespionaje y sabotaje genera consecuencias de cálculos. Esta dinámica, que definen como Disfunción Mutua de IA Asegurada —jugando con el concepto de Destrucción Mutua Asegurada—, “estabiliza el escenario estratégico sin necesidad de largas negociaciones de tratados”.
Nada de ello garantiza que el camino no sea turbulento, pero todos estos factores están entrando con fuerza en los cálculos estratégicos y, al menos en algunos ámbitos, tienen visos de producir reflejos de contención.
Andrea Rissi. El País.



