Hay una diferencia entre la noticia y el escándalo. A raíz de los
conflictos familiares de Pablo Villanueva, hemos asistido a una práctica
mercantilista de la noticia, que vulnera todos los parámetros de corrección
profesional, así como los derechos de los involucrados, especialmente los
niños.
Es que se ha vuelto una práctica resolver públicamente los
problemas personales, que muchas veces afectan a los niños de la familia, a
través de los medios de comunicación. Hay algunos casos que puedan ser de
interés público y otros que requieran de cierto respaldo de la opinión pública
para su solución, pero esto debe ser la excepción.
En el caso de Pablo
Villanueva, con el pretexto de la primicia, dos programas de televisión
dividieron a la familia, "contratando la exclusividad" de la atención médica de
la madre uno o cubriendo los costos del examen del ADN el otro. Con el fin de
elevar su rating, se anunciaba en alguno de ellos los resultados de la filiación
de un niño como quien anunciaba al ganador de un sorteo. Poco les importaba los
derechos del niño, lo único que les interesaba era la medición de la
audiencia.
Estamos violando todos los límites, sin considerar los
derechos del niño, al que usualmente se usa sólo como excusa para lograr un
mayor impacto emocional en el televidente.
¿Qué está fallando? Quizás
sólo la falta de profesionalismo para enfocar un problema. No se trata de
presentar en pantalla únicamente lo que "le gusta a la gente". Se tienen que
guardar ciertos parámetros, que protejan a la persona y su dignidad, y que
pongan especial énfasis en la protección de niños y adolescentes.
Hay
quienes han hecho del escándalo una forma de sobrevivencia en un mundo dominado
por lo mediático. Si se trata de adultos que desean exponer sus miserias, es
únicamente su problema. Pero cuando en este desenfreno por la notoriedad se
llevan de encuentro los derechos y la intimidad de niños y adolescentes, es
obvio que estamos pasándonos de los límites.