Las palabras más usadas luego de la inscripción de las listas para las
elecciones regionales son “fragmentación política”. Se recurre a ellas para
explicar el aumento de movimientos regionales y para graficar el alto nivel del
caudillismo en esos espacios. María Isabel Remy lo ha llamado estallido (revista
Argumentos, julio 2010) y Martín Tanaka personalización del voto (LR,
11/7/10).
Habría que analizar el sentido de esa fragmentación para no reducir un
proceso complejo a soluciones fallidas. A fin de cuentas, la sociología clásica
peruana concibe la fragmentación como sinónimo de pérdida de estructura,
apreciación que deviene de la visión de los espacios públicos como un todo.
Dos preguntas parecen claves: ¿qué se fragmenta? y ¿por qué se fragmenta? En
respuesta se podría afirmar que salvo algunas sociedades regionales en el norte,
la mayoría presenta una fragmentación más social que política, es decir, la
dispersión o la ausencia de actores sociales fuertes que se movilizan en base a
reglas formales. De ello da cuenta un interesante trabajo de un equipo liderado
por Julio Cotler (Poder y Cambio en las Regiones, PNUD/IEP, Lima 2009). De ese
modo, la proliferación de listas no sería el resultado de un sistema político
muy abierto o mal cerrado, como se afirma, sino del proceso de construcción del
poder regional y a cuya disputa están renunciando los partidos nacionales.
Esta dispersión no opera para todos, ni del mismo modo. Por ejemplo, las
cuatro regiones que duplican el número de sus listas en relación a las
elecciones del 2006, o que están cerca de hacerlo (Áncash de 13 a 27; Moquegua
de 6 a 11; Tacna de 12 a 20; y Cusco de 9 a 15) son las que, coincidentemente,
reciben más recursos por canon minero. En esa misma línea, en las tres regiones
más pobres del Perú la cantidad de listas respecto del 2006 se reduce o
permanece inalterable (Huancavelica disminuye de 13 a 10; Huánuco de 12 a 11; y
Apurímac se mantiene en 13). Difícil que en estos dos casos la dispersión sea
atribuida a las reglas de la política y que la receta sea cerrar el sistema.
Los riesgos para la gobernabilidad desde las regiones parecen ir por otra
vía, como el radicalismo autonomista de algunas, la asfixia de los mecanismos de
participación en casi todas y, sobre todo, la falta de identidad de los procesos
regionales con los nacionales, que sí contiene elementos de una macro
fragmentación nacional/regional, en este caso incentivada también desde
Lima.