Decían que no tenía
ideas, que solo escupía tonterías, que de él no saldría nada serio. Y, de
repente, un ideario, un ideario que contiene esquemas y conceptos que, hasta
donde recuerde, no han sido introducidos nunca por candidato alguno en campañas
anteriores. Todos ellos, polémicos, controvertidos, contestatarios.
Políticamente incorrectos. Los hay de los que arrinconan al sentido común hasta
de los que han remecido a los talibanes, quienes ya le han puesto la etiqueta de
pecado. Faltaría más. En otra época, a Jaime Bayly, por decir lo que ha
propuesto (trato paritario para los credos, despenalización del aborto,
legalizar las drogas, matrimonio entre homosexuales, y así), ya se lo habrían
cargado los dominicos, los perros de Dios, al local de la Inquisición, ese que
está al lado del Congreso, para pasarlo por la garrucha, por el potro, por la
toca, para después prenderle como un fósforo. Pero, claro, las hogueras
católicas están apagadas –aunque por lo que he escuchado durante la última
semana, algunos cristianos aún añoran los viejos tiempos–.
Ahora, no
dejan de asombrar los comentaristas y tontos solemnes que van apareciendo, uno
detrás de otro, como bailando la conga, y se escandalizan, y se rasgan las
vestiduras, y se persignan dos veces cuando oyen mentar la eventual postulación
de Bayly, a quien le exigen lo que no le exigen a Castañeda, ni a Keiko, ni a
Humala. Ni a nadie. Pero lo peor no es eso. Lo peor es que, abriéndose la
posibilidad de discutir nuevos tópicos en una campaña electoral, hay una
cuadrilla de apañadores que prefiere optar por la autocomplacencia y auspiciar
el statu quo de toda la vida, que se traduce en mantener a políticos
culturalmente planos, afásicos, ágrafos, intrínsecamente corruptos, demagogos,
cutres, de uñas enlutadas, que mienten sin parpadear, que jamás han trabajado en
su vida, ni tienen intención de hacerlo. Eso es, a mi juicio, lo peor. Lo
imperdonable. Lo patético.
En lugar de preocuparse por el tamaño de los
clavos que le quieren ensartar a Bayly, en manos y pies, para el ritual de su
crucifixión, por qué no van y le preguntan a los otros aspirantes presidenciales
qué posición tienen sobre estos temas que ha dejado sobre la mesa el candidato
escritor. A ver. Pregúntenles. Quiero verlos. Ya llevamos más de ciento ochenta
y cinco años de discriminación religiosa y, desde José de San Martín, pasando
por Castilla, Leguía, Odría, hasta Fujimori y Alan García, lo único que hemos
tenido ha sido favoritismo y una relación de dependencia entre la Iglesia
Católica y el Estado peruano, lo que ha derivado en un escandaloso correlato de
favores económicos que los gobiernos de turno, sin excepción, le han dado –y le
siguen dando– al catolicismo, en perjuicio de los demás credos religiosos. El
Estado peruano le entrega cada año millones de soles a la Iglesia Católica. No
migajas. Millones. Millones que salen del erario nacional para pagar sueldos a
su jerarquía y financiar edificaciones, adjudicar terrenos y similares, sin
mencionar las exoneraciones con las que se les favorece. De cara al siglo
veintiuno, ¿no sería lógico aspirar a tener un Estado laico y no confesional? La
religión es algo que debe pertenecer a la esfera privada de los ciudadanos y las
confesiones religiosas deberían subsistir con sus propios recursos y
capacidades, sin apoyo estatal, y el Estado no debería intervenir en la
enseñanza espiritual de nadie. Como en Francia. Como en México. El Estado, como
dice Bayly, no debe darle dinero a ninguna religión. Ninguna.
Y que no me
vengan los orcos de la caverna con que las asignaciones son una forma de
compensar a la Iglesia Católica que, en la lucha por la Independencia y en la
Guerra del Pacífico, entregó objetos de valor para apoyar económicamente al
Perú, que, si esa es la atufada justificación –como le he leído, desde sus
púlpitos tronantes, a varios monseñores a los que se les ve el plumero–, hace
rato que ya se cobraron hasta los intereses, ¿no? Porque, vamos, ¿ese argumento
es lo que les reclama su conciencia o su sueldo?
Ah, y si no lo había
dicho antes, el arriba firmante no es musulmán ni mormón, sino un humilde
agnóstico católico, si cabe, al cual no le molesta para nada que los católicos
practiquen su fe. Pero, eso sí, el Perú debería ser el país que los acoge, no su
terreno conquistado.