La
interrupción democrática en Honduras es inadmisible y condenable, tanto como el
hecho de que la llamada Carta Democrática de la OEA sólo sirva para expresar
malestares de momento o enviar observadores que informan si la cantidad de
ánforas que se roban en determinados comicios ponen o no en cuestión la
totalidad de los mismos.
Cuando la vez pasada los representantes ante el
organismo regional aplaudían a rabiar el levantamiento del veto a la
incorporación de Cuba, sin que ello, por ejemplo, vaya acompañado de un
compromiso por ejecutar elecciones libres, universales y observadas (como les
gusta en la OEA), y sobre todo, a plazo definido, la sensación de resignación e
indignación es absoluta.
Como si al poblador cubano promedio (ese que
deambula sin trabajo y comparte por orden de Fidel solares antiguos e inmundos
del centro de La Habana con decenas de personas, cualquier día a las 11 de la
mañana, pensando que el gobierno le dice que no tiene por qué preocuparse porque
al día siguiente tendrá comida y salud asegurados) le importara un ápice la
decisión que han tomado 30 sujetos en Washington.
Recuérdese que desde el
autogolpe de Fujimori en el 92 se viene discutiendo la modernización de la
famosa Carta Democrática, pero, vaya usted a saber por qué razones, todo sigue
igual.
Esto permite, por ejemplo, que un sujeto como el depuesto Manuel
Zelaya en Honduras haya intentado una modificación constitucional a la medida,
que incluye por cierto su reelección en el cargo, y que ello no sea considerado
una infracción grave para las democracias del continente.
Pero lo peor es
que como el pretexto es que todo se entrega a la "voluntad popular", siguiendo
el camino chavista replicado en Ecuador y Bolivia, con la diferencia de que el
venezolano mete narices y plata en donde le da la gana, nadie dice esta boca es
mía, todo el mundo mira para arriba, y por tanto se consagran barbaridades de
todo tipo.
Esta de Honduras no le ligó al de la boina roja. Pero ya
estuvo bien de seguir contribuyendo con esa pantomima colectiva de defender
democracias y constituciones como si fueran cuadros de museo. Más bien es a la
OEA a la que algunos se la sirven a la carta.