La reciente encuesta de Ipsos Apoyo es un reflejo de algo que todos podemos
percibir: el país ha perdido rumbo y se encuentra en un ambiente de
inestabilidad política, cuyos efectos aún son impredecibles.
Yehude Simon
ha llevado al Estado -tanto al Ejecutivo como al Legislativo- a una situación de
enfrentamiento con un importante sector de la población, llegando a acuerdos
políticos con la oposición para luego hacer todo lo contrario. Hoy lanza frases
convocantes y de diálogo, como si él mismo no hubiera estado en una situación de
confrontación y buscando imponer la opinión del Ejecutivo.
Esta gestión
de los últimos meses es la que debe ser sancionada. Si el Estado opta por
imponer una ley (por equivocada que sea) y no puede, deja de cumplir con una de
sus funciones esenciales. Si un Estado no puede imponer orden y debe suplicar
para que se permita el paso por carreteras bajo su supuesta jurisdicción,
entonces ha dejado de ser Estado. Y a esta situación es a la que ha llevado
Simon al Perú.
Las fuerzas responsables deben mirar con atención lo
sucedido a raíz de lo de Bagua. No se trata del cambio de un gabinete ineficaz
por otro que pueda hacerlo mejor. No es un nuevo premier lo que se busca. El
gabinete Simon ha dañado las bases que hacen posible la vida en común al
permitir que un sector del país -por la fuerza- le imponga una decisión,
fortaleciendo -como daño colateral- a quienes desean imponer otro modelo
político.
Las salidas no son sencillas, pues se trata de reconstruir el
sistema político. De responder a quienes quieren imponer el caos fortaleciendo
nuestra institucionalidad democrática. De responder oportunamente a los reclamos
sociales o a los problemas económicos y no negarlos hasta que la fuerza los haga
reconocerlos, creer en imponer la democracia y no la voluntad de algún iluminado
burócrata que vive cómodo su vida entre San Isidro y el centro de Lima.