No es el novio de Tula, aunque algo tiene de él. Parece, pero no es.
Se hace, pero no llega a engañar. Aurelio Pastor, congresista aprista para más
señas, ha publicado en este diario una justificación del despropósito perpetrado
en el Parlamento contra el ex ministro del Interior Fernando Rospigliosi. El
título del artículo, por lo demás, define muy bien su contenido: Medias
verdades.
Y en éste no hace
sino lanzar flechas al cielo como un no contactado. Al tratar de justificar lo
injustificable, Pastor desnuda su identidad de verdugo de la lógica. Porque
basta leer su ráfaga de banalidades, contrastarlas con los argumentos esbozados
en El Comercio por el otro ex ministro del Interior, Gino Costa, para darnos
cuenta de que en el caso Rospigliosi lo que hay es vendetta a destajo. Sólo
medias verdades y sed de linchamiento. Eso sí, Pastor, luego de su nueva metida
de pata, se encuentra ahora tan con el culo al aire que se le pueden contar
hasta los granos.
Pudo comportarse con
cierta dignidad y recular, apechugar, rectificar. Pero no. Prefirió poner cara
de duelo, responder con falacias leguleyas a sus críticos y convertirse en un
personaje de plastilina y tecnopor. Encima llega a decir repartiendo demagogia a
manos llenas: “Creo que Rospigliosi es un hombre honesto”. No lo dice en el
artículo, pero sí en unas declaraciones para 24 Horas, que no hacen sino
reflejar su incongruencia, que tiene una vis cómica indiscutible.
Es el Perú, señores.
Un país de tontos y de listos; donde los tontos suelen ser útiles para ciertas
causas mancilladas con sabor a estocada, y suelen ser útiles también para
ciertos políticos con dedos de titiritero y hocico hidrofóbico. Y donde a los
listos, ya sabemos, les da por jugar a ser bellacos.
En fin. Triste papel
el que ha asumido Pastor, que si no es el de monigote de Mufarech, parece ser el
de actor de reparto de una película de brujas. Triste rol, de verdad. Triste
como el sufrimiento de un emo al que le han cortado el flequillo. Mírenlo nomás.
Estrenando sombrero negro con punta, poniendo a hervir en la perola hígados de
murciélago, criadillas de rana y legañas de jaguar, recitando un conjuro más
rezurcido que la frente de Frankenstein. Pero es él.