Hace nueve años The
Economist publicó un gran reportaje sobre el petróleo, que se vendía entonces en
10 dólares el barril
La revista advertía
que eso quizá no duraría. En cambio, sugería, el petróleo bien podría caer a
cinco dólares el barril.
De cualquier modo,
afirmaba The Economist, el mundo tenía ante sí “la perspectiva de un petróleo
barato y abundante en el futuro previsible”.
La semana pasada, el
petróleo llegó a los 117 dólares.
No es sólo que el
petróleo ha desafiado la complacencia de hace unos años. Los precios de los
alimentos también se han disparado, al igual que los de los metales básicos. Y
el incremento global de las materias primas está reviviendo un asunto del que no
habíamos oído mucho desde los 70: ¿el abastecimiento limitado de recursos
naturales representará un obstáculo para el crecimiento económico mundial a
futuro?
La respuesta a esta
pregunta depende en gran medida de cuál se considere el motivo que está
impulsando los precios de los recursos. En términos generales, existen tres
opiniones distintas.
La primera sostiene
que la razón fundamental es la especulación; que los inversionistas, buscando
grandes ganancias en momentos en que las tasas de interés son bajas, se han
volcado a los futuros de materias primas, impulsando los precios. En esta
óptica, pronto llegará el día en que la burbuja se reviente y los altos precios
de los recursos naturales empezarán a descender.
La segunda visión es
que el disparo de los precios se basa, de hecho, en los fundamentos económicos,
especialmente la creciente demanda de los chinos —que cada vez comen más carne y
compran más automóviles—, pero que en su momento perforaremos más pozos y
sembraremos más hectáreas, por lo que el aumento de la oferta conducirá de nuevo
los precios a la baja.
La tercera postura
es que la era de los recursos naturales baratos se acabó para siempre, que nos
estamos quedando sin petróleo, sin tierras para expandir la producción de
alimentos y, en general, sin un planeta para seguir explotando.
Mi opinión es que
nos ubicamos entre la segunda y la tercera opinión.
Algunas personas muy
inteligentes —entre ellas George Soros— creen que vivimos una burbuja de
materias primas (aunque Soros dice que la burbuja aún se encuentra en su “fase
de crecimiento”). Mi objeción con esta postura, empero, es ésta: ¿dónde están
los inventarios?
Normalmente, la
especulación impulsa los precios de las materias primas al promover la
acumulación. Pero no hay indicios de acumulación de recursos en los datos: los
inventarios de alimentos y metales se ubican en mínimos históricos o cerca de
ellos, mientras que los inventarios petroleros muestran un nivel normal.
El mejor argumento a
favor de la segunda teoría —que el agotamiento de recursos es real pero
temporal— es el fuerte parecido entre lo que estamos presenciando ahora y la
crisis de recursos de los 70.
Lo que más recuerdan
los estadounidenses de los 70 es el disparo de los precios petroleros y las
filas en las gasolineras. Pero también se registró una grave crisis alimentaria
global que provocó mucho sufrimiento en las filas para pagar de los
supermercados y, lo que es más importante, contribuyó al surgimiento de
hambrunas devastadoras en naciones pobres.
En retrospectiva, el
auge de las materias primas de 1972 fue probablemente resultado de un rápido
crecimiento económico mundial que superó el ritmo de crecimiento del
abastecimiento, combinado con los efectos del mal clima y los conflictos en
Medio Oriente. Con el tiempo la mala suerte terminó, se destinaron nuevas
tierras al cultivo, se encontraron nuevas fuentes de petróleo en el golfo de
México y en el mar del Norte, y los recursos volvieron a ser baratos.
Sin embargo, en esta
ocasión las cosas podrían ser distintas: las preocupaciones sobre lo que puede
suceder cuando una economía mundial siempre en crecimiento empuja al límite los
recursos de un planeta finito, parecen más fundamentadas ahora que en los 70.
Para empezar, no
creo que el crecimiento en China disminuya marcadamente en el corto plazo. Eso
representa un gran contraste respecto de lo acontecido en los 70, cuando el
crecimiento en Japón y Europa, las economías emergentes de la época, retrocedió
y con ello suavizó mucha de la presión sobre los recursos mundiales.
En tanto, cada vez
es más difícil encontrar recursos. Los grandes descubrimientos de petróleo, en
particular, son cada vez menos y más tardados, y en los últimos años la
producción petrolera de nuevas fuentes ha sido apenas suficiente para compensar
la declinante producción de fuentes establecidas.
Y el mal clima que
azota zonas de producción agrícola esta vez empieza a lucir más fundamental y
permanente que El Niño y La Niña, que arruinaron las cosechas hace 35 años.
Australia, en especial, sufre ahora el décimo año de una sequía que cada vez
parece más una manifestación a largo plazo del cambio climático.
Supongamos que
realmente estamos llegando a los límites globales. ¿Qué significa?
Incluso si resulta
que efectivamente estamos en el techo, o muy cerca, de la producción petrolera
mundial, eso no significa que un día diremos “ay Dios, nos acabamos de quedar
sin petróleo” y veremos como la civilización se colapsa hacia una anarquía
estilo Mad Max.
Pero las naciones
ricas enfrentarán crecientes presiones sobre sus economías derivadas del alza de
los precios de los recursos naturales, lo que hará más difícil elevar sus
estándares de vida. Y algunos países pobres se encontrarán viviendo
peligrosamente cerca del límite, o por encima de éste.
No mire ahora, pero
probablemente los buenos tiempos están llegando a su fin.