Hay cosas que se arreglan con un buen
desodorante. Pero el despropósito último de Alan García, ni con eso. Me refiero,
como inferirá el sagaz lector, a sus últimas y cabronas declaraciones en las que
avala la censura de la que fue víctima Piero Quijano. Ha dicho García, como un
líder insolvente y remedando a Hugo Chávez: “No se puede permitir que en un
lugar público se insulte a las fuerzas armadas del Perú, y yo, personalmente,
tampoco lo permitiría (…) He visto la caricatura, y me pareció lamentable”.
La caricatura en mención, todo el mundo ya la
conoce a estas alturas, es aquella en la que se aprecia a un grupo de peruanos
levantando un fusil contra la cabeza de un campesino, en plan sátira de aquella
mítica foto que retrató Joe Rosenthal, en la que se observa a una patrulla de
soldados colocando una bandera norteamericana en la cima del monte Suribachi, al
finalizar la batalla de Iwo Jima, durante la Segunda Guerra Mundial.
Por cierto, Quijano lo que quería metaforizar era
que las fuerzas del orden, durante la guerra interna, perpetró violaciones a los
derechos humanos. Cosa que todo el mundo sabe, pero que a los militares les jode
que se lo recuerden. Y menos con cierta dosis de humor. Además de ésta, hubo un
par más (una que parodiaba una hipotética privatización de Machu Picchu y otra
que mostraba a Alan con un pin que decía: “TLC y TDG 1BB”) que fueron vilmente
mutiladas de la muestra por un par de torquemadas del INC, de apellidos Mujica y
Moreno.
La muestra, dicho sea de paso, era una de
caricaturas políticas, por lo que, como comenta Mario Ghibellini, “si se trataba
de caricaturas políticas, ¿qué esperaban? ¿Bodegones?”. Como sea. Según
García, censura es una cosa y otra, supuestamente distinta, lo que hizo la
directora del INC, Cecilia Bákula, que rima con Drácula, a quien le entró una
ráfaga de espanto, cual intelectual de segunda mano, en el momento que fue
guapeada por un generalote y el ministro de Defensa, el otro Allan.
O sea, García, en vez de cortar cabezas y roncar a
los gandules del desaguisado, defiende el desatino, mientras que los orcos de la
intransigencia cabalgan con la mordaza como bandera. Es que la tolerancia en el
Perú, ya se sabe, sigue siendo un bien escaso. Las cosas como son, que ya está
bien de bakuladas.